La Sirenita… no es un cuento de amor

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

En Odense, una pequeña localidad de la isla de Fionia, en Dinamarca, vivía una humilde familia que apenas tenía dinero para comer. El padre era un zapatero al que le había ido bien en su juventud y que tenía su propio taller; se casó con una hermosa lavandera y tuvieron un precioso hijo con un talento natural para el canto, tanto es así que incluso le llamaban «el ruiseñor de Fionia».

Por desgracia, la dicha duró poco: el padre cayó enfermo y, aunque seguía trabajando, lo hacía por pura fuerza de voluntad. Ponía todo de su parte por seguir alegre, incluso le seguía leyendo a su hijo las obras de Shakespeare y le acompañaba, cuando podía, al teatro para coger los panfletos de las obras; pero sus fuerzas y su vista fallaban y ya no era suficiente. Cuando el joven tenía once años, falleció, dejando a la madre sola para cuidar del pequeño.

El hijo quería ayudar, pero su localidad era humilde y la situación del resto de las familias tampoco era mucho más boyante. La madre, al ver esto y el poco dinero que lograba ganar como lavandera, se sumió en una depresión que la condujo al alcoholismo.

Destrozado por ser una carga y viendo que nunca podría cambiar la situación, el joven tomó una decisión: con catorce años casi recién cumplidos, el 4 de septiembre de 1819, anunció a su madre que él se iba a encargar de todo. Viajaría a Copenhague para trabajar en el Teatro Real, pues estaba seguro de que había nacido para triunfar como actor y cantante.

Su madre, pese a estar destrozada por la noticia, lo comprendió; sabía que nada bueno le esperaba a su hijo si se quedaba. Aun así, le sorprendió dándole su bendición y revelándole que una amiga vidente le había confesado que un día toda la ciudad de Copenhague se iluminaría para conmemorar los grandes logros de su hijo.

De esta forma, con el dinero para el pasaje y poco más, el joven se embarcó rumbo a Copenhague, convencido de que todo cambiaría en cuanto lo escuchasen cantar.

La realidad, como imaginaréis, fue muy distinta. Se presentó de inmediato a las puertas del teatro solicitando que le concediesen una audición, y lo que hicieron fue echarlo a patadas, tratándolo como si estuviera loco.

Uno de los trabajadores, conmovido al ver lo sucedido, le ofreció un pequeño empleo en el teatro como acomodador para ayudarlo a ganar algunas monedas. También consiguió un trabajo repartiendo periódicos… pero nada de esto se parecía a lo que había imaginado. Su situación era insostenible. Sus escasos recursos iniciales, pese a haber conseguido aquellos trabajos, no le daban más que para comer un par de veces al día. Llegaba el invierno y, desde luego, no podía pagarse una habitación para dormir. Si la situación no mejoraba, moriría congelado.

En esta situación tan extrema, recordó que años atrás leyó un artículo en el periódico junto a su padre, en el que se decía que un famoso director y tenor de ópera se había ido a vivir a Copenhague. Recordaba bien su nombre: Giuseppe Siboni. Lo recordaba porque le había dicho a su padre que, algún día, trabajaría con él. Al recordar aquel momento, se dio cuenta de que no aguantaba más: tenía que lograrlo esa misma noche o, de lo contrario, se colaría en un barco para regresar a casa junto a su madre.

Preguntó en el teatro si alguien sabía la dirección del señor Siboni y no tardó en conseguirla; sin dudar ni un momento fue en su busca y allí se presentó, sin saber qué hacer ni qué decir. Lo que más le descolocó fue que lo atendiesen y le condujesen frente al señor Siboni, que estaba dando una fiesta en su casa, y el joven, de golpe, se encontró en un inmenso salón repleto de gente vestida de gala.

Titubeando, pero sin intención de desaprovechar esa oportunidad caída del cielo, el joven le imploró que le dejase demostrarle sus dotes, que le concediese una audición en el Teatro. El anfitrión, divertido por la situación, le dijo que, si realmente había nacido para actuar, que lo hiciera ahí y ahora para sus invitados.

