El cuento que España olvidó… Y que explica su mayor tragedia

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

Julián Pemartín, fundador de Falange Española y procurador en las Cortes, publicó en 1943 una adaptación del cuento de Garbancito titulada Garbancito de la Mancha para ensalzar los valores del régimen franquista.

Este suceso, me atrevo a decir que insólito, dio una idea genial a dos productores de cine. Balet y Blay vieron ahí una oportunidad de oro para convertirla en una película de animación y, de esta forma, buscar el apoyo del Gobierno, que incentivaba la producción de películas nacionales que ensalzaran el régimen franquista, usando como recompensa para quienes lo hiciesen permisos de importación de películas de Hollywood, que es lo que les daba beneficios reales a las salas de exhibición.

Prepararon el proyecto y lo presentaron, corroborando sus sospechas al lograr que le concedieran a la cinta la categoría de interés nacional.

Así es como el 23 de noviembre de 1945 España se convirtió en un referente internacional al estrenar en el cine Fémina de Barcelona el largometraje animado, a todo color, de la película Garbancito de la Mancha, convirtiéndose en el primer largometraje de animación en color producido en Europa y el primero del mundo en ser producido fuera de Estados Unidos.

Esto de por sí ya tiene mérito, pero si vemos el contexto global de la época, es asombroso. Tanto es así que me atrevo a decir que tiene infinidad de repercusiones que merecen episodios completos de pódcast, como el hecho de lograr importar en medio de la Segunda Guerra Mundial —movieron en trenes, en medio de una Europa en guerra, toneladas de planchas de acetato—; que los dibujantes tuvieran que borrar placas de radiografías con acetona para poder utilizarlas mientras tanto; que luego tuvieran que enviar a Inglaterra, que estaba sumida en constantes bombardeos nazis, los rollos para revelar, o incluso el hecho de que 20th Century Fox adquiriese la película y la publicase como The Enchanted Sword.

Sin menospreciar que el dibujante Arturo Moreno tuviese que formar desde cero a cien dibujantes para poder realizar este titánico proyecto, siendo además su único objetivo demostrar que en España había talento de sobra que pudiese competir con Hollywood.

Sin embargo, lo que interesa a este pódcast es el propio hecho del cuento, ya que estoy seguro de que, por desgracia, casi nadie recuerda ya el cuento de Garbancito, un relato autóctono de España que nació de la desesperación de los campesinos en la miseria más absoluta de la España del siglo XIX.

Un cuento que ensalza como ningún otro el valor de los hijos en una época donde el cincuenta por ciento de las muertes era de niños.

Por lo tanto, poneos las botas y acompañadme: vamos a viajar hasta los campos de cultivo de la España profunda para comprender el relato de la mano de su contexto social de la época, y así ver de primera mano cómo se entrelaza con la dura realidad de su nacimiento.

A inicios del siglo XIX, España estaba destrozada: Carlos IV no había sabido manejar la herencia dejada por Carlos III, el modelo económico eximía a la nobleza y al clero del pago de impuestos y todo el peso recaía sobre las clases trabajadoras.

Los campesinos a duras penas lograban sobrevivir gracias a los recursos gratuitos que obtenían de los montes, como la leña, los pastos o la caza. Sin embargo, el Estado los privatizó, destruyendo así la red de seguridad de las familias rurales. Al no tener tierras propias ni comunales, miles de personas se vieron forzadas a trabajar como jornaleros, dependiendo exclusivamente de salarios miserables.

Esto, además, tuvo un efecto adverso para ellos mismos. Al haber cada vez más población y menos acceso a la tierra, la cantidad de gente buscando trabajo creció mucho más rápido que los empleos disponibles. Esto permitió a los dueños de las tierras subir el precio de los alquileres agrarios y hundir los sueldos a niveles de pura subsistencia. Familias enteras —incluyendo niños y mujeres— tuvieron que empezar a trabajar de forma mucho más intensiva solo para poder comer.

Todo esto hacía que los pobres cada vez fuesen más pobres y los ricos, más ricos; pero, en lugar de invertir las ganancias obtenidas en modernizarse, como estaban haciendo en el resto de Europa, los nobles y terratenientes poseedores de las tierras invertían los beneficios en comprar títulos nobiliarios o más propiedades. Al contrario de lo que sucedía, por ejemplo, en Inglaterra o Francia, que empezaban a adquirir máquinas de vapor para la construcción de industria, tanto textil como metalúrgica, esto sumió a España en el pasado, el trabajo manual y la insalubridad.

Llegados a este extremo, todos en la familia debían trabajar para poder tener dinero suficiente tan solo para comer. Por esto era normal que los niños a partir de los cuatro años —cuando eran capaces de poco más que caminar, agarrar algo y poder ir hasta un lugar y regresar a casa— ya fuesen utilizados para realizar encargos, y que con seis o siete años ya trabajasen en los campos.

Esto explica que la gran mayoría muriese o tuviese graves accidentes. Tal es así que España llegó a tener a mediados del siglo XIX una tasa de mortalidad infantil un 185 % superior a la del resto de Europa.

Esto es desgarrador, más aún porque no era algo buscado, ni significaba que los niños no les importasen a sus padres. Al contrario, era fruto de la desesperación, de lograr ganar unas pocas monedas más que ayudasen a tener algo comestible que llevarse a la boca.

Y fruto de esta desesperación es cuando nació Garbancito, que utiliza el arquetipo inicial del niño rogado, un niño deseado. Y esto se plasma presentándonos a un matrimonio de ancianos granjeros que nunca ha podido tener hijos y que, por eso, todos los días le ruegan a Dios que les conceda uno, aunque sea tan pequeño como un garbanzo.

