Anna Karénina, considerada una de las obras cumbres de la literatura universal y, sin lugar a dudas, también una de las obras más famosas e influyentes de la historia, resulta que estuvo inspirada por el cuento de «Ricitos de Oro y los tres osos»; bueno, en realidad fue por su versión original, conocida como el cuento de los tres osos.
Este cuento impactó mucho en León Tolstói por varios paralelismos curiosos… En primer lugar, se casó con Sofía Bers, cuyo apellido significa «oso». Además, eran tres hermanas, igual que en el cuento son tres osos… y Tolstói cortejó a las tres. Esto lo trasladó de forma fiel a su novela, donde el protagonista, Levin, corteja a tres hermanas e incluso la institutriz francesa se refiere a Kitty (la menor, con la que Levin termina casándose) como el «osito pequeño» (tiny bear) que ya ha crecido. Tolstói refuerza esta analogía describiendo a las tres hermanas vistiendo abrigos de piel de tres tamaños exactos (largo, semilargo y muy corto), emulando las diferentes escalas de los personajes del relato infantil.
Si saber esto os ha sorprendido, no os podéis imaginar la cara de besugo que se me debió quedar a mí cuando me enteré. ¿Ricitos de Oro? ¿En serio? Un cuento insulso, que no transmite nada en absoluto, donde una niña se cuela en la casa de tres osos, prueba sus sillas, su comida, sus camas… y cuando llegan los osos se asusta y se larga por la ventana. Si yo me había olvidado incluso de este cuento, ¿y sirvió como inspiración para el mismísimo Tolstói? Aquí hay algo que no me cuadra, a investigar. Y lo primero que encontré es que Ricitos de oro era una anciana desagradable.
Pero antes de comenzar, permitidme anunciar un club de lectura que quiero iniciar.
Estoy comenzando a usar más mi canal de YouTube y he pensado aprovechar la realización de los directos para hacer un directo el último domingo de cada mes.
El libro que he elegido es «La saga/fuga de JB» de Gonzalo Torrente Ballester. Si os animáis a leerlo, podéis enviarme en un máximo de 300 palabras vuestra opinión y a finales de julio haré un directo en YouTube donde haré mi propio análisis, leeré los que más me hayan llamado la atención de los vuestros y charlaremos todos un rato al terminar. Tenéis el enlace al canal en las notas del episodio.
Y ahora, podemos centrarnos en el análisis de este cuento que esconde numerosos tesoros.
Mi primer impulso siempre es comenzar por la parte sicológica, no sé por qué lo hago sobre todo porque luego suelo cabrearme con lo que encuentro; imagino que será esa parte masoquista que tenemos todos.
Aunque en este caso he de reconocer que resultó curioso.
Bruno Bettelheim y David Alan C., son dos sicólogos que, pese a analizar este cuento desde el psicoanálisis freudiano, lo criticaron desde dos aspectos bastante diferenciados.
Bettelheim interpreta la historia como la búsqueda de una niña que intenta lidiar con sus celos fraternales y ansiedad por encontrar su propia identidad.
Su crítica viene porque a diferencia de cuentos como el de Cenicienta, en Ricitos de Oro no hay un acto ya sea de resistencia o evolución de la protagonista, tan solo decide huir…
El análisis de David Alan propone que el relato refleja una obsesión extrema por el orden, la limpieza, el control. Reflejado en el afán de Ricitos de Oro por encontrar la comida y los muebles de la medida «exacta».
¿De qué me sirvió todo esto? A nivel de análisis del cuento, de nada.
Pero con la tarea hecha… ya puedo comenzar con el análisis como tal de este cuento, me atrevo a decir que es el cuento que menos esfuerzo me ha costado a la hora de buscar información y, sin embargo, más me ha impactado con lo que he encontrado.
En este cuento hay dos nombres propios principales; el primero de ellos es el reconocido escritor y poeta inglés Robert Southey, quien conocía este cuento gracias a un tío suyo que, pese a ser casi analfabeto, era un gran cuentacuentos y le narraba muchas veces esta historia.
Vivan los cuentacuentos, sí señor, y fue en esta transmisión oral donde comenzó la migración de la simbología y mensaje de este cuento.
La versión original que le contaba este tío al joven poeta era muy diferente. La protagonista femenina era una zorra y los tres osos vivían en un castillo, representando de esta forma, otra vez, a los osos como las figuras de autoridad, los nobles terratenientes, y a la zorra como el pueblo llano o campesinado.
La zorra se cuela en su castillo, se alimenta de los platos de leche, duerme en sus camas, rompe las sillas… y al final es atrapada por los osos, quienes dudan qué hacer con ella y al final la arrojan por una ventana esperando que se mate con la caída, aunque logra sobrevivir y se aleja jurando no volver a colarse en el castillo de los osos… Una típica historia sobre el abuso de poder de los nobles y el riesgo que se corre al enfrentarse a ellos o desafiarlos. Una estructura muy conocida en el folclore europeo.
