En 1958, el Gobierno de los Estados Unidos lanzó un documental de ocho minutos dirigido a los niños. Se titulaba El Llanero Solitario y la Patrulla de la Paz y, en él, un actor que interpretaba al famoso héroe radiofónico explicaba a los niños que necesitaba encomendarles una misión.
Debían recolectar todas las monedas que pudiesen ya fuesen de sus ahorros, las que encontrasen por la calle o las que pudiesen ganar haciendo algún trabajo a los vecinos… y debían invertirlas en comprar sellos estatales.
Gracias a su esfuerzo y a invertirlo en los sellos estatales, iban a ayudar al Gobierno a construir la fuerza económica y militar necesaria para preservar la libertad de los Estados Unidos, porque los niños debían tener una cosa clara, la cual era el lema de la campaña: «La paz cuesta dinero».
Esto, por supuesto, fue gracias a un acuerdo de licencia gestionado por George Trendle, que era el propietario del personaje.
Gracias a esta campaña, millones de niños que creían estar ayudando a su héroe radiofónico favorito facilitaron la venta de los bonos federales en plena Guerra Fría contra la Unión Soviética.
Un personaje creado dentro de una estrategia, casi como última oportunidad, para sacar de la quiebra a la emisora de radio WXYZ. En medio de la Gran Depresión, la radio era la vía de escape de millones de personas que necesitaban huir de la dura realidad en la que se encontraban no solo sus vidas, sino el país entero y el negro futuro que, además, se cernía sobre ellos.
La visión de Trendle era crear un héroe que fuese una mezcla entre Robin Hood y El Zorro: un justiciero enmascarado, un antiguo Ranger de Texas que operaba al margen de la ley… pero del lado del bien.
Hoy tenemos la suerte de poder analizar un mito fundacional desde el origen gracias a que sucedió en una época cercana, claro, y así poder seguir, desde la figura histórica original en la que se basó, cómo se adaptó a las necesidades de la época… y cómo terminó en el olvido cuando ya no fue necesario.
Lo primero que necesita una historia para llegar a convertirse en un mito es una amplia base de personas que lo conozcan, y en este caso eso se logró gracias a miles de presos que llegaron en trenes a la Casa de Corrección de Detroit durante varias décadas, hablando sobre un inmenso alguacil federal negro que se disfrazaba e iba repartiendo monedas de plata como carta de presentación.
Pero, por muy interesante que resulte todo esto, como siempre digo, se debe comenzar por el principio para poder ver cómo va encajando cada pieza y guiándonos de forma natural a través de toda la historia.
La persona de carne y hueso que generó todo esto fue Bass Reeves, un afroamericano que nació en esclavitud en julio de 1838 en el condado de Crawford, Arkansas.
Su propietario era William Steele Reeves, un granjero y legislador estatal. Cuando Bass tenía unos ocho años, su dueño trasladó a su familia y a sus esclavos al condado de Grayson, en Texas, donde realizó diversos trabajos como aguador, peón, mozo de cuadra y aprendiz de herrero. Era un joven educado, trabajador y con una envergadura inmensa, sobre todo teniendo en cuenta la época de la que estamos hablando, ya que medía un metro ochenta y ocho de estatura. Imagino que por esta suma de cualidades terminó siendo elegido como el sirviente personal y acompañante del hijo de su amo, George R. Reeves.
Al estallar la Guerra Civil estadounidense, George se unió al ejército de la Confederación con el cargo de coronel y se llevó a Bass junto a él para que le sirviera como guardaespaldas y ayudante personal. Fue ahí cuando surgió un conflicto entre ambos. Las fechas no están muy claras, pero entre 1861 y 1862 estaban jugando a las cartas y hubo una fuerte discusión entre ellos. Bass tenía un fuerte sentido de la justicia y, por mucho que George fuera su amo, no consentía que se le hicieran trampas… La discusión se elevó de tono, Bass dejó inconsciente a golpes a su amo y huyó del campamento sabiendo que la pena de un esclavo por golpear a su dueño era la muerte.
Siendo perseguido y en un territorio en guerra, lo mejor que se le ocurrió fue huir hacia el norte y refugiarse en el Territorio Indio, que hoy es conocido como Oklahoma.
Por fortuna, no tuvo problemas para convivir de forma pacífica con las naciones seminola, creek y cheroqui. Esta etapa fue clave para su futura carrera policial: en primer lugar, aprendió a hablar con fluidez las lenguas de varias tribus; perfeccionó sus habilidades de rastreo y se convirtió en un tirador ambidiestro infalible, tanto con el rifle como con el revólver.
En 1863 se hizo la Proclamación de Emancipación y llegó el fin de la guerra. A partir de este momento, Reeves se convirtió en un hombre libre y podía continuar su vida fuera del Territorio Indio.
