El 25 de mayo de 1895, el pequeño Willie caminaba de forma torpe pero alegre hacia la tienda a entretenerse mirando el escaparate, soñando con que su madre le hiciese caso por la tarde y le comprase caramelos.
El último tramo hasta llegar a la tienda era en el centro, y las vías del tren pasaban justo frente a ella. Así que decidió ir hasta allí haciendo equilibrio sobre la vía del tren, como hacían sus hermanos; ya era mayor, casi tenía dos años, así que no iba a ser menos que ellos.
Ya veía el letrero de la tienda y, de pronto, un ruido ensordecedor lo asustó; las vías del tren comenzaron a vibrar y logró mantener el equilibrio haciendo grandes aspavientos. Miró hacia delante y un monstruo gigantesco y negro avanzaba hacia él… y ya nunca vio nada más.
Que un pequeño de apenas un año y ocho meses muriera de esta forma fue la gota que colmó el vaso. Los vecinos llevaban mucho tiempo quejándose de lo peligroso que era que el tren atravesase la localidad sin ningún tipo de barrera o protección, y menos a las velocidades a las que lo hacía.
La comunidad se volcó con la pobre familia y los padres de Willie pusieron una denuncia a la empresa ferroviaria por negligencia. No había señales de advertencia ni barreras protectoras, los empleados circulaban a demasiada velocidad al atravesar el núcleo urbano y ni tan siquiera hacían sonar los silbatos de advertencia. Sin embargo, en esa época la ley era singular: se debía demostrar que el fallecimiento de un miembro de la familia suponía una pérdida de ingresos para la misma. Así que los padres tuvieron que alegar que el pequeño realizaba pequeños recados para los vecinos y, de esta forma, ganaba dos dólares al mes.
Todo esto, sin embargo, dio igual. El caso al final se juzgó en la Corte Suprema de Georgia. Seguramente debido al revuelo que había ocasionado a nivel mediático, el juez que redactó la sentencia, Andrew J. Cobb, fue tajante y no dejó lugar a ninguna reclamación.
En su sentencia indicó que un niño tan pequeño era incapaz de prestar servicios que aportasen valor a la familia; es más, con su pérdida la familia se libraba de una carga que tan solo acarreaba gastos. Así que se desestimó el caso, alegando que la familia no había sufrido ninguna pérdida.
Si avanzamos en el tiempo casi noventa años, hasta 1979, y nos trasladamos a Nueva York para buscar a William Kennedy, de tres años, lo veremos acompañado por su madre en el dentista. Van a inyectarle una dosis de fluoruro para ayudarle en el desarrollo de la dentadura. Por desgracia, el dentista calculó mal la dosis, que resultó ser excesiva, y el pequeño William falleció.
Sin embargo, en este caso, que fue juzgado en la Corte Suprema de Nueva York, el resultado fue muy distinto. Se sancionó al dentista con una multa de 750 000 dólares por la privación de los réditos que lograría alcanzar el pequeño gracias a su posición y estudios, pero se logró que también hubiese una retribución para los padres por el inmenso dolor emocional que suponía la pérdida de un hijo tan pequeño.
Estos dos ejemplos son los que utilizó la socióloga e historiadora Viviana A. Zelizer en su libro publicado en 1985, donde analiza el cambio que se produjo en la mentalidad social colectiva sobre el valor de los niños y la infancia como tal.
El argumento de esta obra era demostrar cómo la sociedad pasó de ver a los niños como una fuente de mano de obra y un activo económico («útiles»), a considerarlos como seres económicamente «inútiles» pero emocionalmente invaluables (lo que ella denominó la «sacralización» de la infancia).
Sin embargo, pese a tener razón en el fondo de su mensaje, se podría haber obtenido una segunda lectura de estos casos. Para que entendáis mejor mi punto de vista, continuaremos avanzando en el tiempo hasta llegar casi al día de hoy y, de esta forma, tener una imagen más realista.
En 2025 sucedió el caso de Walker contra el Departamento de Servicios Sociales de Georgia. La protagonista es una bebé de 33 días que, mientras dormía en la misma cama que su madre de acogida —una empleada del sistema de acogida—, murió asfixiada porque la mujer rodó hasta quedar sobre ella.
Cuando los padres biológicos se enteraron, denunciaron al Estado por negligencia, pero el tribunal dictaminó que la demanda era nula por un defecto de forma: antes de demandar, se debía notificar la intención de hacerlo al propio Estado. ¿Qué diferencia adicional veo yo? El poder económico de permitirse contratar un buen bufete de abogados que revise todos los resquicios legales.