Este cuento solía contarlo Robert a sus familiares o amigos en las reuniones de escritores de su círculo cercano, pero, como hemos visto en numerosas ocasiones ya en este podcast… adaptado tanto a su época como, sobre todo, a sus creencias políticas en base a la situación social de su época, pero eso, lo veremos después.
Primero veamos los cambios incluidos por Robert en su versión.
El primero y más llamativo es, sin duda, el cambio de la protagonista, porque se sustituyó a la zorra de la versión original y, en su lugar, se incluyó a una mujer anciana que era una vecina malhumorada. Este cambio, por curioso que parezca, tiene una explicación lógica.
En la versión oral, la protagonista era denominada como una «vixen» que significa, de forma literal, una zorra… pero en el argot popular inglés del siglo XIX, la palabra vixen poseía un doble significado y también se utilizaba para referirse de forma despectiva a una mujer anciana, huraña, de pésimo temperamento y modales rústicos.
En su versión, los tres osos eran unos solteros que, cansados de vivir en cuevas rodeados de suciedad y desorden, deciden cambiar su estilo de vida y compran una casa para mudarse y vivir de forma ordenada entre los humanos.
Una anciana vecina suya recela de sus nuevos vecinos los osos y quiere entrar en su casa para comprobar cómo viven; en varias ocasiones habla con ellos esperando ser invitada a tomar té, pero los osos en todo momento la ignoran. Cansada de esta situación, un día la anciana se presenta en su casa y, de malos modos, más que insinuar, exige que los osos la inviten al interior a tomar té, pero ellos se niegan en redondo, ante lo que la anciana les grita e insulta.
Una tarde, aprovechando que los osos todas las tardes salían a pasear mientras su comida se enfriaba, la anciana decide colarse en su casa. Es ahí cuando prueba la comida de los osos, escupiendo la primera, tirando al suelo la segunda y comiéndose la tercera. Prueba las sillas rompiendo la tercera y prueba las camas rompiendo una y durmiendo en la tercera. Cuando los osos regresan a casa, ella se asusta y se esconde, pero al ser encontrada por los osos se asusta y huye saltando por la ventana sin dar más explicaciones, dejando el final abierto. El cuento como tal nos resulta raro, pero tampoco le damos mucha importancia… Es ahí cuando resulta imprescindible conocer y comprender el contexto de la época para ser capaces de ver el significado real del cuento.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que estamos en la Inglaterra de la década de 1830 que sufría un dramático aumento de la indigencia rural y, por ello, una migración forzada. El gobierno respondió a esto con leyes punitivas, como la Ley de Vagancia de 1824 que, resumiéndola, criminalizaba el dormir a la intemperie o en edificios abandonados. A la que unos años más tarde se le añadió la enmienda de la Ley de Pobres de 1834, que obligaba a los indigentes a entrar en las temidas casas de trabajo donde se les trataba como a animales y se les obligaba a trabajar hasta la extenuación.
Robert Southey rediseñó a los personajes para que sirvieran como espejos de esta tensión social al presentar a los osos como los propietarios modelo de la clase media: limpios, hospitalarios, que respetan el orden y consumen solo lo que necesitan con total moderación, salen a pasear por el vecindario pero, a su vez, celosos de su privacidad y espacio personal.
En contraposición, transformó a la intrusa, que antes era la zorra, en el estereotipo que la burguesía tenía de las clases desposeídas. Pasando a ser una vieja venida a menos, envidiosa de sus nuevos vecinos, sucia, insolente, codiciosa y obscena que violaba la propiedad privada y destruía los bienes ajenos.
La violencia y expulsión de la intrusa se convierte en un acto legítimo para preservar el hogar burgués frente a la amenaza de los marginados. Por eso, su final es muy realista y apegado a la ley: mostrando que la anciana es consciente de que está infringiendo la ley y por eso huye por la ventana. Y al dejar el final abierto se insinúa que, al ser una delincuente, pudo haber sido arrestada por un alguacil por el delito de vagancia y encerrada en una casa de corrección.
Nunca dejo de sorprenderme por cómo cobra todo sentido al poner en contexto la época de cada cuento….
Robert plasmó esto por escrito, aunque de forma anónima, en el año 1837 y, durante mucho tiempo, se creyó que esta fue la primera versión escrita de la obra, hasta que en 1951 salió a la luz, gracias a que en 1949 el bibliotecario británico Edgar Osborne donó su colección de literatura infantil a la Biblioteca Pública de Toronto.
No sé vosotros, pero yo al leer esto lo primero que hice fue pensar en Bertín Osborne… por pura curiosidad investigué el origen de la familia Osborne de España y resulta que descienden de Thomas Osborne Mann (1761–1854), un joven comerciante que provenía de Exeter y llegó a la provincia de Cádiz a finales del siglo XVIII, donde fundó las bodegas Osborne en El Puerto de Santa María.