Se mudó a Van Buren, Arkansas, y en 1866 se proclamó la Ley de Asentamiento del Sur, promovida por el Gobierno federal para ayudar a los antiguos esclavos liberados a comprar parcelas de tierra a precios muy bajos para poder convertirse en agricultores propietarios de las tierras que trabajasen.
Por supuesto, una cosa era comprar el terreno y otra construir una casa, las herramientas, el ganado… por lo que Reeves se pluriempleó trabajando ocasionalmente como explorador y guía para los funcionarios del Gobierno y los alguaciles que debían adentrarse en el Territorio Indio.
En 1875, el presidente Ulysses S. Grant nombró al juez Isaac C. Parker (conocido como «el juez de la horca») para presidir el Tribunal Federal del Distrito Oeste de Arkansas, en Fort Smith, con la misión de limpiar el Territorio Indio de la anarquía y de los forajidos que se escondían allí. Para esta misión tan compleja se autorizó contratar a 200 ayudantes federales adjuntos.
Para este momento, Bass Reeves ya se había ganado una reputación gracias a todos los que lo habían ido contratando. Sus habilidades eran justo lo que necesitaban y fue uno de los reclutados para esta misión.
E hizo historia al convertirse en el primer afroamericano en ser comisionado como alguacil federal adjunto al oeste del río Misisipi.
Reeves ostentó este cargo durante 32 años, en los cuales consta en los registros que realizó más de 3000 detenciones y abatió, en defensa propia, a 14 delincuentes. Lo más asombroso de todo esto… es que nunca recibió una herida de bala.
Aparte de su inmensa estatura y corpulencia, otra característica clave es que llevaba dos revólveres enfundados hacia afuera y su técnica de desenfundado, al haber entrenado para ser ambidiestro, consistía en realizar un doble desenfundado cruzado.
Otra característica distintiva es que, cuando estaba persiguiendo a alguien, pagaba con dólares de plata, algo muy poco común. Ya fuese al alojarse en posadas, comprar víveres o pagar a gente por información, siempre lo hacía con estas monedas distintivas, creando así a su alrededor un aura de misterio. Al ver estas monedas, todos comenzaban a hablar de que Reeves, el mítico alguacil, estaba de cacería.
Estas persecuciones, además, podían durar mucho, como cuando estuvo persiguiendo a Jim Webb, un asesino y cuatrero al que buscó durante dos años. Por ello, al dejarse ver en numerosos poblados, generaba una sensación de ubicuidad al hablarse de él en todas partes, lo que ejercía una gran presión psicológica sobre sus presas.
Por no hablar de la peculiaridad de que, en numerosas ocasiones, viajaba junto a un rastreador indio para que le ayudase a seguir el rastro, lo cual los convertía en un dúo que, por decirlo de algún modo… no pasaba desapercibido.
Otro rasgo diferenciador era su férrea integridad, que estaba fuera de toda duda, por lo que intentar sobornarlo no funcionaba. Como cuando se encargó en persona de aceptar la orden de arrestar a su propio hijo, Bennie, acusado de matar a su esposa por celos.
O al cura de su congregación, el mismo que lo bautizó, cuando se le acusó de vender alcohol de forma ilegal… No le temblaba el pulso para detener a nadie.
Con todo esto, es normal que no se parase de hablar de este peculiar alguacil en la Casa de Corrección de Detroit, y esta figura incluso pasó a formar parte del folclore de la ciudad. Por ello, cuando a inicios de la década de 1930 la emisora WXYZ de Detroit luchaba por mantenerse a flote económicamente tras haber roto sus lazos con la cadena nacional CBS, necesitaba de forma desesperada para subsistir crear sus propios personajes e historias.
Al buscar inspiración para crear una serie del Oeste que abaratara los costes de producción, casi al instante les vinieron a la mente estas historias. Pero, claro está… la verdad no les servía.
El justiciero debía ser blanco, eso por descontado, y no podía ser un simple alguacil, así que pasó a ser un exmiembro de los Rangers de Texas.
Su forma de hablar debía ser perfecta, culta y bajo ningún concepto hablaría utilizando jerga de ningún tipo; de esta forma, además, serviría de modelo pedagógico para ser usado en las escuelas.
Para ensalzar sus valores, nunca disparaba a matar, tan solo para desarmar a sus oponentes, mostrando así que no estaba en su mano impartir ese tipo de justicia.
Nunca debía aparecer fumando ni bebiendo y sus enemigos siempre debían ser también blancos, para evitar así cualquier tipo de discriminación.