Lo que también veo es que ahora mismo estaréis pensando algo similar a… «Pero, Dani, ¿a qué viene esto así, sin previo aviso? Menudo mal cuerpo me has dejado».
Este podcast trata sobre la antropología de los cuentos, el folclore… ¿Qué tiene esto que ver? Y la respuesta, queridos oyentes, como siempre digo…, es el contexto.
Como ya hemos visto, los cuentos no cambian, son adaptados al contexto social y político de la época. A día de hoy, si leemos un cuento original —como me pasó a mí la primera vez que leí la versión medieval de Caperucita Roja—, no solo no comprendemos nada, sino que nos genera rechazo.
Eso encaja en un primer momento con la explicación de que la infancia o los niños como tal ha ido evolucionando y, en el proceso, esas historias han quedado obsoletas. Por lo menos, así es como yo interpretaba esa crudeza inicial: como una necesidad real de enseñar a los niños la crueldad del mundo real. Y esto sigue siendo válido, pero ahora me hago más preguntas y dudo sobre si no habrá mucho más y tan solo me he quedado en la superficie de lo que se puede extraer de las historias.
Así que, cogiendo este punto de partida que me proporcionó Zelizer, comencé a hacerme preguntas y apuntar ideas sueltas en mi libreta para luego iniciar la búsqueda de información. En primer lugar, me enfadé conmigo mismo por asumir, otra vez, que nuestros valores y creencias no solo son universales, sino también atemporales. Es decir, ¿y si todo lo que había analizado en los episodios anteriores estaba errado? Por lo tanto, lo más importante era tener claro cómo se había visto la infancia en la antigüedad y qué rol social había tenido.
La primera parada fue en los estudios realizados por Philippe Ariès, quien se centró sobre todo en la franja desde la Edad Media hasta el siglo XII.
Se fijó sobre todo en cuadros donde se representaba a la Virgen María con el niño Jesús. Esto lo hizo por la peculiar forma de representar al niño, ya que parecía un adulto en miniatura. Ante este curioso hecho, su conclusión fue que en aquella época no existía el concepto de infancia, sino que los niños eran vistos como adultos en miniatura; por lo tanto, se les integraba a la vida adulta de inmediato y por eso no se buscaba reflejar los rasgos característicos de esta etapa. En esa época los niños de siete años acudían a las tabernas con el resto de aprendices o trabajadores donde hubieran sido asignados para trabajar, por ejemplo.
Este tipo de representaciones, por cierto, ya habían generado teorías antes, como, por ejemplo, que los artistas de la época no sabían dibujar a niños y por eso hacían adultos en miniatura. Este tipo de cosas me encantan, la verdad; siempre termino leyendo más de lo que necesitaría, pero no puedo evitarlo.
Esta visión de Ariès fue un gran revulsivo para el pensamiento de la época; generó mucho debate y, sobre todo, incentivó la investigación en ese campo. Sin lugar a dudas, fue una pieza clave para promover la investigación sobre la infancia. Como era inevitable, sus teorías fueron refutadas; críticos posteriores le rebatieron, generando nuevas vías de investigación. Sus alegatos se basaban en otro punto de vista más teológico. En realidad, esa forma de representar al niño Jesús como un adulto en miniatura se debía más a mostrarlo como el niño Dios que era, simbolizar su sabiduría eterna y mostrar que, en realidad, se trataba de Dios hecho hombre.
A partir de aquí ya podemos comenzar a ir colocando pequeñas piezas en el mosaico de esta historia.
Hasta la Edad Media apenas se tiene información; lo poco que se puede ver es que en los primeros albores de la humanidad se veía a los niños como una mera posesión del padre. Esto a efectos prácticos implicaba que podía hacer con ellos lo que quisiera, desde venderlos como esclavos hasta matarlos. En la antigua Grecia o Egipto ya se habla sobre la formación de los jóvenes, con la aparición de tutores para los hijos de los más pudientes…, pero tampoco es algo específico.
Es a partir de la Edad Media cuando ya encontramos más información y cambios sustanciales y, sobre todo, matices, muchos matices. Siguiendo con el alegato inicial de Ariès, quien expuso que la infancia no existía, que en cuanto se superaba esa barrera inicial de los siete años los niños ya eran adultos —bajitos y débiles, pero adultos—, toca buscar a otros académicos que intentaran refutar esa teoría para ver por dónde tiraremos nosotros con nuestra particular búsqueda.
Tuve que avanzar bastantes años hasta encontrar voces más jóvenes y críticas con nuevas teorías; las más destacables fueron las de Nicholas Orme y Linda Pollock, que aportaron lo que siempre es necesario: matices.