En un primer momento se quedó paralizado, pero pronto se repuso y cantó con toda su alma, bailó e incluso improvisó ante ellos con todas sus energías, sin detenerse ni tan siquiera a pensar en lo que estaba haciendo. Enlazaba una canción con un baile, recitaba pasajes de Shakespeare y volvía a cantar… hasta que cayó de rodillas extenuado. En ese momento fue consciente de su situación: un joven hambriento y sucio en medio de una casa lujosa llena de gente con trajes a medida, mujeres hermosas cargadas de joyas y plumas, e inmensas mesas que desbordaban comida y bebida por los cuatro costados. Al darse cuenta de ello, rompió a llorar. Lloró por él, por su madre, su padre fallecido, su impotencia y lo injusto que era el mundo… y todos le aplaudieron, enternecidos por su vulnerabilidad y desesperación.

En ese instante, Giuseppe le prometió que sería su tutor y le ayudaría. A partir de ahí, el joven no desaprovechó ni una sola oportunidad para formarse, trabajar y seguir evolucionando, hasta que su vida llegó a su fin en agosto de 1875, en una situación muy diferente.

Su funeral fue una ceremonia multitudinaria en la catedral de Copenhague a la que acudieron miles de dolientes, además de una nutrida representación de la familia real danesa y, sobre todo y más destacable, una comitiva de guardia de honor formada por miles de personas de la Asociación de Trabajadores y de Estudiantes, pues jamás olvidó sus orígenes y siempre se preocupó por intentar ayudar a las clases más bajas.

Es muy posible que la amiga vidente de su madre pensara en este momento; yo, a título personal, creo que se trataba de otro instante, si no más importante, sí mucho más simbólico.

El 23 de agosto de 1913 fue inaugurada sobre unas rocas en el paseo de Langelinie una hermosa e icónica estatua en bronce de La sirenita, sin duda alguna, su obra más famosa. Esta escultura se hizo realidad gracias a que Carl Jacobsen, un empresario y mecenas danés, hijo del fundador de la cervecera Carlsberg, quedó fascinado por una representación en ballet de este famoso cuento y encargó la estatua para honrarla.

A día de hoy, la estatua sigue siendo un símbolo mundial y, sin lugar a dudas, el monumento más turístico de toda Dinamarca.

En el capítulo de hoy vamos a adentrarnos en la mente de este excepcional escritor y a seguir ese camino desde las sirenas originales, su significado y evolución, para intentar comprender cómo llegaron hasta él y qué simbología le transmitieron para que plasmase en La sirenita sus propios miedos, temores y sufrimiento.

Pero para esto primero tendremos que comprender de dónde provienen estos seres fantásticos, cómo nacieron y qué mensajes debían transmitir en sus propios relatos fundacionales a los humanos.

Así que, ahora, vayamos a buscar sirenas.

Ahora que tenemos clara nuestra misión de hoy, lo primero es comprender la propia base de la figura de las sirenas. A nivel antropológico existen tres vertientes principales.

En Europa y Asia, en las regiones protoindoeuropeas, este tipo de historias se han ido pasando de forma vertical, de padres a hijos, durante cinco milenios.

Su catalogación es la de la doncella cisne o sirena y su estructura es clara: se trata de un pacto con «el otro». Seres sobrenaturales con poderes inalcanzables para los humanos que lo que buscan es esa integración con el mundo de los humanos. En el caso que nos ocupa hoy, La sirenita de Andersen, esta es la base primordial de su relato.

En la zona del continente africano y el Caribe también encontramos relatos muy antiguos sobre mujeres pez.

En este caso se trata más bien de espíritus acuáticos del África occidental, como Mami Wata, que encontraron su expansión hacia el Caribe en la época de la esclavitud.

Los relatos viajaron y mutaron junto a los esclavos a lo largo del «Paso Medio», la ruta atlántica de los esclavistas, arraigándose de esta forma en la literatura oral y forjando un nuevo folclore en el Caribe.

