Blancanieves: donde los cuentos se mezclan con la realidad

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

En pleno corazón de Lohr am Main, una pintoresca localidad histórica de apenas 15.000 habitantes en Baviera, encontramos un entrañable local llamado Weinhaus Mehling, especializado en vino y comida típica. Fue allí donde, en 1986, un grupo de historiadores y aficionados se reunía cada semana. Charlaban animadamente, entre copas de vino y jarras de cerveza, sobre la historia local, los cuentos ambientados en Alemania y, seguramente, sobre cómo los jóvenes de hoy ya no respetan la tradición.

En este contexto tan agradable, incluso idílico, uno de los miembros de este peculiar grupo, el Dr. Karlheinz Bartels —un respetado historiador y farmacéutico de la localidad—, se encomendó a sí mismo la misión de encontrar la base real del cuento de Blancanieves. Dado el ambiente, imagino que pronunciaría el equivalente alemán a nuestro «sujétame la copa, que voy» y, para sorpresa del mundo entero, lo logró.

El elemento más característico, el famoso espejo mágico que siempre decía la verdad a la madrastra, perteneció en realidad a Maria Sophia von Erthal, nacida en 1725 en el mismo Lohr. Hoy en día podemos verlo si viajamos hasta allí y entramos en el castillo de la ciudad, actualmente convertido en museo. Se trata de un impresionante espejo de un metro sesenta de alto, con un marco de madera maciza delicadamente tallado. En la parte superior luce un labrado con una inscripción en francés que reza Amour Propre (que puede traducirse como «amor propio» o «vanidad»). Exacto: el pecado capital de la madrastra.

Para tirar del hilo de las pistas del cuento e interconectarlas con el mundo real, nuestro amigo Bartels hizo uso de lo que él mismo denominó «Fabulología». A grandes rasgos, consistía en tomar cualquier dato rastreable, como el espejo mágico, y buscar pistas en la historia real hasta encontrar piezas que encajaran. Este método ofrece resultados sorprendentes, como comprobaremos a continuación, pero también entraña ciertos riesgos, como veremos al final de este episodio.

Para realizar este viaje vamos a calzarnos los zapatos del bueno de Bartels. Espero que me permita llamarle así, porque la pronunciación de su nombre completo, por decirlo de alguna manera, no me resulta nada sencilla. Esto es importante porque él, por el mero hecho de ser de la zona, ya conocía la historia local; sobre todo teniendo en cuenta que era tanto su profesión como su gran afición.

Nosotros, que no lo somos, debemos generar cierto contexto previo para poder seguir el hilo de sus investigaciones. (Como ya adelanté, bautizó esta práctica como Fabulología precisamente porque se dedicaba a recopilar fábulas locales y buscar en ellas datos reales para seguirles la pista).

Dicho esto, comencemos con la investigación fabulológica.


La historia del espejo mágico

A día de hoy, los espejos tienen un valor comercial casi nulo. Los podemos encontrar en cualquier tienda a precios irrisorios, en parte porque muchos ni siquiera son espejos en el sentido más estricto de la palabra, gracias a los enormes avances tecnológicos de los últimos siglos.

Sin embargo, en la Edad Media eran objetos de lujo dignos de grandes nobles e incluso reyes. Lo más frecuente si encontrabas un espejo en aquella época era que no fuera perfecto y presentara deformaciones. Lograr un cristal que devolviese una imagen nítida y real era motivo de asombro y admiración. Lo que por aquel entonces era la norma —las deformaciones— hoy se percibe como algo gracioso en las ferias. Curioso, cuanto menos.

En este contexto, nos encontramos con que Lohr era conocida a nivel internacional por ser pionera en la tecnología de los espejos; toda una potencia mundial. Sus procesos de producción eran admirados y, aquí viene la primera pista: se decía que los espejos de Lohr siempre decían la verdad.

No se trataba solo del impecable proceso de creación y pulido del cristal. Una vez concluido el trabajo, se aplicaba una fina capa de amalgama (a menudo con mercurio) para garantizar la máxima reflexión y pureza de la imagen. Imaginad lo peligroso de esta tarea; la esperanza de vida de los maestros artesanos era más bien corta. Por ello, los precios de estos espejos eran disparatados, al alcance exclusivo de los bolsillos más acaudalados.