Su postura se basaba en que sí se era consciente de que los niños eran niños y de que eran diferentes. Esto lo argumentaban con el hecho de que se han encontrado juguetes, como caballitos de bronce o muñecas. Sin embargo, lo que más me interesó es que incluso existían leyes específicas para los niños. Aquí ya hay varias cosas que me llaman especialmente la atención y me hacen enarcar una ceja.
Comencemos con un dato fundamental: el hecho de que el límite entre la infancia y la adultez se trazaba en la pubertad, fijada legalmente en 12 años para las niñas y 14 para los niños. Esta era la edad mínima legal para consumar el matrimonio. Aunque los padres prometieran a sus hijos desde la cuna, el derecho canónico estableció que estos matrimonios no eran válidos si los jóvenes no daban su consentimiento al alcanzar esta edad. Esto deja claro que sí eran conscientes de que, pese a que las personas tenían una edad biológica de madurez, la mente no maduraba a esa edad. Interesante.
Por otro lado, la guinda del pastel la encontré con lo que se consideraba mayoría de edad en esa época. Aunque a los 12 o 14 años se podían casar, la madurez jurídica plena no se alcanzaba hasta los 25 años. Sobre todo lo que me llamó la atención fue la diferencia, y es que, a partir de esa edad, un joven podía ser fiador de un trato legal o casarse sin requerir consentimiento (en el caso de los huérfanos). Es decir, la madurez no provenía de procrear, sino de ser capaz de asumir riesgos con el manejo del dinero.
Por lo tanto, queda claro que se conocía la diferencia entre un niño y un adulto, e incluso se les ponían restricciones. Ahora tenía otra duda; una imagen que creo que compartiréis conmigo es la sensación de que el trato hacia los hijos en esa época se parecía más al dirigido a un empleado que al trato cariñoso hacia un hijo. Así que, aclarado que existía una diferencia entre niños y adultos, tocó afinar la búsqueda.
Lo primero que me encontré, y que me resultó lógico, era algo que repetían varios historiadores y que, aunque era consciente de ello, nunca me había parado a buscar con datos concretos: el elevado porcentaje de mortalidad.
Los datos fueron un puñetazo justo debajo de las costillas. Lo habitual para una mujer sana es que tuviese entre seis y nueve embarazos a lo largo de su vida fértil… de los cuales lograban llegar a la edad adulta uno o dos.
Al leer esto, lo primero que me vino a la mente es una expresión, refrán o no sé cómo llamarla, que hace referencia justo a esto y viene a decir que unos padres nunca deberían llegar a conocer el dolor de ser quienes entierren a un hijo… En la Edad Media lo habitual no era enterrar a un hijo ni a dos, sino a una media de entre cuatro y siete. Demoledor.
Esto ya genera una imagen sobre la que podemos comenzar a sacar conclusiones, y es que esa frialdad hacia sus hijos nace de la propia necesidad de generar una armadura psicológica. Eran conscientes de que la mayoría de sus hijos iban a morir; de hecho, las estadísticas vuelven a ser demoledoras: casi el 50 % de los bebés fallecían antes de cumplir los dos años. Tan solo se preparaban generando distancia, porque enterrar a seis hijos a los que amas es algo que ningún cerebro debe poder soportar sin romperse.
Yo, por lo menos, era de los que tenía la imagen de que se tenían hijos para tener mano de obra gratuita, para que realizasen tareas del hogar, trabajasen la tierra… como si se tratase de esclavos. Y ahora, analizando los datos con frialdad, me doy cuenta de que es todo lo contrario.
En primer lugar, eran muy pocos quienes tenían tierras para trabajar; es más, los que poseían algún tipo de tierras, aunque fuesen en lugares recónditos, se podían considerar privilegiados dentro de las clases bajas. En segundo lugar, como ya hemos visto en anteriores episodios, debido a las duras condiciones de vida, los niños eran una carga increíble; incluso encontramos cuentos donde los padres se veían obligados a abandonarlos o incluso a comérselos… Podían ser muchas cosas, pero mano de obra gratuita, no.
A esto hay que sumar los riesgos reales de tener hijos. En primer lugar, durante el embarazo y los primeros meses de vida, la madre debe dedicarse en exclusiva al nuevo miembro de la familia. Y a esto hay que añadir que durante el parto podía morir tanto la madre como el bebé, o incluso los dos.
Para mí queda claro que sí sabían que los niños no eran adultos. También me queda claro que no tenían la visión actual de la infancia; sin embargo, ahora no me cabe ninguna duda de que, pese a todo, sentían amor hacia sus hijos.