Un día, mientras la mujer está preparando la comida —un puchero de garbanzos—, escucha una vocecilla que la llama desde la montaña de legumbres, y es ahí cuando encuentra a un niño tan pequeño como un garbanzo. Así es como tienen a su hijo y le llaman Garbancito.

Esto es el corazón de la historia, el temor de toda una sociedad: como su hijo es tan pequeño, los padres tienen miedo de que en los caminos los carros tirados por bueyes no lo vean y lo pisen. Ahí tenemos la explicación de que cuando Garbancito sale de casa, va cantando todo lo fuerte que puede: «Pachín, pachán, pachón, mucho cuidado con lo que hacéis, a Garbancito no piséis». Una alegre cancioncilla rítmica que sirve de advertencia para que los viandantes sean conscientes de él y tengan cuidado.

Algo que a día de hoy queda relegado a ser tan solo una anécdota graciosa, pero que en esa época tenía todo el sentido del mundo.

Los niños de entre cuatro y siete años ya participaban en tareas de pastoreo, recolección y transporte de pequeños suministros. Esta incorporación temprana al espacio de trabajo los colocaba directamente en la trayectoria de los bueyes de labranza y los carros cargados de cereal o madera. Olvidémonos de los métodos actuales: en esa época, los carros de bueyes carecían por completo de sistemas de frenado. Además, el campo de visión de los conductores era limitado, especialmente respecto a objetos o personas que se encontraran a ras de suelo. Era muy común que un niño de corta estatura, ya fuera porque estaba ensimismado en algún juego o incluso fatigado por la tarea, resultase invisible tanto para los animales de tiro como para los operarios adultos.

Aunque el 80 % de las defunciones de menores de diez años estaban causadas por enfermedades infecciosas (como la viruela, el sarampión, la diarrea o el cólera), potenciadas por la desnutrición y la falta de higiene —lo cual ya es de por sí desgarrador—, esto no quita que los accidentes con carros fuesen un temor real en el día a día.

Por lo tanto, ya tenemos la base de la creación del cuento: la fragilidad y mortalidad de los niños, que pasan a ser vistos como algo efímero, un bien preciado y muy escaso sometido a un peligro constante, y la preocupación continua de los padres en todo momento por ellos.

En el cuento de Garbancito, el niño quiere ayudar a sus padres; ya se considera mayor y quiere colaborar haciendo encargos. Así que un día la madre, aunque tiene mucho miedo de que le ocurra algo al alejarse de casa, le deja que vaya a hacer una tarea. Según la versión, va a llevar el almuerzo a su padre o va con dinero a comprar algo… Comienza a llover con fuerza y, para protegerse de las peligrosas gotas, Garbancito se refugia debajo de una col, donde se queda dormido.

Entonces, un buey o un toro se come la col, incluyendo a Garbancito. En las versiones modernas esto es algo gracioso (Garbancito tiene una suerte de aventuras en el interior del animal); sin embargo, en la versión original esto es algo turbio, una amenaza de muerte real.

Los padres se asustan porque el hombre llega a casa y le dice a su mujer que no ha visto a Garbancito. Preocupados, comienzan a buscarlo gritando su nombre… Garbancito empieza a gritar para que le escuchen, y aquí viene otro cambio fundamental.

En la versión original, cuando el padre escucha a Garbancito en el interior del buey, no duda: al instante destripa al animal y rescata a su hijo. Y ahí radica el valor de este cuento: el buey simboliza la subsistencia de la familia, es algo vital tanto para arar los campos como para tirar de las carretas; tener un buey eleva las posibilidades de obtener sustento de una manera exponencial.

Y aquí no hay ninguna duda: la vida de un niño, incluso de uno tan pequeño como un garbanzo, que no es productivo, vale más que el buey, que garantiza productividad y elimina muchísimo trabajo a los humanos.

En las versiones más modernas esto desaparece, eliminando todo sentido al cuento: los padres hacen cosquillas al buey, y este se tira un pedo o un estornudo y Garbancito sale volando… Convirtiendo la tragedia en algo gracioso para los niños, pero eliminando por completo el mensaje original del cuento.

Por supuesto, la versión de Garbancito de la Mancha no tiene nada de todo esto… Garbancito tiene una espada mágica (de ahí el título de la versión americana), lucha contra los maleantes del pueblo, contra la bruja, dice que tan solo teme a Dios…

Una versión pensada tan solo para fines políticos de adoctrinamiento que, a día de hoy, tampoco tendría mucho sentido más allá de ser una película de aventuras, claro está, pero que en su época sí tuvo el impacto deseado.

La versión original es poderosa, necesaria y, como siempre, refleja a la perfección la realidad de una época.

Os invito, ahora que la conocéis y comprendéis, a que volváis a escuchar el episodio donde se trató la visión que se tenía de los niños a lo largo de la historia, cómo la figura de Dickens fue vital para mostrar a una sociedad que no quería ver lo que se estaba haciendo con los menores… Y eso fue muy posterior a esta versión de Garbancito.

Niños explotados, como el propio Dickens, obligados a trabajar en fábricas; aquí los padres no dudan en destripar al buey, vital para la subsistencia, para rescatar a su hijo. Y un siglo después, fruto del capitalismo y la vorágine de la industrialización, la gente pasó a ver a sus hijos como algo reemplazable con lo que ganar más dinero.

Los cuentos viajan, se adaptan y transforman… Pese a ello, si nos preocupamos por analizarlos y buscar sus versiones originales, siguen transmitiéndonos, con la misma fuerza con la que nacieron, su mensaje original.

Porque las historias, los cuentos, son cápsulas que encierran entre su simbolismo la realidad.

Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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