Regresando a lo que nos ha traído hasta aquí, en esa colección se encontró un manuscrito inédito que pertenecía a la familia y se había escrito en 1831, y la autora era Eleanor Mure, una amiga de Robert.
Ella conocía el cuento de los tres osos gracias a él; por lo tanto, conocía su versión, no la antigua oral, y para celebrar el cuarto cumpleaños de su sobrino decidió hacerle un regalo muy original. Diseñó el cuento en formato de un libro de hojas plegables con trece ilustraciones realizadas con acuarelas cuyas páginas estaban articuladas con bisagras de papel. Vamos, toda una preciosidad.
Lo más llamativo, por lo menos para mí… es el final que decidió incluir esta buena mujer como regalo para un niño de cuatro años…
Los osos encuentran a la vieja escondida en un armario y, para castigarla, en primer lugar deciden intentar quemarla viva, pero resulta que es inmune, así que entonces intentan ahogarla y tampoco consiguen matarla. Cansados de la resistencia de la vieja, deciden zarandearla entre los tres osos y lanzarla por los aires hasta que logran empalarla en la aguja de la iglesia.
La versión del amigo Robert nos pareció rara… pero esta, por lo menos a mí, me dejó patidifuso.
Por lo tanto, ¿qué toca? Investigar la forma de educar a los niños en esa época y lugar. Porque si a día de hoy un niño va a clase y le dice a alguno de sus profesores… «profe, profe, mira qué libro más bonito me ha regalado mi tía» y se lo leen… esa misma tarde aparece por casa servicios sociales para conocer a esa tía.
La literatura para niños de este periodo estaba influenciada por el auge del movimiento evangélico y la doctrina de la depravación humana innata, conocida bajo el concepto del «niño pecador».
Bajo esta perspectiva defendida por influyentes sectores de la sociedad, los niños no eran considerados seres puros o inocentes por naturaleza, sino criaturas marcadas por el pecado original cuya voluntad rebelde debía ser quebrantada e instruida mediante la severidad para asegurar tanto su salvación eterna como su sumisión civil.
El uso pedagógico del miedo y el horror no se interpretaba como una forma de abuso o trauma, sino como un acto de amor cristiano y responsabilidad parental. Los manuales educativos utilizaban de forma sistemática castigos gráficos y muertes truculentas para ilustrar de forma inequívoca las consecuencias físicas y espirituales de la desobediencia, la mentira y el allanamiento de límites morales.
Para mostrar esto en un contexto más claro, hay que tener en cuenta que un referente absoluto de este estilo fue The History of the Fairchild Family, publicado en el año 1818 de la autora Mary Martha Sherwood, todo un éxito de ventas que permaneció en las estanterías infantiles durante casi un siglo. Uno de sus pasajes más célebres es cuando, tras presenciar una disputa infantil, el señor Fairchild azota con esmero a sus hijos y los obliga a pasar una tarde entera bajo un patíbulo del que pende el cadáver putrefacto de un fratricida que es sacudido por el viento en su jaula de hierro.
Todo esto, por cierto, lo expliqué mucho mejor en un episodio exclusivo donde analicé la figura de la infancia y su evolución. Lo tenéis en el episodio titulado «Cómo nos inventamos la infancia y a los adultos», donde terminé analizando el imprescindible papel que jugó Charles Dickens para cambiar esta visión.
El cambio de la anciana por la niña fue obra del autor Joseph Cundall unos pocos años más tarde, en 1850, alegando que ya existían demasiadas historias infantiles protagonizadas por ancianas desagradables y consideró que el cuento sería mejor si el intruso fuese una niña pequeña, al tratarse de un personaje más dulce, ingenuo y atractivo para los lectores infantiles.
Por fortuna, la mentalidad ya estaba cambiando gracias a la influencia de filósofos como Jean-Jacques Rousseau; se estaba transicionando a ver la infancia desde una perspectiva romántica, como una etapa pura, curiosa y moldeable.
Inicié este viaje creyendo que Ricitos de Oro era un cuento sin mensaje, no me averguenza reconocer que si no llega a ser por la anécdota de Tolstoi hubiese pospuesta su análisis de forma indefinida.
Sin embargo, gracias a él he descubierto el miedo visceral que se tenía a la pobreza, casi como si fuese algo contagioso. Esa defensa visceral de la propiedad privada y como incluso se podía vincular a la propia forma de educar a los niños.
Esto me lleva a plantearme una duda que, hasta ahora, no había tenido. Siempre he pensado que los cuentos han sobrevivido hasta nuestros días porque son importantes.
Pero a lo mejor los cuentos son importantes porque han logrado sobrevivir.
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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