Esto ya es una sólida base sobre la que trabajar, así que ahora toca saltar al siguiente gran cambio. Para ello, toca viajar varios siglos. Más concretamente nos situamos entre los siglos XVII y XVIII, en plena época de la Ilustración, para encontrarnos con dos figuras clave en este campo.
Por un lado, tenemos a John Locke, que definió el concepto de infancia como una etapa de tabula rasa. Una suerte de hoja en blanco sin maldad ni bondad como tal. Un ser que debía ser educado y moldeado pero, con un matiz muy importante, mencionando que debía hacerse sin emplear castigos físicos.
Por otro lado, tenemos a Jean-Jacques Rousseau, cuya teoría era que el niño nacía con una bondad e inocencia natural y que era la sociedad quien lo corrompía. Era deber de los padres proteger estas almas puras de esa corrupción. Fue en esa época cuando comenzó a aislarse a los niños de los adultos para formarlos, poniéndolos, por decirlo de alguna forma, en una especie de cuarentena hasta que terminasen la formación y se integrasen con el resto de la sociedad.
Ahora ya no podía dejar de pensar en las pobres mujeres de la Edad Media, así que busqué la cantidad de embarazos, sobre todo a finales del siglo XVIII por ser el fin de esta época. Y de nuevo, me sorprendieron, porque hubo diferencia, claro, pero es que hubo una gran diferencia entre las clases bajas y la nobleza.
Las clases bajas comenzaron a espaciar los embarazos varios años y a alargar el periodo de lactancia hasta tener un hijo cada tres años, incrementando de esta forma mucho la calidad de vida y la recuperación de la madre.
Sin embargo, en la nobleza no fue así. Como asignaban a los pequeños a nodrizas o cuidadoras para que los criasen y alimentasen, las madres pasaron a convertirse en fábricas. Cada año o año y medio quedaban embarazadas; esto hizo que en las clases bajas tuviesen una media de cuatro hijos y en la nobleza unos seis o siete… Y esto también explica una figura que hemos tratado en varios cuentos, como en Cenicienta y sobre todo en La Bella Durmiente. La figura de la madrastra aparece por pura necesidad; en esta época, gracias a los importantes cambios en sanidad, alimentación, calidad de vida… mejoró mucho el porcentaje de supervivencia de los hijos, pero no la supervivencia al parto.
Por supuesto, también hay que tener en cuenta el contexto social. Este cambio nunca hubiese sido posible de no ser porque la Iglesia comenzó a perder poder y ya se comenzaba a ver de otro modo a nivel social el uso de métodos anticonceptivos y el poner freno a la naturaleza.
En unos siglos hemos pasado de tener unos nueve embarazos a lo largo de la vida fértil de la mujer para lograr sacar adelante a unos dos hijos, a tener entre cuatro y siete para lograr sacar adelante al mismo número. Además, también se tuvieron los primeros cambios importantes en cómo se percibía a la infancia, dotándola de ese nuevo enfoque de pureza e inocencia que se debía preservar.
Esto, aunque suene mal decirlo, fue gracias a que los padres se lo podían permitir. Se tenían hogares que preservaban mejor del frío y el calor, se mejoró la sanidad, la alimentación, la ropa… El último escollo que quedaba era garantizar sobrevivir al parto. Es decir, la evolución y supervivencia del propio ser humano gira en torno a los avances tecnológicos. Interesante.
Si continuamos avanzando tan solo un poco más, llegamos al fin al siglo XIX y chocamos de frente con la Revolución Industrial. Aquí es donde sí nos encontramos a los niños convertidos en esclavos al servicio de los nuevos tiempos; incluso tienen un rol fundamental para la supervivencia de la unidad familiar, donde tan solo se les ve como una unidad trabajadora que logra llevar dinero a casa.
En este punto me atrevo a decir sin ningún pudor que la figura del niño sufrió un retroceso enorme. Bueno, un retroceso no, porque jamás en la historia de la humanidad había estado tan mal como en esa época… Y aquí toca añadir un matiz importante: si pertenecías a una clase trabajadora. Si eras de la nobleza, vivías entre algodones, como siempre.
Si me lo permitís, voy a centrarme en Inglaterra y Estados Unidos, que, a fin de cuentas, son los más influyentes para nuestra visión y percepción de Occidente.
La era industrial trajo numerosos cambios en el ser humano; en muy poco tiempo la sociedad, la mentalidad, el estilo de vida e incluso las necesidades globales como sociedad han cambiado drásticamente. Ahora, lo que necesitaba el motor económico de los países era mano de obra infinita y, cuanto más barata y sustituible, mejor.