En último lugar encontramos sirenas en la cuenca del Mediterráneo, la antigua Grecia, y aquí es donde se encuentra el primer registro escrito de este mito, en la Odisea escrita por Homero en el siglo VIII a. C.

Este caso específico de sirenas es el más curioso de todos porque se aleja por completo de las otras dos. Son mujeres con cuerpo de ave y rostro de mujer que viven en zonas rocosas como Antemoesa o los escollos cercanos al estrecho de Mesina.

A diferencia de las sirenas que son medio peces, no deslumbraban a los hombres por su belleza ni ofrecían placeres carnales, sino que los tentaban con la sabiduría.

Estas figuras han sido utilizadas a lo largo de la historia con relatos muy famosos que han logrado anclar esta figura en nuestro subconsciente. Lo que me resulta más curioso de esto, sin embargo, es que son las versiones más antiguas las que mejor recordamos y la que es la propia precursora de La sirenita que inspiró a Andersen; yo, por lo menos, jamás había oído hablar de ella.

Antes de continuar vamos a refrescar la memoria sobre las versiones más influyentes a lo largo de la historia que se han establecido en nuestro folclore. Disculpadme por el ladrillo que viene ahora, pero es la forma más rápida de hacerlo:

  • La Odisea de Homero (siglo VIII a. C.): Se trata del relato fundador y el más famoso de la Antigüedad. El héroe griego Odiseo (Ulises), advertido por la maga Circe, se enfrenta al mortífero canto de las sirenas. Ordena a su tripulación taparse los oídos con cera, pero él pide ser atado al mástil del barco para poder experimentar su música irresistible, la cual no prometía placeres sexuales, sino omnisciencia y el conocimiento absoluto de la tierra.
  • Las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (siglo III a. C.): Aquí tenemos un poema épico que relata la travesía de Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro. Cuando su barco pasa por el mar de las sirenas, el legendario músico Orfeo combate su hechizo tocando su propia lira. Su melodía fue tan dulce y poderosa que logró silenciar la voz de las criaturas y salvó a la tripulación.
  • Las metamorfosis de Ovidio (año 8 d. C.): Aquí ya damos un salto de más de un milenio hasta encontrar el siguiente relato y nos encontramos con Ovidio, quien plasma el origen mitológico de estos seres, presentándolas originalmente como doncellas humanas que eran compañeras de juegos de la diosa Perséfone. Este relato es especialmente importante porque es el mito fundacional de las mujeres ave. Cuando Perséfone fue raptada por Hades, las doncellas rogaron a los dioses que les dieran alas para poder sobrevolar los mares y buscarla, transformándose así en los seres híbridos (mujeres-ave) de la antigüedad.
  • La leyenda de Melusina (Edad Media): Este fue un relato muy célebre en la Edad Media europea, con una propagación oral, y que fue fijado por escrito en el siglo XIV por Jean d’Arras. Cuenta la historia de un hada que sufre una maldición: todos los sábados se transforma en un ser híbrido (mitad mujer, mitad serpiente o pez). Se casa con un noble humano con la condición de que él jamás la vea en ese día de la semana. Cuando el esposo rompe la promesa y la descubre bañándose, la relación se condena a la tragedia. Aquí encontramos un arquetipo que, sin duda… también os sonará.
  • Ondina, de Friedrich de la Motte Fouqué (1811): Y por fin llegamos a esta novela romántica alemana, que es la precursora literaria más directa de la propia Sirenita de Andersen. Relata la historia de una ninfa del agua que se enamora y se casa con un caballero humano con el único objetivo de conseguir un alma inmortal. Andersen se inspiró muchísimo en este cuento, aunque admitió que no le gustaba que el alma de la criatura dependiera del amor de un hombre, por lo que reescribió su versión para que su sirenita consiguiera la inmortalidad a través de su propio sacrificio.

Con estos antecedentes previos, y antes de regresar a Andersen, que sé que lo estáis deseando, debemos tener clara la evolución de la sirena pájaro hacia la sirena pez, porque algo que puede parecernos una mera curiosidad es fundamental en esta historia.