Con este conocimiento general de la región, lo lógico era comenzar a buscar historias relacionadas con esta fábrica de espejos: a quiénes se les regaló, en qué contexto… Y buscando, buscando, encontramos el primer premio.

Maria Sophia von Erthal nació, según la fuente que consultemos, en 1725 o 1729. Era hija de Philipp Christoph von Erthal, quien, además de ser un alto funcionario, dirigía la fábrica de cristales y espejos del Electorado de Maguncia en Lohr. Es decir, aparte de tener los bolsillos repletos, le hacían descuento.

Este caballero quedó viudo y se volvió a casar en 1743 con la condesa Claudia Elisabeth von Venningen. Las crónicas locales la describen como una mujer vanidosa y dominante que favorecía abiertamente a los hijos de su primer matrimonio en detrimento de su nueva hijastra. Algo que, como nos han enseñado los cuentos clásicos, casi podríamos considerar la norma.

El famoso espejo fue un ostentoso regalo para su nueva esposa; una pieza envidiada en toda Europa. Aparte de la excepcional calidad de su reflejo (por lo que «decía siempre la verdad») y de la inscripción en francés, falta un último detalle: que hablase.

Esto se logró gracias al ingenio de los maestros artesanos y residía en el grueso marco de madera ornamental. Su diseño presentaba curvaturas y concavidades que generaban un efecto eco; de este modo, si hablabas frente a él, el sonido rebotaba devolviendo tus últimas palabras como si provinieran del propio cristal. Con esto, ya tenemos el espejo mágico que responde a su propietario y siempre dice la verdad. No sé vosotros, pero yo solo puedo pensar en el canguelo que debían tener los pobres trabajadores encargados de transportarlo por las escaleras de la época… «Como se me caiga y se rompa, me decapitan…». Además de que, seguro, era un trasto comodísimo y súper liviano de llevar, claro.

En fin, con el espejo ya instalado y regresando a nuestros protagonistas, las crónicas revelan que la joven Maria Sophia era muy querida. El pueblo la describía como un ángel bondadoso que siempre ayudaba a los necesitados. Por el contrario, la madrastra no gozaba de ninguna simpatía. Y como guinda del pastel, tenemos al padre: debido a sus responsabilidades políticas y empresariales, nadaba en la abundancia, pero nunca estaba en casa, dejando a su hija a merced de la madrastra.

Todavía se conserva correspondencia de la condesa donde se evidencian sus maniobras para apartar a su hijastra y favorecer a sus propios hijos. Como suele suceder, esto debía ser un secreto a voces en toda la ciudad, excepto para el padre… o le daba igual, yo qué sé. Lo cierto es que el arquetipo de la madrastra malvada con espejo mágico, enfrentada a una joven angelical, ya podemos darlo por conseguido.

En la versión original de los hermanos Grimm, la madrastra ordenó que condujesen a su hijastra al bosque, la asesinasen y le entregasen, aparte del corazón, el hígado y los pulmones de la joven. Aquí tenemos varios datos para analizar. Por un lado, cuando le entregaron las vísceras, la madrastra las cocinó y se las comió; un simbolismo claro de su deseo de absorber la juventud y la hermosura de la niña mediante un ritual caníbal.

Por otro lado, un dato perfecto para la fabulología: Blancanieves huye hacia un oscuro bosque atravesando siete montañas, lo cual coincide a la perfección con la geografía del bosque de Spessart. A su vez, esta huida coincide asombrosamente con un antiguo sendero minero conocido como Wieser Strasse, que parte de Lohr y cruza, precisamente, siete cumbres montañosas hasta llegar al pueblo minero de Bieber.

Como veis, de momento todo encaja a la perfección. Las piezas se deslizan con suavidad para mostrarnos la imagen nítida del cuento. Y no solo eso, sino que cada descubrimiento parece empujarnos al siguiente: al mencionar un pueblo minero, es inevitable pensar en los siete enanitos picando piedra en la mina. No me digáis que no.