También hay cambios en la percepción de sus ciudadanos, cómo no; sin embargo, el mayor cambio lo encontramos en la percepción de la infancia. Hasta ahora lo que hemos visto es que había cierto consenso; aunque no fuesen idénticos, sí había posiciones más o menos cercanas. Sin embargo, ahora nos encontramos con que hay tres formas claramente diferenciadas:
La tradición evangélica, cuya filosofía es que el niño nace en pecado original, y es esto lo que hacía que, por su propia naturaleza pecadora, se convirtiera en alguien rebelde y desobediente. Por lo tanto, lo que había que hacer, por su propio bien y salvación, era tratarlo de forma estricta y severa para acabar con su voluntad rebelde y guiarlo al redil. Solo con esto, creo que ya comprendemos muchas cosas…
En segundo lugar, tenemos el movimiento romántico, que continúa con su visión de que el niño es un ser puro e inocente que debe ser protegido de la corrupción de la sociedad.
Y en tercer y último lugar encontramos el utilitarismo. Los niños tan solo son unidades de producción maleables y económicas que hacen las peores tareas en las fábricas y minas, son fácilmente sustituibles y, por su bajo coste, ayudan a incrementar el producto interior bruto de los países que están en una carrera de industrialización masiva para definir quiénes serán las nuevas potencias mundiales.
Esto genera, por primera vez en la historia, un desapego enorme hacia los niños. Tras haber logrado que sea fácil que lleguen a adultos, ahora la nueva norma es que es muy frecuente que mueran debido a la malnutrición, la dureza de las jornadas, las malas condiciones laborales y las jornadas interminables… Excepto si perteneces a una familia acomodada, claro; ahí llegas a adulto sano y fornido.
Este escenario desgarrador estaba aceptado socialmente. Entonces, ¿cómo se logra cambiar la mentalidad de una época? Y esta respuesta tiene nombre propio: Charles Dickens.
Estoy seguro de que la imagen que todos tenemos en la mente al pensar en esa época proviene de las potentes descripciones y ambientes envolventes que generó este genio con su pluma. Desde Oliver Twist a David Copperfield o, cómo no, el impacto intergeneracional de Cuento de Navidad. No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que es la historia más versionada y adaptada de la historia. Logró mostrar sin tapujos y escupir a la cara la avaricia de las clases pudientes y el desprecio hacia la vida de las familias humildes. Si este mensaje ha calado hasta nuestros días, imaginad la revolución que supuso en su propia época.
Esta capacidad de transmitir el mensaje no se puede inventar; es algo visceral, una realidad que te impacta y golpea, y eso fue gracias a que Dickens lo vivió en sus propias carnes, luchó para salir de ahí y venció. Gracias a esa tenacidad y a la convicción de que eso estaba mal y debía ser cambiado, su escritura fue única. Era un guerrero de la palabra; si alguien tiene dudas de lo que significa realmente mostrar, no contar… tan solo debe leerse su obra.
Todo comenzó en 1824, cuando Charles Dickens tenía doce años y su padre fue encarcelado en la prisión de deudores. Esto, aparte de la total ruptura familiar, acabó de forma abrupta con la educación del joven Charles, que fue enviado a trabajar a una fábrica de betún. El propio Charles describió años más tarde el lugar como una «casa loca y ruinosa», plagada de ratas y en un estado avanzado de descomposición. En ella tenía que trabajar jornadas de diez horas diarias, seis días a la semana. Su trabajo consistía en pegar etiquetas en tarros de betún líquido. Su sueldo eran seis chelines semanales, lo único que tenía para sobrevivir mientras su familia seguía entre las paredes de la prisión.
Hay que tener en cuenta el giro radical que sufrió, no ya su vida, sino su propia concepción del mundo. Dickens provenía de un entorno que se consideraba a sí mismo «gente de bien»; su madre le había enseñado latín y su padre tenía un empleo administrativo en la Marina. El descenso al trabajo manual entre niños de clases bajas, a quienes él llamaba «compañeros comunes» —y a los que seguramente hasta hacía unos días veía como inferiores—, fue percibido como una degradación irreversible de su identidad y de sus esperanzas de convertirse en un hombre culto.
Sin embargo, el peor golpe fue cuando lograron salir de la prisión: la propia madre de Charles insistió en que continuase trabajando en la fábrica en lugar de dejarle retomar sus estudios. Sobre todo porque la familia había recibido una herencia que permitió saldar todas las deudas y dejar de nuevo a la familia en una posición cómoda. Esta sensación de ser un objeto prescindible para los propios padres se convirtió en el núcleo emocional de su representación de los huérfanos y niños abandonados en su literatura.