En todos los capítulos digo lo mismo… debemos ser conscientes del contexto y, hoy, vamos a dar un paso más allá y comenzar a tratar palabros más bonitos, de estos que sueltas en una reunión de amigos en el bar y te miran raro.

Definamos lo que significa la cosmovisión.

Cada persona, según el entorno en el que viva y se haya criado, a sus necesidades y a su contexto familiar, tiene una visión propia de la política, las relaciones, el trabajo…

Esta visión particular es la cosmovisión. Es tan sencillo como que dos personas que vivan en un mismo país y época tienen una cosmovisión muy distinta sobre la sociedad si uno es de derechas y otro de izquierdas. Esto es algo muy básico y reducido; sin embargo, la cosmovisión va más allá, porque un país entero, pese a que unos digan ser ateos y otros cristianos o evangelistas, ya sean de izquierdas o de derechas, y pese a tener esas diferencias particulares que les hacen tener puntos de vista diferentes, compartirá una misma cosmovisión de lo que está bien y mal. Porque, aunque algunos se los salten, todos tienen muy claros los valores sobre los que se establece esa sociedad.

Con este concepto más definido, viajemos ahora hasta la antigua Grecia para comprender el porqué de esa diferencia tan grande en la definición de las sirenas y del peligro que representaban para los héroes.

Para la sociedad griega, que valoraba profundamente el intelecto, la fama o memoria colectiva (definida como el kleos) y el destino heroico, la búsqueda individual de esta omnisciencia representaba un riesgo espiritual e intelectual profundo.

El conocimiento real y absoluto estaba vetado; tan solo tenían acceso a él los dioses o los muertos. Es por esto que, para los héroes de la época, las bestias o monstruos solo eran un enemigo físico, pero no una amenaza real contra la esencia del propio héroe.

El enemigo real era la parálisis mental, la inactividad que ocasionaba la pérdida del propósito del héroe.

En este contexto, las sirenas encarnaban un «vórtice poético», una amenaza para el héroe al sumirlo en una realidad mental que lo ancla en una versión estática de su propio pasado, impidiéndole de esta forma completar su nostos (su viaje de regreso a casa).

Quien cedía a este canto perecía de inanición y pasaba a ser un simple objeto de memoria estática, aislado de su comunidad y despojado de su voluntad para vivir el presente.

Esta cosmovisión se generaba por varias dimensiones culturales, psicológicas y literarias de la época:

A diferencia de las musas, que otorgaban una memoria colectiva que permitía a los hombres inspirar la civilización y el arte, el conocimiento que ofrecían las sirenas consumía al individuo. Las sirenas ofrecían una «verdad en lo real» cruda y sin simbolizar; una verdad absoluta que resultaba traumática porque obligaba al oyente a confrontar la totalidad de la existencia, lo que ocasionaba la disolución del yo y, por lo tanto, la muerte.

Según estudiosos como Pietro Pucci, esta amenaza proviene también de la estructura poética. Las sirenas utilizaban frases típicas de la Ilíada para definir a Odiseo exclusivamente como el guerrero de glorias pasadas. Su objetivo era tentarlo con ese pasado para impedirle evolucionar y convertirse en el protagonista del retorno y la supervivencia, que es el eje central de la Odisea.

De esta simbología proviene que fuesen vistas como mitad ave, porque las alas son el símbolo de la espiritualidad y la trascendencia, las alas que solo los seres celestiales podían poseer para elevarse sobre los mortales.

Por otro lado, la sirena pez tiene un origen diferente que, además, fue transmutando con la llegada del cristianismo.

Las representaciones más antiguas de seres fabulosos mitad humano y mitad pez se remontan al arte asirio-babilónico del siglo VIII a. C. y épocas anteriores. Los predecesores documentados más antiguos son deidades como el dios babilónico Oannes (mitad hombre, mitad pez) y la diosa siria Atargatis (cabeza de mujer y cuerpo de pez), quien además ya estaba relacionada temáticamente con la seducción y la muerte.

