«Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas».
Este texto corresponde al Salmo 139:16 y es la referencia escrita más antigua que existe de la palabra golem. ¿Que no está la palabra golem por ningún lado? Pues tenéis razón. Eso es lo primero que pensé cuando comencé a investigar la figura de la historia del Golem de Praga.
Esta primera explicación es muy sencilla porque es una simple evolución. Igual que los cuentos se modifican y adaptan a sus tiempos, también lo hacen tanto las palabras como, antes incluso, el pensamiento o los conceptos.
Aristóteles hablaba del concepto que era «hylē». La adaptación judía medieval traduce esa idea al hebreo como «golem», que se trataba del «embrión» mismo de la vida, haciendo alusión a esa esencia misma de la vida y la materia prima original. Como el cuerpo moldeado de Adán antes de recibir el soplo divino.
La primera adaptación importante fue en la Edad Media, cuando los filósofos judíos adoptaron esa palabra para traducir el concepto griego aristotélico de hyle: la materia prima sin forma que está a la espera de ser moldeada.
Fueron rabinos como Eleazar de Worms quienes escribieron instrucciones detalladas sobre cómo usar el Sefer Yetzirah(Libro de la Creación) para dar vida al polvo mediante combinaciones matemáticas de letras del alfabeto hebreo y nombres divinos. En estas prácticas, el golem era estrictamente la figura de barro inerte que se amasaba antes de recitar los encantamientos mágicos.
Académicos como el historiador Gershom Scholem indican que fue en estos círculos místicos, a principios del siglo XIII, donde la palabra golem empezó a utilizarse para designar a la criatura mágica ya animada. Pero hay que aclarar algo fundamental: en este punto, la creación era un ejercicio espiritual y contemplativo para demostrar su nivel de perfección y cercanía con Dios (Imitatio Dei). La criatura, como tal, carecía de cualquier propósito y era devuelta al polvo casi de inmediato.
Es a partir del siglo XVI cuando el mito dejó de ser un ejercicio espiritual de la élite mística para convertirse en una leyenda popular de supervivencia.
Los judíos sufrían persecuciones y linchamientos multitudinarios por la falsa acusación del «libelo de sangre», donde se les acusaba de raptar y asesinar niños cristianos para usar su sangre en sus rituales. Además, al carecer de poder militar o influencia política real frente a una mayoría hostil, la invención de un protector dotado de fuerza sobrehumana encarnaba el profundo deseo de la comunidad de contar con una fuerza defensiva física y milagrosa. El golem servía como una alegoría de la resistencia colectiva, contrarrestando la impotencia y los estereotipos de debilidad que sufrían.
La primera historia documentada sobre la creación de un golem como una figura física, por decirlo de algún modo, la encontramos en Polonia de la mano del rabino Eliyahu de Chelm.
Es en este relato donde se introdujo por primera vez el elemento del peligro y el ser monstruoso: el golem. En un primer momento fue creado tan solo como un sirviente doméstico, pero comenzó a crecer de forma desmesurada e incontrolable. Al darse cuenta de que la criatura amenazaba con destruir el mundo, el rabino le borró la letra aleph de la frente (cambiando la palabra emet [verdad] a met [muerte]) para desactivarlo.
La imagen definitiva del golem como un autómata que escapa del control humano se solidificó en el siglo XIX. Escritores como Berthold Auerbach y Leopold Weisel popularizaron la leyenda situándola en Praga y asociándola al famoso Rabino Loew (el Maharal), algo que, por si alguien tiene dudas, no tiene base histórica real en la vida de dicho rabino. Estas historias estaban influidas por los temores de la Revolución Industrial y el auge de la mecanización (que también se reflejó en el Frankenstein de Mary Shelley).
Es curioso cómo este concepto fue evolucionando y continúa haciéndolo: primero pasó de ser ese monstruo de barro animado mediante la magia al monstruo de Mary Shelley, y a partir de ahí hacia la figura del robot, lo que ocurrió en 1921 con la obra teatral checa R.U.R. (Robots Universales Rossum) de Karel Čapek.
Porque ya con la llegada de la informática, el golem se convirtió en un símbolo de las computadoras. En 1964, Norbert Wiener, el creador de la cibernética, publicó el libro God & Golem, Inc., donde usó a la criatura para advertir sobre los sistemas autónomos de aprendizaje… para quienes piensen que la IA es algo de hoy.
Todo esto y su evolución, por supuesto, es fascinante, pero mi idea era encontrar la base, que está en la Biblia, como hemos visto. Pero aquí me acordé del mito del cuervo creador analizado en los primeros capítulos de este pódcast, donde el cuervo creaba tanto a los animales como a los humanos del barro que extrajo del fondo del océano, igual que a Adán y Eva en la Biblia.
Como resumen os digo que hay un montón y, a efectos prácticos de este episodio por lo menos, tampoco es que haya que invertir mucho tiempo en ellos; pero hay algunos casos específicos que sí son dignos de mención.
Y el primero de todos es mi favorito con diferencia: en China, la diosa Nüwa moldeó con esmero figuras individuales con tierra amarilla más fina para crear a la aristocracia. Tras lo cual, como estaba muy cansada, introdujo un junco en el lodo y lo sacudió. Y de las gotas de lodo que se esparcieron es de donde nacieron los plebeyos. Vamos, esta me la guardo.