Estas vivencias y el sentimiento de desapego de sus propios padres es lo que fortaleció su pluma y logró calar en la mente colectiva de la época. Era uno de ellos y no necesitaba que nadie le contase cómo era el ser humano. Él había visto con sus propios ojos la podredumbre que había representado la maquinaria económica, y su misión era arrojar esa visión a quienes no eran capaces de verla.
Las palabras eran la herramienta que alguien como él sabía manejar. Necesitaba hacer sentir a la gente acomodada lo que era vivir en la calle, lo que significa ser un niño explotado laboralmente que pasaba hambre, frío y era insultado y golpeado de forma sistemática, siendo ignorado por la autodenominada «gente de bien». Tenía que transmitir lo que él y sus compañeros habían sentido durante años.
De nuevo vemos cómo la literatura, la narrativa, tiene una capacidad única de transmitir sentimientos para generar cambios, como ya vimos en Perceforest o en el Documento Kairos.
Esta guerra no fue sencilla ni mucho menos corta; había que dinamitar el constructo social desde la misma base. Estamos hablando de una sociedad donde existía una cláusula de bastardía del año 1834, según la cual, si se tenía un hijo ilegítimo, la ley trasladaba a la madre toda la responsabilidad financiera de su manutención, eximiendo al padre de toda responsabilidad al respecto. Y esto es un elemento crucial de su crítica en Oliver Twist, poco estudiado, pero muy representativo de la época.
Otro caso notable fue el impacto de su obra en los internados. En su obra Nicholas Nickleby, Dickens realizó él mismo una profunda investigación de campo, visitando los internados bajo una identidad falsa que le permitió retratar con precisión el hambre, las enfermedades y el castigo físico a los que eran sometidos los menores. La reacción del público fue tan visceral que muchas de estas instituciones se vieron obligadas a cerrar casi al instante.
Sin embargo, incluso entre los propios partidarios de Dickens había una ceguera selectiva, un doble rasero, como suele decirse. Entre 1870 y la década de 1920 (extendiéndose luego a la década de 1930 con el auge del cine en Hollywood), los reformadores y activistas luchaban ferozmente para prohibir el trabajo infantil en fábricas, minas y calles. Estaban todos de acuerdo en eso; sin embargo, muchos de esos mismos activistas, junto con el público general, defendían con entusiasmo que los niños trabajaran en el teatro. En esa época estaban en auge obras de teatro donde se ensalzaba la inocencia y pureza de los niños, lo cual les encantaba a estas personas acomodadas; supongo que se solazaban en lo buenas personas que eran por defender a tan inocentes criaturas.
Esta distinción era porque consideraban que el hecho de que los niños fuesen actores no se podía considerar como un trabajo, porque para ellos era un juego y se divertían… Obviando el hecho de que los pequeños debían trabajar diez horas al día, ensayar y se les exigía actuaciones perfectas.
Al final, esta lucha sin cuartel dio sus frutos. Pese a ello, me resulta a la vez simbólico y triste que la Ley de Educación de 1870, que estableció por primera vez la responsabilidad del Estado en la instrucción primaria universal en Inglaterra, fuera aprobada el mismo año de la muerte de Dickens. Ganaste, maestro.
Logró crear con sus novelas un clima de opinión donde la existencia de niños analfabetos y explotados ya no era aceptable para la conciencia nacional, con tal precisión y calado en la psique colectiva que perdura hasta nuestros días.
Hasta aquí hemos seguido los cambios más importantes en la percepción de la infancia, pero esto es solo un porcentaje ínfimo, porque se trata de la visión que tenemos en Occidente. Y eso significa que es la nuestra, no que sea la correcta ni mucho menos la única.
Por poner tan solo un breve ejemplo adicional, si nos trasladamos a algunas regiones de Asia, es común ver cómo las mujeres cargan a sus espaldas a sus hijos, incluso mientras están trabajando. Recuerdo haber visto estas imágenes de pequeño en televisión, y siempre recuerdo haber escuchado algún comentario similar a… «Pobres mujeres, encima de trabajar cargando con el peso del bebé a la espalda… ¡Menudo dolor de espalda!». Y esto es comprensible teniendo en cuenta que desconocemos por completo el contexto de la imagen.