Y, por desgracia, esto tiene una explicación tan lógica como traumática.

Por aquel entonces, al menos en esa zona, las galerías de las minas eran tan angostas y de difícil acceso que se utilizaba a niños para trabajar en ellas de sol a sol. La desnutrición, el exceso de trabajo, la falta de descanso, los problemas respiratorios y la toxicidad de los minerales provocaban que estos pequeños sufrieran de enanismo, malformaciones óseas y envejecimiento prematuro. A estos niños se les conocía localmente como «pobres enanos». Además, para no perderlos de vista en la oscuridad de los túneles, su uniforme incluía grandes gorros de colores llamativos. Otro dato que encaja a la perfección en el puzle.

Lo que nos queda son detalles casi menores. En la versión original, la madrastra intenta asesinar a Blancanieves hasta en tres ocasiones, no solo en una. Primero, disfrazada de vendedora, intenta asfixiarla apretándole las cintas de un corsé; después prueba con un peine tóxico y, en último lugar, recurre a la famosa manzana envenenada. La peculiaridad de esta manzana es que tenía dos colores. Nuestro fabulólogo de referencia, haciendo uso de sus conocimientos farmacéuticos, dedujo que este efecto visual y letal se conseguía sumergiendo la mitad de la fruta en una solución de belladona, una planta venenosa muy abundante en la zona.

La última pieza del rompecabezas, el ataúd de cristal donde reposa Blancanieves, se explica de la misma forma que el espejo mágico: gracias a la extraordinaria destreza de los artesanos vidrieros de Lohr.

Como veis, todo encaja a la perfección, ¿verdad? Es un hilo lógico que une todos los puntos; hemos descubierto a la auténtica Blancanieves.

Pues no.


La otra cara de la moneda: Margaretha von Waldeck

En 1994, Eckhard Sander, otro historiador alemán, publicó el resultado de décadas de investigación en un libro titulado Blancanieves: ¿Cuento de hadas o verdad?. En él, rastreaba la vida de Margaretha von Waldeck, hija de Felipe IV, conde de Waldeck-Wildungen, en la región de Hesse.

Para sorpresa de nadie a estas alturas, las crónicas de la época describían a esta muchacha como una joven de belleza sin igual. Curiosamente, en los primeros borradores de los hermanos Grimm, Blancanieves era rubia, igual que Margaretha (y supongo que igual que otras tantas jóvenes de la nobleza alemana, pero bueno).

Margaretha perdió a su madre con apenas cuatro años y su padre se volvió a casar con Katharina de Hatzfeld, una mujer estricta y autoritaria con la que la niña siempre mantuvo una relación muy tensa. A los 16 años, fue enviada lejos de su hogar, a la corte de María de Hungría en Bruselas. Aunque el folclore local transformó este exilio en una huida desesperada por los celos de su madrastra (ya sabéis, nunca permitas que la realidad te estropee una buena historia), en realidad fue una fría maniobra política de su padre para estrechar lazos diplomáticos con el emperador Carlos V. Mucho más aburrido que imaginar una lucha encarnizada entre ambas, dónde va a parar.

Siguiendo con los clichés, una vez en Bruselas, la extraordinaria belleza de Margaretha deslumbró a la corte y enamoró perdidamente al príncipe Felipe, el futuro rey Felipe II de España. En el episodio de La Bella Durmiente ya comenté uno de los mayores terrores de la nobleza: los matrimonios desiguales. Y aquí teníamos al heredero más poderoso de la cristiandad enamorado hasta las trancas de la hija de un noble menor alemán y, para más inri, luterana. Como era de esperar, esta relación resultaba totalmente inaceptable tanto para la corona española como para los Habsburgo. Esto da para una serie y lo sabéis.

De nuevo, para sorpresa de nadie, la joven Margaretha enfermó gravemente a los 21 años (en 1554). Como refleja la correspondencia de la época, su salud se deterioró a pasos agigantados en muy poco tiempo. La teoría histórica más aceptada a día de hoy es que sus síntomas encajan a la perfección con un envenenamiento progresivo por arsénico. (Por cierto, añado el dato de que su madrastra había fallecido en 1546; así que todo apunta a que su muerte fue, más bien, un reajuste forzoso de la geopolítica internacional).