Una vez que ya tenían esto encaminado, se realizaron unas primeras transmisiones de prueba a inicios de enero de 1933 y, una vez se refinó la fórmula con base en los comentarios recibidos, se lanzó de forma oficial el 31 de enero de 1933, siendo un éxito increíble tanto a nivel social como comercial.
El programa inspiró películas, novelas, cómics e incluso una exitosa serie de televisión…
Si tenemos en cuenta el contexto de la Gran Depresión, donde el país sufría un desempleo masivo y una crisis de confianza en sus instituciones, el relato funcionó como una válvula de escape psicológico y un mito civilizador. Le devolvió a la población estadounidense la fe en la justicia individual y en los valores fundacionales de la nación.
Sin embargo, aunque a día de hoy sí sabemos que el origen de este mítico personaje fue Reeves, posiblemente en su época nadie lo supo.
Cuando el Territorio Indio se convirtió oficialmente en el estado de Oklahoma en 1907, se instituyeron de inmediato las leyes de segregación racial conocidas como Jim Crow. Estas leyes despojaron a los afroamericanos de las libertades que habían tenido en la frontera y forzaron a los alguaciles negros a abandonar el servicio federal. Además, las instituciones académicas e históricas de la época simplemente se negaron a documentar los logros de los afroamericanos. Décadas más tarde, cuando el historiador moderno Art T. Burton comenzó a rastrear los registros de Reeves, una sociedad histórica local en Oklahoma le respondió literalmente: «Lo siento, no guardamos la historia de las personas negras». Debido a esto, Reeves rara vez o nunca fue mencionado en los textos de historia sobre el Viejo Oeste.
A lo largo de las décadas, la narrativa popular y los libros de historia reescribieron la epopeya del Oeste americano para retratarlo como una sociedad exclusivamente formada por hombres blancos (ensalzando figuras como Wyatt Earp o Wild Bill Hickok). Esta narrativa excluyó deliberadamente a las minorías, ignorando el hecho histórico documentado de que al menos uno de cada cuatro vaqueros en la frontera americana era afroamericano, además de la enorme presencia e influencia de nativos, hispanos y mujeres.
Historiadores y antropólogos se refieren a este fenómeno como la «máscara negra» de la invisibilización histórica. Bajo la excusa de crear mitos unificadores o héroes rentables, el aparato cultural hegemónico silenció la diversidad étnica real del país. Se prefirió exaltar la mitología ficticia de hombres blancos enmascarados antes que reconocer el heroísmo real de un hombre negro nacido en la esclavitud.
Su posterior rescate histórico: Bass Reeves permaneció en esta oscuridad historiográfica hasta la década de 1990. Su figura solo fue rescatada del olvido gracias a los esfuerzos de historiadores como Art T. Burton, quien en 1991 lo incluyó en un estudio sobre la frontera y, posteriormente, en 2006, publicó su biografía completa titulada Black Gun, Silver Star. Fue a partir de estas investigaciones cuando la verdadera escala de sus logros comenzó a ser reconocida nuevamente, inspirando documentales, estatuas e incluso su reaparición reciente en la cultura popular.
Lo que de verdad me ha fascinado de esta historia no es solo que el Llanero Solitario existiera… ni siquiera que fuese un antiguo esclavo negro o que su historia fuese borrada.
Lo que más me ha inquietado ha sido entender por qué fue necesario borrarlo Lo que más me ha inquietado a sido entender por qué fue necesario borrarlo.
En primer lugar he entendido que los mitos no nacen para contar la verdad sino para contar la historia que una sociedad necesita creer en ese momento. Algo que y hemos visto en numerosos episodios, pero que hasta ahora, quizá por tratarse de una época más cercana, no había asimilado del todo.
En los años 30, Estados Unidos necesitaba un héroe. Pero no cualquier héroe.
Necesitaba uno que encajara en la mentalidad segregacionista, que no incomodara y, sobre todo, que pudiera ser enseñado en las escuelas sin cuestionar nada.
Así que cogieron una historia real…
la moldearon…
la blanquearon…
y la convirtieron en leyenda.
Y mientras millones de niños soñaban con aquel justiciero enmascarado, el verdadero hombre que había inspirado todo eso… quedaba enterrado en el olvido.
Por fortuna los mitos pueden ocultar la verdad durante un tiempo… pero no pueden destruirla.
Siempre queda alguien que tira del hilo.
Siempre hay una grieta en la historia oficial.
Y tarde o temprano… la verdad vuelve.
Hoy conocemos a Bass Reeves, sabemos quién fue y lo que hizo.
Así que la próxima vez que escuchéis una historia demasiado perfecta… demasiado limpia… demasiado conveniente…
preguntaos:
¿qué parte de la verdad ha tenido que desaparecer
para que ese mito pueda existir?
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes

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