La percepción de la infancia es totalmente distinta. En la primera fase inicial, la madre vive pegada al pequeño; incluso duermen todos juntos en la misma cama, y esto tiene numerosos beneficios. Por citar solo algunos: la sincronización de la respiración, facilitando este ciclo por la noche y ayudando a evitar la temible muerte súbita de los pequeños. Algo que contrasta mucho con la visión de Occidente, donde se tiene una fuerte creencia de que el niño debe dormir solo en su habitación y que se acostumbre a dejarlo llorar para que vea que los padres no van a aparecer siempre corriendo. Todo lo contrario a lo que sucede en Asia, ya que en cuanto el pequeño necesita algo, al instante se le concede. La madre vive tan pegada y dependiente de él que aprende a leer en todo momento lo que va a necesitar o pedir a continuación.
Esto se traduce, por ejemplo, en que incluso a los seis meses ya logran enseñarles a usar el baño; gracias a esta conexión saben cuándo van a necesitar usarlo y pueden enseñarle dónde deben ir.
Sin embargo, lo más curioso es que esto se corta de raíz de un día para otro; se pasa de un extremo a otro. Un día le explican que ya no es un bebé, que ahora ya tiene responsabilidades y que debe estudiar, hacer las tareas de casa y honrar de este modo a la familia, y ya no se le consiente en absoluto.
Un enfoque totalmente distinto al nuestro; ni mejor ni peor, distinto. Y si continuásemos el viaje encontraríamos muchos más. Pero ese no es nuestro objetivo hoy, tan solo ser conscientes de que es nuestra forma de pensar.
La infancia no es algo homogéneo y menos aún universal. Según la región y la época se ha ido teniendo una visión u otra. Se ha ido adaptando sobre todo a las necesidades sociales y económicas. Es más, me atrevo a decir sin ninguna duda que, si no hubiese sido gracias a Charles Dickens, la visión que se tendría hoy sería muy distinta a la actual.
Y esta visión, aunque no nos hayamos dado cuenta, ha seguido cambiando. Ahora la figura que existe es la del niño consumidor. Las empresas se dieron cuenta de que era mucho más sencillo convencer a los más pequeños de la casa de lo que necesitaban comprar sus padres, y ya se encargaría él de torturarlos hasta que lo hicieran.
¿Cuántos regalos reciben hoy en día los niños por su cumpleaños o Navidad? Infinitos. ¿Con cuántos juegan luego? Una fracción mínima. Todos lo sabemos y, pese a ello, se sigue inundando de juguetes que apenas serán usados. Pero es mucho peor: las vacaciones, las películas que se ven, a qué restaurante se va si se come fuera de casa… todo gira en torno a los más pequeños… Pese a lo aterrador que es, no puedo evitar que me resulte fascinante.
Con todas estas piezas sobre la mesa, todo me condujo a hacerme una nueva pregunta. Tengo claro que nos hemos inventado el concepto de la infancia, entonces, ¿nos inventamos también el de ser adulto? Así que me tocó seguir investigando, y lo cierto es que de forma natural esta imagen se fue generando de forma paralela a la misma vez que la de la infancia.
En primer lugar toca analizar la propia palabra, y ahí se averigua enseguida por qué se escogió. Proviene del participio pasado latino adultus y significa «el que ya ha crecido», en contraposición a la palabra adolescens («el que está creciendo»). Solo con esta distinción gramatical ya quedan claras las bases del propio concepto: la adultez se concibe como un punto de llegada estático y de «perfección». De esta forma se considera que el adulto ya ha alcanzado su forma final y, por lo tanto, cualquier actitud lúdica o espontánea (propias de la etapa de crecimiento) se comienza a interpretar socialmente como una regresión o una falla en su carácter.
Ahora toca regresar a la Edad Media para añadir nuevos datos al mapa que acabamos de trazar, porque en esta etapa no se formó un concepto nuevo, sino dos. Como ya vimos, es en esta etapa, en un inicio, donde adultos y niños compartían las zonas comunes, incluso los juegos. Sin embargo, con el surgimiento del nuevo concepto de familia y la escuela formal a partir del siglo XVII, los niños fueron separados y puestos en «cuarentena educativa». Por lo tanto, es en este punto donde, de forma natural y sin pensarlo, se decidió que los niños necesitan ser moldeados, educados y protegidos; es lógico que necesiten una imagen de referencia de en qué deben convertirse o cómo deben comportarse.
Por lo tanto, al convertirse el adulto en el protector y educador exclusivo del niño, se crea de forma natural una barrera moral. El adulto tuvo que purificar su propio comportamiento público y adoptar una postura de autoridad, formalidad y seriedad para mantener la jerarquía frente a los menores.