Por cierto, ¿recordáis las minas donde trabajaban los niños, los «pobres enanos»? En la versión anterior, esas minas estaban en la zona y encajaban bien. Sin embargo, en la historia de Margaretha la pieza encaja aún mejor: su propia familia era la dueña de las explotaciones mineras.

Por último, el detalle de la manzana envenenada. Por desgracia, la realidad vuelve a ser más cruel que la ficción. En los registros históricos de la época aparece el caso de un hombre detenido y sentenciado por asesinar a numerosos niños regalándoles manzanas envenenadas. Su justificación fue que estaba harto de que le entraran a robar en el huerto, así que decidió cortar el problema de raíz… Se intuye que un suceso tan escabroso acabó adhiriéndose al relato de Blancanieves gracias a la plasticidad de la tradición oral y la memoria local.

Como veis, si escarbamos en el pasado sabiendo exactamente qué queremos encontrar, es fácil dar con historias que encajen a medida. A toro pasado, todo es más fácil.


Los orígenes reales: Mitos y folklore internacional

¿Qué significa esto? Que, a nivel académico, ninguna de estas teorías sobre una «Blancanieves histórica» está aceptada al cien por cien. Lo que sí se da por sentado es que todo este folclore local influyó en los hermanos Grimm, quienes se nutrieron de múltiples sucesos para tejer su propia versión.

Sin embargo, la esencia del cuento es muchísimo más antigua. El primer rastro literario lo encontramos en el año 8 d. C., en Las metamorfosis de Ovidio. Allí aparece Quíone (nombre derivado del griego chióni, que significa «nieve»), protagonizando una historia que es… bastante diferente.

En el mito clásico, la joven Quíone, hija de Dedalión, es tan hermosa que enamora a dos dioses: Apolo y Mercurio. Y claro, ¿cómo afrontan dos deidades olímpicas estar colados por la misma mortal?

Mercurio la sume en un sueño mágico con el toque de su caduceo para violarla sin que se dé cuenta; Apolo, mucho más «caballeroso», se disfraza de anciana para hacer exactamente lo mismo. Sin comentarios.

Bueno sí, un comentario. Aquí ya tenemos dos elementos cruciales de la versión que conocemos a día de hoy: el sueño y el disfraz de anciana… Aunque en esta versión primigenia incluso tenían un sentido más oscuro que los actuales.

Por lo tanto esto lo anclamos y tenemos una dualidad —el sueño inducido y el disfraz de anciana— que podríamos definir como una base que se convertiría, muchos siglos después, en la raíz narrativa de los intentos de asesinato de la reina malvada.

También tenemos otro cambio importante y es que el conflicto central del mito surge de la hybris (o arrogancia desmedida) de Quíone, que contrasta con la pasividad y bondad de la Blancanieves actual. Porque tras haber logrado enamorar, por decirlo de algún modo, a dos dioses, se atreve a afirmar públicamente que es más hermosa que la diosa Diana.

En la versión actual, la envidia nace de forma natural de la reina cuando un tercero, el espejo, le dice que hay alguien más hermoso que ella. Sin embargo, aquí es la joven quien provoca a Diana, deidad de la caza y la virginidad, y esta debió pensar algo así como «pero tú quién te has creído que eres, niñata», y responde de forma contundente: asesina a la joven atravesándole la lengua con una flecha, silenciándola para siempre.

Este acto no es un simple asesinato; es la amputación de su voz, un castigo ejemplar por la osadía de competir estéticamente con la divinidad. Además, la fuerte asociación de Diana con los bosques y la naturaleza salvaje resuena claramente en el entorno donde Blancanieves buscará refugio más adelante.

El elemento simbólico crucial que vincula a esta diosa es la figura del espejo mágico, aunque no como lo imaginamos. Aquí debemos buscar algo más terrenal, en concreto el lago Nemi. Situado cerca de la ciudad latina de Aricia, era conocido en la Antigüedad como el Speculum Dianae («El espejo de Diana»).