Desde Oriente, estas figuras migraron a la tradición clásica, donde el medio acuático ya estaba poblado por deidades pisciformes como los tritones, las tritonisas y las nereidas (ninfas marinas), así como por monstruos con cola de pez como Escila. De hecho, existen algunos ejemplos helenísticos y romanos (hacia el siglo III a. C.) en los que ya se representaba a las sirenas con características de «tritonisas» o sirenas-pez.

Es curioso… y triste a la vez cómo se cambia el significado original de estos mitos basándose en quién tiene el poder y la capacidad para tergiversarlos y que terminen siendo meros reclamos de merchandising

Por citar solo a los más importantes, tenemos por un lado a Oannes, un dios que tras el diluvio emergió de las profundidades marinas para enseñar a los humanos artes, tecnologías de construcción y ciencias.

Atargatis, en cambio, estaba vinculada con la atracción sexual y la muerte, como diosa de la fertilidad que era… pero era mucho más que todo eso. Encarnaba el ciclo completo de la vida: desde la fecundación, el nacimiento y la muerte, hasta —y sobre todo, lo más aterrador— el poder tan extraordinario que representaba el dolor y el sufrimiento. Quedarnos tan solo con su faceta de mujer pez que representaba la lujuria es… un insulto.

De ahí ya debemos saltar hasta la Edad Media y el apogeo del Cristianismo. Lo que hicieron fue coger este mito de la mujer-pez y transferirle el nombre y los atributos de la «sirena» griega (la mujer-ave). Esto es lo que generó la confusión y posterior estandarización, aunque, por supuesto, no fue algo accidental, sino que tenía una razón de ser.

Dado que las sirenas clásicas causaban naufragios y habitaban en el mar, a los artistas y eruditos medievales —que a menudo no leían griego ni tenían acceso a las vasijas antiguas que las mostraban como aves— les resultó mucho más lógico y comprensible que una criatura marina tuviera una cola de pez en lugar de plumas.

Las antiguas deidades acuáticas como los tritones y las nereidas desaparecieron de la literatura y el arte medieval. Al desaparecer, los autores medievales simplemente tomaron sus rasgos físicos (la cola escamosa) y se los asignaron a la sirena.

Tan simple y sencillo, que parece cosa de risa.

En este proceso de adaptación, las sirenas perdieron sus alas, que simbolizaban la espiritualidad y la trascendencia, para ser sustituidas por escamas, que simbolizan la bajeza y la animalidad.

Los pensadores medievales asociaron el medio acuático con la inconstancia y afirmaron que «la lujuria está hecha de humedad». Así, la sirena-pez se transformó en un instrumento demoníaco y misógino utilizado para advertir sobre la seducción femenina, la vanidad y el pecado. Se les añadieron atributos como el espejo y el peine para resaltar su falso narcisismo y su belleza engañosa.

Con todo esto que os he metido a marchas forzadas y con un embudo, ya tendría material para veinte episodios.

Sin embargo, ahora ya tenemos una comprensión más clara sobre esta evolución, y podemos regresar a nuestro querido Andersen para ver qué bullía en su cabeza.

Así que vamos a retomar su historia porque, cuando lo dejamos, lo que él quería ser era un cantante famoso, el sueño que tuvo en su infancia junto a sus padres. Por lo que tendríamos que saber cómo terminó siendo un escritor.

Al convertirse en un protegido del famoso tenor, ese camino le sirvió para mejorar su educación y, sobre todo, su estilo de vida. Tuvo que comenzar a comportarse como quien no era, alguien refinado y con modales. En contraposición, le permitió generar contactos que pudiesen servirle en un futuro que, por cierto, no tardó en llegar.

En cuanto su voz comenzó a cambiar, se dio cuenta de que su futuro como cantante y artista se tornaba incierto, así que luchó por cambiar de sector y se centró en la escritura.