Otra que me pareció interesante tiene su origen en Sudán: la tribu shilluk tiene al dios Juok, el responsable de moldear a los humanos utilizando arcillas de diferentes colores, lo que les servía para explicar la existencia de personas de razas blanca, roja y negra. Hasta el momento es la primera que se preocupa de estas diferencias.
Sin olvidar a los incas, quienes unen la creación junto con el diluvio universal. Para ellos, tras ese diluvio que destruyó a las generaciones anteriores, el dios creador Viracocha modeló nuevas figuras humanas a partir de la arcilla del lago primordial en Tiahuanaco para repoblar la Tierra.
Con esto queda claro que es algo universal asimilar la vida y el nacimiento con el barro, esa mezcla de tierra y agua capaz de crear nueva vida. Tal y como lo muestra el relato oral más antiguo que se conoce que incluye esta figura: la de un ser vivo creado a partir del propio barro, no un golem, que tiene esa connotación de engendro creado mediante rituales con un rol de sirviente o protector.
El cuento es conocido como «El niño de barro» y es una narración eslava en la que nos encontramos con una pareja de ancianos cansados de vivir siempre solos y entristecidos de no haber sido capaces de engendrar nunca un hijo. Cansados de esta soledad, deciden intentarlo una última vez y moldean la figura de un niño con barro y la dejan secar al calor de la chimenea de su casa, depositando sobre esta figura sus últimas esperanzas.
Entre las lágrimas, los rezos y el calor de la chimenea se obra el milagro y la figura de barro cobra vida. En un primer momento, como es lógico, los ancianos se llenan de alegría y lo acogen tratándolo como a un hijo real. Sin embargo, la felicidad dura poco.
La criatura comienza a crecer de forma desmesurada y nunca siente su hambre saciada, comenzando a devorar toda la comida de la despensa para continuar con los platos, las sillas, la mesa e incluso a los propios ancianos y su humilde vivienda.
El relato funciona como una advertencia sobre la arrogancia humana y los peligros de crear vida de forma artificial, desafiando de esta forma esa capacidad que queda relegada de forma exclusiva para los dioses. Este caso concreto del niño de barro ilustra cómo, al no ser capaces de engendrar un hijo propio mediante los procedimientos naturales otorgados a los seres vivos, se recurre a la fabricación artificial, que se convierte en una fuerza destructiva que incluso acaba con sus propios creadores.
Igual que ocurría con el relato del Golem de Praga, el problema surge de que estos seres creados por los seres humanos… no son humanos, valga la redundancia.
Son creaciones simples que o bien se limitan a repetir las instrucciones de forma literal ocasionando con ello grandes destrozos, o incluso devorando todo sin ser conscientes de lo que hacen, acabando con sus propios creadores.
Es curioso cómo algo tan antiguo sigue tan vigente a día de hoy.
Ya comenté al inicio de pasada al pionero Norbert Wiener, que ya avisó en 1964 de los problemas derivados de los dilemas éticos sobre los sistemas autónomos. Además, fue muy específico centrándose en tres grandes problemas: las máquinas capaces de aprender (machine learning), las máquinas capaces de reproducirse a sí mismas, y la coordinación y delegación de decisiones entre el humano y la máquina.
Pero aquí hablamos de cuentos, de narrativas y, cómo no, del mensaje. Y la evolución definitiva de la figura del golemno tiene que venir: ya lo hizo en la película Terminator.
Esa saga de películas planteó un problema que, por aquel entonces, se veía no solo futuro, sino incluso casi ridículo; sin embargo, ahora podemos ver robots corriendo maratones, luchando y, por supuesto, a la IA haciendo trabajos que hasta hace unos pocos años solo podían desarrollar los humanos.
Tanto investigadores como filósofos, entre los que destacan Nick Bostrom y Stuart Russell, han retomado esta metáfora para advertir sobre el riesgo de crear sistemas informáticos que igualen o superen la inteligencia humana sin estar alineados con nuestros valores.
Las críticas contemporáneas hacia la IA se enfocan en lo que se conoce como el «problema de la alineación y la interpretación literal»: al igual que el golem causaba desastres por obedecer órdenes de manera estrictamente literal y mecánica (sin sentido común), los algoritmos de IA operan mediante optimizaciones matemáticas ciegas que pueden desviarse drásticamente de las intenciones humanas originales.
Las épocas cambian, la sociedad, la tecnología a nuestro alrededor y, sin embargo, los problemas y las aspiraciones humanas son las mismas.
Igual que el rabino creó el primer golem para realizar tareas domésticas, en la época moderna se crean la IA y los robots para lo mismo: para quitarnos de encima tareas repetitivas o que no nos aportan cierta satisfacción.
Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha buscado crear otros seres que hagan todo aquello que él no quiere hacer y las historias, los relatos, nos siguen advirtiendo de los peligros que esto conlleva… Y el ser humano, por supuesto, hace oídos sordos.
Pero las advertencias, el recordatorio constante de lo que pasará sigue ahí, aunque la gente no quiera escuchar.
Excepto aquí, que escuchamos y respetamos los cuentos.
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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