Es famoso por sus aguas tranquilas, que reflejaban la luz de la luna (el astro asociado a la diosa), estableciendo la primera conexión preliteraria con el motivo del espejo mágico. Diana —protectora de las mujeres, pero a la vez implacable castigadora de quienes desafían su estatus— encarna a la perfección esa dualidad que más tarde los cuentos escindirían en dos personajes: la madre biológica pura y la madrastra celosa y perseguidora.

Por lo tanto, este lago es, según los académicos, el germen conceptual del espejo parlante, apuntalando el arquetipo de la figura madura que siente unos celos enfermizos por la belleza de la juventud.

Como veis, todo esto es mucho más complejo. Hay infinidad de matices sociológicos, históricos y políticos que analizar. Las historias están vivas (a fin de cuentas, ese es el lema central de este podcast), y mutan para adaptarse a las necesidades de cada época. No existe una única versión «verdadera», como demuestra el propio trabajo de los hermanos Grimm.

Su primera edición se publicó en 1812, y en ella no existía ninguna madrastra: era la propia madre biológica quien intentaba asesinar a su hija. El texto sufrió numerosos cambios y reescrituras hasta llegar a la versión definitiva de 1857, que es la que ha perdurado. Por cierto, en esa versión final, Blancanieves tan solo tiene siete años… un detalle que Disney modificó por considerarlo demasiado… ¿grotesco?, por llamarlo de alguna manera comprensible para el público moderno.

Si damos un salto hasta Rusia, vemos que en 1833 Alexander Pushkin publicó El cuento de la princesa muerta y los siete caballeros, una obra maestra en verso que traslada el relato al crudo contexto de la Rusia imperial. Pushkin lo escribió en un periodo de estricta censura, tras el fallido levantamiento decembrista de 1825, en el que muchos de sus amigos liberales acabaron ejecutados o exiliados en Siberia. Aunque el poeta fue indultado por el zar, vivía bajo constante vigilancia. Pese a ello, no se rindió: siguió luchando contra el autoritarismo con la única arma a su alcance. Su literatura buscaba crear una conciencia nacional reivindicando el uso del ruso vernacular frente al dominio elitista del francés en la corte.

En su versión, la princesa no se encuentra con siete enanos, sino con siete bogatyrs (caballeros medievales rusos) que viven en una fortaleza en el bosque. Este cambio es fundamental para entender la divergencia cultural: mientras que en el mundo germánico los enanos simbolizan el sacrificio industrial y minero, en Rusia los caballeros representan la fraternidad guerrera y la resistencia colectiva frente al poder absoluto.

La princesa se erige como una figura de autoridad moral en el hogar de los guerreros, llegando a rechazar sus propuestas de matrimonio para mantenerse fiel a su prometido, el príncipe Yeliséi. El intento de asesinato se perpetra con una manzana envenenada que le entrega una monja (el disfraz elegido por la reina); y el despertar no ocurre por un afortunado accidente con el féretro, sino gracias a la búsqueda épica del príncipe, quien interroga a las mismísimas fuerzas de la naturaleza (el Sol, la Luna y el Viento) para dar con el ataúd de cristal escondido en una cueva.

Sin embargo, a título personal, si tuviese que escoger mi versión favorita, me quedaría con la de Albania. En ella, el cuento adquiere una dimensión mucho más oscura y retorcida. Fue recopilada por Johann Georg von Hahn en el siglo XIX. Lejos de la inocencia pasiva de Blancanieves, la protagonista albanesa, Marigo, es instigada por su propia maestra para asesinar a su madre biológica. La institutriz ansía casarse con el padre de la niña, así que le enseña cómo dejar caer la pesada tapa de un arcón de mármol sobre el cuello de su madre mientras esta busca ropa en su interior. (Os invito a reescuchar el episodio sobre la Cenicienta, porque esto os sonará muchísimo a lo que vimos en la versión italiana).

Este escalofriante inicio refleja una visión descarnada de la ambición y muestra cómo la figura educadora puede corromper irremediablemente la inocencia infantil.