En este nuevo camino surge la figura de Jonas Collin, un funcionario y mecenas de las artes que tomó como protegido a Andersen cuando quiso virar hacia la escritura e intercedió por él para que la corona danesa le concediese una beca completa para estudiar, oportunidad que, por supuesto, Andersen no dejó escapar.

Este mecenazgo convirtió a Collin y Andersen en grandes amigos que pasaban muchas horas juntos. Este buen señor tenía un hijo llamado Edward, de una edad muy similar a la de Andersen, y, como suele decirse, del roce nace el cariño.

Andersen sufrió un enamoramiento homoerótico muy intenso por este joven, como pudo verse años más tarde en la correspondencia que se conservó de la época, todo hay que decirlo, de forma muy explícita.

En sus cartas, Andersen utilizaba metáforas de género para describir su devoción hacia el joven Edward: «Languidezco por ti como por una bella moza calabresa… mis sentimientos hacia ti son los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben seguir siendo un misterio». Edvard, de carácter más pragmático y reservado, no solo no correspondía a estos sentimientos, sino que se sentía incómodo ante la intensidad emocional del autor, lo que llevó a Andersen a una espiral de depresión y autoaislamiento.

Sumido en esta espiral, comenzó a buscar alivio en fábulas que ofrecían una visión distinta de la realidad y, sobre todo, ofrecían al mero mortal elevarse y trascender.

Así es como llegó a la novela corta llamada Undine (Ondina), publicada en 1811 por Friedrich de la Motte, que tenía un tratamiento de la mitología de los espíritus del agua que resonaba en sincronía con la propia sensibilidad de Andersen.

Esta obra, a su vez, estaba basada en las teorías ocultistas de Paracelso, que postulaban que los seres elementales carecían de alma inmortal y solo podían obtenerla a través de la unión carnal y matrimonial con un ser humano.

En este punto era donde Andersen no estaba de acuerdo y así lo dejó plasmado en una carta que escribió después de haber terminado de escribir La sirenita.

«No he permitido, como de la Motte en Undine, que la adquisición de un alma inmortal por parte de la sirena dependa de una criatura extraña, del amor de un ser humano. ¡Estoy seguro de que eso está mal! Porque dependería demasiado del azar».

Pero me estoy dejando llevar y adelantándome a los hechos; centrémonos primero en la propia creación y estructura del cuento original tal y como lo vivió y sintió Andersen.

Cuando el anuncio de que Edvard se casaría con una mujer llegó a Andersen, fue una puñalada en el corazón.

Significó una «muerte» social y emocional. Era alguien que había renunciado a su mundo (su origen humilde en Odense) para intentar pertenecer a otro mundo totalmente distinto (la élite intelectual de Copenhague). Y ahora descubría que, a pesar de todo su esfuerzo y sacrificios, seguía siendo un extraño mudo e incapaz de reclamar el amor del «príncipe».

Este sentimiento de «mudez» no era solo metafórico; sentía que su verdadera naturaleza no podía ser expresada sin arriesgar su posición social o su propia integridad psicológica en una Europa que estigmatizaba la homosexualidad.

Y es aquí, en este punto de catarsis, cuando comienza a escribir La sirenita, como una vía de escape para intentar plasmar con una historia lo que no podía decir con su propia voz.

En ningún momento percibió La sirenita como un cuento infantil; de hecho, lo que más le preocupaba era que se escapase el simbolismo de sus mensajes y no fuese comprendido en su totalidad, aunque del mismo modo también confiaba en que el cuento resultase interesante para los niños pequeños por su diversidad y la propia historia de amor.

El manuscrito original, conservado hoy en el Museo de la Ciudad de Odense, muestra que el título inicial en el que pensaba Andersen era Luftens Døtre (Hijas del aire), lo que subraya que su atención estaba puesta desde el principio en la redención espiritual y la trascendencia más que en el romance fallido.

La técnica narrativa que utilizó fue la del «cuento de arte» (Kunstmärchen), donde el autor toma elementos folclóricos pero los dota de una complejidad psicológica y un estilo literario refinado que los aleja de la tradición oral pura.