Si seguimos el camino de nuevo hasta la época del Renacimiento y nos fijamos ahora en los estudios que realizó el sociólogo Norbert Elias, continuamos encontrando piezas muy interesantes. Aquí nos explica que, a partir del Renacimiento, las cortes absolutistas comenzaron a exigir civilité (cortesía y etiqueta). Es una gran contraposición con la Edad Media, donde el comportamiento era mucho más expresivo y errático (por ejemplo, se aceptaba comer con las manos o reír ruidosamente). Con la modernidad, se exigió a las personas una «autocoacción» constante: la represión de los impulsos naturales para mantener el estatus. Otra vez, de forma natural, la informalidad y el juego pasaron a verse como signos de «barbarie», obligando al adulto a adoptar una máscara de ecuanimidad y control emocional que terminó internalizándose como una «segunda naturaleza».
Seguimos revisitando nuestro viaje anterior y cambiamos de nuevo de época y también de académico. Ahora continuamos con el sociólogo Max Weber, quien identificó que la Reforma protestante transformó el trabajo en una «vocación» (Beruf) y un deber sagrado, mientras que perder el tiempo o disfrutar del ocio se convirtió en un pecado. La renuncia a los placeres inmediatos y al juego se volvió una exigencia moral para alcanzar el éxito y la salvación. Esta mentalidad ascética impuso la seriedad como la actitud obligatoria de quien cumple una misión, encerrando al adulto en lo que Weber llamó una «jaula de hierro» de la que ya no pudo escapar.
Y por último, unimos los caminos donde nos quedamos. Finalmente, el filósofo Michel Foucault detalla cómo la Revolución Industrial transformó al adulto en un «cuerpo dócil» y productivo para las fábricas y oficinas. Se separó radicalmente el tiempo de trabajo del tiempo de vida, y el juego fue relegado y desterrado por ser considerado improductivo. La seriedad se convirtió en la postura necesaria para tolerar la monotonía, no desequilibrar el sistema de jerarquías productivas y demostrar «utilidad» social.
Por lo tanto, el concepto de adulto se forjó por necesidad, según iba evolucionando la sociedad y el mundo en que vivimos. Para poder continuar avanzando y evolucionando se debieron ir forjando de forma paralela el concepto de infancia y, en torno a él, el de adulto.
Sin embargo, yo continúo haciéndome preguntas, porque en todo lo que he leído y analizado en ningún caso se han tenido nunca en cuenta las propias necesidades del ser humano. Da igual que se hable de los niños o de los propios adultos, siempre han sido imposiciones de lo que se necesitaba en cada momento. Habiendo cambios únicamente cuando el trato hacia alguno de ellos era flagrante, como se esforzó tanto en demostrar Dickens y, aun así, se tardaron décadas en lograr cambios.
Y eso me lleva a la época actual, donde podríamos decir que estamos en una Edad Media dos punto cero. Encontramos niños que vuelven a compartir espacios con los adultos: lenguaje, aficiones, ropa, música… Esa capa superficial que se había creado con grupos de música exclusivos para ellos, programas de televisión, estilo de ropa… ha sido devorada por el consumismo, porque es más rentable que un niño consuma lo mismo que un adulto a crear una gama de productos completa solo para ellos.
Y otra vez encontramos que, de forma natural, los adultos han visto que los niños no querían su etiqueta de la infancia, y se han deshecho de su etiqueta de personas serias que rechazan lo lúdico. Ahora nos encontramos con adultos que visten como jóvenes, ven series de anime, películas de superhéroes, juegan a videojuegos… rechazan de frente la etiqueta de adulto, e incluso la propia industria les escucha y genera nuevas etiquetas, como la de jóvenes adultos.
Da mucho más dinero un adulto que quiere continuar siendo joven que un adulto serio, formal y austero. Del mismo modo que es más rentable un niño con gustos de adulto, porque es un niño que ya es consumidor. De nuevo es la industria, es la economía quien marca la infancia y la adultez.
Sin embargo, también es cierto que por primera vez se tiene libertad para que cada uno sea como quiere ser. De esta forma abro otra pregunta, pero no profundizaré en ella hoy porque esto ya se me ha ido demasiado de madre.
Tan solo os dejo aquí el runrún que me ha quedado en la cabeza; en algún momento lo retomaré porque siento que, antes, debo investigar otras cosas. ¿En algún momento se han preguntado cómo afectan estas etiquetas a nuestro cerebro? ¿Qué carga de estrés se tiene que soportar para actuar como nos dicen que debemos hacerlo en lugar de seguir nuestra propia naturaleza?
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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