Tras ser previsiblemente traicionada por su nueva madrastra (la maestra, claro), Marigo huye y encuentra refugio en un castillo habitado por cuarenta dragones. Lejos de ser bestias sedientas de sangre, los dragones actúan como protectores de la heroína y la adoptan como su «hermanita». En el folclore balcánico, el número 40 es tremendamente simbólico y representa la completitud y el poder absoluto. Los intentos de asesinato posteriores se llevan a cabo mediante un anillo maldito y unas horquillas envenenadas que sumen a la joven en un letargo mortal.

Podría seguir durante horas poniendo ejemplos. En la tradición española e italiana, sin ir más lejos, la joven suele refugiarse en una cueva con una banda de ladrones. Cada versión está minuciosamente ajustada a su época, a su geografía y a las necesidades de su sociedad.

Los cuentos originales son crueles porque no buscaban agradar, sino transmitir conocimiento, advertencias y reglas de supervivencia. Son viscerales porque debían serlo: eran herramientas de transformación.


El legado actual: ¿Puro marketing?

Esa capacidad de adaptación literaria no se ha detenido hoy en día, pero creo que se ha transformado en algo tan superficial como el puro marketing. En los últimos años hemos visto reinterpretaciones que buscan subirse al carro de las nuevas corrientes sociales, invirtiendo los papeles de forma artificial: Blancanieves guerreras que salvan al príncipe.

Por supuesto, hay honrosas excepciones. Existe una versión española del año 2012, dirigida por Pablo Berger, rodada en blanco y negro y en formato de cine mudo, que está en las antípodas de ser una propuesta comercial… Sin embargo, ¿cuántos de vosotros la habéis visto? Y eso que ganó diez premios Goya…

A día de hoy, parece que lo único que se conoce es lo que triunfa de forma masiva, lo que sabe adaptarse al formato comercial o lo que se mueve en redes sociales.

También es cierto que ninguna de estas piruetas modernas termina de cuajar en el imaginario colectivo como lo hizo la cinta de Disney, que sigue siendo el referente absoluto a nivel internacional. No tengo la respuesta exacta de a qué puede deberse, pero sospecho que, al preocuparse más por encajar en moldes políticamente correctos y vender entradas, han perdido la necesidad real de transmitir valores orgánicos o de sacudir conciencias.

No es solo eso. Cuando leo las versiones antiguas siento algo genuino; producen un efecto real en mí. Me obligan a hacerme preguntas, a investigar la historia, a intentar comprender qué ocurría en esos países para darle sentido a la crudeza del texto. En cambio, con las recientes reinterpretaciones de los clásicos (que están aflorando como setas en las plataformas), lo único que siento son unas irrefrenables ganas de dormir o de ponerme a jugar con el móvil.

Esto, claro está, es solo mi opinión; no soy más que un tipo frente a un micrófono. Pero ¿y vosotros? ¿Preferís la riqueza de las versiones antiguas, por muy oscuras y retorcidas que resulten? ¿O consideráis que, al fin y al cabo, los cuentos son cosa de niños y sus tramas deberían estar asépticamente adaptadas a ellos?

Tampoco es justo pretender que las crónicas originales se mantengan inamovibles porque, como comprobamos semana a semana en este podcast, sin el contexto histórico adecuado terminan perdiendo todo su sentido para nosotros.

Son muchas preguntas y yo, como de costumbre, no tengo las respuestas; solo más preguntas.

Porque al final, Bartels tenía razón, y también se equivocaba. Como todos los que buscamos respuestas en los cuentos.

Blancanieves que era Sophia, pero también Margaretha, y no es ninguna de ellas, porque en realidad no es una mujer, ni un lugar, ni una época.

Blancanieves es todas ellas del mismo modo que también son los niños mineros de Bieber, es la princesa envenenada en Bruselas, es la lengua de Quíone atravesada por una flecha, y también son los cuarenta dragones que protegen a una niña en un castillo albanés e incluso son los toreros de Berger.

Blancanieves es lo que necesitamos que sea. Y por eso, nunca dejará de contarse.

Yo soy Daniel Sanz, y esto es De Ranas y Reyes.

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