Si cogemos fragmentos del cuento, podemos encontrar vivencias y sentimientos del propio Andersen, lo cual es lógico, porque esta era su intención.

Escogiendo tan solo los elementos que considero más importantes, podemos ver con claridad unos pocos ejemplos reconocibles a simple vista.

La bruja del mar advierte a la sirenita que cada paso que dé con sus nuevas piernas estará cargado de dolor, sentirá que es como caminar sobre cuchillos afilados y que sus pies sangrarán. Esto es una metáfora del ascenso social. Él mismo era hijo de un zapatero enfermo y una lavandera analfabeta; Andersen tuvo que «aprender a caminar» en los salones de la aristocracia, un proceso que le resultaba físicamente agotador y socialmente doloroso.

Además, la bruja no solo le quita la voz, sino que físicamente le corta la lengua; es una de las imágenes más brutales del cuento. Esto representa el silencio forzado de Andersen respecto a su sexualidad. Como la sirenita, él estaba presente en los círculos íntimos de los hombres que amaba, pero carecía del «lenguaje» social o legal para declarar sus sentimientos sin autodestruirse.

Otro elemento llamativo es que, en el jardín submarino de la pequeña sirena, el único objeto humano que posee es una estatua de mármol de un niño. Los estudiosos ven aquí la fijación de Andersen con la belleza masculina idealizada y fría, similar a la que percibía en Edvard Collin. La sirenita adora a un objeto que no puede sentir ni responder, simbolizando el amor platónico y unidireccional que definió la vida del autor.

Al final, la sirenita salva al príncipe, pero se esconde para ver cómo otra mujer se lleva el mérito. Esta escena refleja la tendencia de Andersen al autosacrificio melodramático y su convicción de que él estaba destinado a ser un espectador de la felicidad ajena. Su incapacidad para corregir el error del príncipe resuena con su propio fatalismo.

Como veis… la versión de Disney… en fin, otro día si queréis con tiempo y calma hago un análisis comparativo de las versiones.

Hoy me parecía mucho más importante esto que las diferencias entre versiones.

Regresando, y ya para terminar con los hechos reales más medibles, encontramos unas correlaciones interesantes.

En su vida real, Andersen recibe la noticia de que su amor platónico se va a casar, lo cual se puede percibir en su cuento, donde lo que plasma es que el príncipe se casa con la princesa de otro reino por error y deber.

Andersen es de origen humilde y sobrevive gracias a que es acogido y ayudado por mecenas, lo que se traduce en que la sirena es vista como una «recogida» sin voz ni linaje humano.

Andersen tiene una crisis de identidad porque debe ocultar cómo es en realidad, lo cual ya hemos visto que queda reflejado en el dolor que siente la sirenita al caminar por intentar aparentar quién no es.

En realidad, Andersen quería ser un artista, un cantante y brillar en los escenarios, y se vio forzado a cambiar su camino. Aquí vemos cómo la sirenita está condenada a vivir trescientos años para luego convertirse en espuma de mar y desaparecer, porque carece de un alma inmortal a diferencia de los humanos; por eso quiere convertirse en uno de ellos.

En la mitología de Andersen, las sirenas, al morir a los trescientos años, se convierten en espuma de mar y desaparecen para siempre. Esto simbolizaba el miedo al olvido absoluto tras vivir una vida que siente que no le corresponde o no ha sido justa.

Su ambición de ser un gran escritor era, en realidad, su propio intento de obtener un «alma» (un legado) que no se disolviera con su cuerpo. El príncipe es solo el conducto inicial para ese deseo, pero el alma se convierte en el fin último.

El final del cuento, donde la sirenita se transforma en una «hija del aire» en lugar de desaparecer, es el simbolismo más potente de la autonomía de Andersen. Estas criaturas pueden ganar un alma a través de trescientos años de buenas obras. Reflejando aquí la fe de Andersen en el trabajo duro y la moralidad por encima de la suerte romántica.

Como él mismo dijo en el fragmento de la carta que leí antes, no quería que la salvación dependiera de un «ser extraño». El tiempo de prueba de las Hijas del aire se acorta si encuentran niños buenos y se alarga si encuentran niños malos, lo que añade una capa de «chantaje moral» victoriano que ha sido criticado por autores como P. L. Travers.

Sin olvidar, por supuesto, a uno de los personajes más importantes de la obra y que tan solo he tratado de pasada. La Bruja del Mar: ha sido analizada por la crítica feminista y queer como la representación del sistema patriarcal o la moral social que exige la automutilación (cortar la lengua, dividir la cola) para permitir la entrada en la sociedad formal.

En este caso concreto, la homosexualidad no es un dato menor, pues es la clave sobre la que se cimienta toda esta historia.

Debo enfatizar que no se trata de una invención moderna, ni mucho menos de algo que menciono por ser morboso.

Es un tema que ha pasado por diversas etapas de reconocimiento y censura. Durante su vida, Andersen mantuvo una imagen de soltero casto y piadoso, aunque sus contemporáneos a menudo notaban su sensibilidad «femenina» y su extraña falta de relaciones con mujeres, que atribuían a su excentricidad.

Su propio médico, Emil Hornemann, describió su sexualidad como «ascética», una etiqueta que ocultaba la realidad de sus intensos conflictos internos.

Durante su vida, su círculo más cercano conocía sus arrebatos, pero se consideraban excentricidades de poeta.

En 1893, casi veinte años después de su muerte, un periódico danés se atrevió a publicar un artículo sugiriendo que Andersen era homosexual, solo tras la muerte de sus allegados.

En 1901, Magnus Hirschfeld incluyó a Andersen en su estudio sobre «etapas sexuales intermedias».

A partir de 1990, los archivos personales al fin se abren de forma pública y sin restricciones, y, entre muchos otros, Elias Bredsdorff solicitó utilizar los diarios para estudiarlos, y confirmó que Andersen era un masturbador compulsivo que evitaba el coito.

Entre los años 2000 y 2005 ya hay biógrafos que se han especializado en estudiar, analizar y comparar toda su obra junto con todo el material privado, como sus diarios y la correspondencia conservada, y biógrafos como Jackie Wullschlager establecen definitivamente su atracción por hombres como el motor de su obra.

No hace falta mucho contexto para imaginar que todo esto fue percibido como un ataque directo contra lo que se podría denominar como uno de los pilares fundacionales de Dinamarca.

La recepción de estas revelaciones en Dinamarca fue inicialmente hostil. La figura de Andersen como el «poeta nacional» y el «santo protector de la infancia» se veía amenazada por la etiqueta de la homosexualidad. En el año 2000, la biografía de Wullschlager causó un verdadero escándalo en los círculos literarios daneses, donde todavía existía una fuerte resistencia a aplicar teorías de género a sus clásicos.

Sin embargo, el consenso académico actual, respaldado por el H.C. Andersen Centret, acepta que su orientación sexual es una clave hermenéutica indispensable para entender la melancolía y el subtexto de exclusión en cuentos como La sirenita o El patito feo.

A día de hoy, La sirenita permanece como el testimonio más doloroso de un hombre que amó profundamente y que, al verse rechazado por el mundo de los hombres «normales», decidió elevarse hacia el reino del aire, donde la identidad se define no por quién te ama, sino por la pureza de tus propias acciones.

Esta visión trascendental es la que ha permitido que la obra sobreviva a sus propias interpretaciones biográficas, convirtiéndose en un símbolo universal de la búsqueda de sentido en medio del sacrificio personal.

La sirenita no es un cuento infantil.
Es la historia de alguien que renunció a su propio ser… para poder existir.

De alguien que aceptó caminar sobre cuchillos… para encajar en un mundo que nunca fue el suyo.

Y que, al final, entendió algo que muy pocos se atreven a aceptar: hay amores que no están hechos para vivirse…sino para transformarse en algo eterno.

Yo soy Daniel Sanz y esto es, De Ranas y Reyes.

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