En 1794, Karl Ludwig Fernow recibió una invitación del poeta danés Jens Baggesen para acompañarlo a él y a su grupo a Suiza e Italia, invitación que aceptó encantado porque representaba una oportunidad única para continuar profundizando en su investigación sobre las bellas artes. Una vez allí, se asentó en Italia para especializarse en el arte italiano e incluyó en sus estudios la lengua y la literatura.
En esta investigación, Fernow encontró una rara joya muy poco conocida incluso en la propia Italia: el Pentamerone, también conocido como El cuento de los cuentos. Una obra que recopilaba cincuenta relatos populares entremezclados de forma artística para tener una continuidad circular, aderezado con el folclore popular y —para hacerla más única— escrita en dialecto napolitano barroco y muy culto. El autor era un tal Gian Alessio Abbattutis.
Al hallar algo tan insólito, como no podía ser de otra manera, lo incluyó en su obra magna titulada Estudios Romanos, que publicó entre 1806 y 1808.
Por aquel entonces, dos jóvenes hermanos, Jacob y Wilhelm Grimm, andaban inmersos recopilando relatos orales alemanes y, cuando leyeron esa mención al Pentamerone, comenzaron a buscar un ejemplar como locos… lo cual, por cierto, no fue nada sencillo.
Los esfuerzos, sin embargo, merecieron la pena. Al tenerla entre sus manos y comenzar a estudiarla, vieron que, pese a tener dos siglos de antigüedad y ser de origen italiano, los relatos coincidían en muchos puntos con las versiones germánicas. Habían encontrado una pieza fundamental para su análisis de la tradición oral, heredera de los mitos indoeuropeos que fueron evolucionando hasta convertirse en la actual tradición de los cuentos de hadas europeos.
La tarea, sin embargo, fue mucho más compleja de lo que imaginaron. Por alguna razón que no comprendían, el Pentamerone no estaba escrito en italiano, sino en napolitano… y además uno barroco, culto, lleno de metáforas y mezclado con proverbios locales. No estaba dirigido al pueblo llano, sino a un público incluso académico.
Poder analizarlo les llevó años; fue una labor intensa, un trabajo metódico e intensivo que les hizo repartirse la tarea entre ambos hermanos para complementarse.
Jacob, al ser más académico y riguroso, aprendió mucho de esta compleja tarea y, unido a sus continuos estudios, hizo que fuese uno de los pilares que contribuyó a las bases de la filología germánica moderna. Existe en su honor la Ley de Grimm, una regla fonética que describe cómo evolucionaron las oclusivas del protoindoeuropeo (PIE) al protogermánico hace unos 2500 años. Estoy seguro de que esto es algo apasionante pero, en nuestro caso, tan solo es una curiosidad más.
Por otro lado, Wilhelm, que era más artístico y literario, estaba más especializado en la edición estilística, la fluidez narrativa y el análisis comparativo de los motivos folclóricos.
Jacob trabajó en 38 de los 50 cuentos y su hermano en los 12 restantes. Pero este análisis inicial era solo la mitad del trabajo. Wilhelm, además, tuvo que realizar un análisis de cada uno de ellos buscando similitudes entre la tradición italiana y la germánica… y descubrió que dos tercios de los incidentes principales estaban presentes de forma casi idéntica en la tradición oral germánica.
Otro descubrimiento interesante fue que el nombre del autor era un anagrama. Al no encontrar más obras de ese autor, comenzaron a investigar sobre quién podía ser, y pronto encontraron que las letras formaban el nombre del verdadero autor: Giambattista Basile, un respetado autor de la época. Además, la obra fue publicada a título póstumo por su hermana, Adriana Basile, una afamada cantante y compositora.
Al analizar la obra, vieron que las versiones de los relatos napolitanos de Basile encuentran su reflejo directo en los relatos alemanes de los Grimm, destacando las tramas que dieron origen a historias como Cenicienta, La bella durmiente, Rapunzel, El gato con botas y Hansel y Gretel. Aunque las versiones concretas de este autor eran diferentes en el tratamiento: oscuras, crueles… y muy críticas con los nobles.
Un claro ejemplo lo tenemos en la versión de El gato con botas: al final del cuento, el gato finge su muerte para ver cómo reacciona su joven amo, al que tanto ha ayudado… y lo que este hace es pedir que arrojen el cadáver; momento en el que el gato se incorpora y le increpa por su falta de gratitud y egoísmo ante alguien que le ha sacado de la pobreza para llevarlo a ser un gran señor.
En cuanto a la estructura, los relatos siguen los mismos esquemas, como se puede ver en el arquetipo de los hermanos transformados en aves (Los siete pichones de Basile y Los siete cuervos de los Grimm). En ambas versiones se repite la misma fórmula: los hermanos huyen o son maldecidos, la hermana menor emprende una búsqueda para salvarlos, se encuentra con cuerpos celestes o figuras sobrenaturales (como el Sol, la Luna o la Madre Tiempo) y debe realizar un sacrificio personal para romper el hechizo.
Sería comprensible pensar que se trata de una copia, pero los hermanos Grimm, lejos de hacerlo, vieron estas similitudes como una confirmación de sus propias teorías filológicas. Concluyeron que estos relatos compartidos eran los últimos «ecos» maravillosos de los antiguos mitos indoeuropeos que habían echado raíces en todo el continente, demostrando una herencia cultural común entre el norte y el sur de Europa.
Esto significó un antes y un después para los hermanos Grimm. Les ofreció un punto de anclaje en la historia, una corroboración de sus teorías y una forma de entender los cuentos de forma crítica y académica que no se les había pasado por la cabeza, ya que su visión era muy distinta, más enfocada hacia la transmisión de valores para los niños.
Tal fue su entusiasmo por el descubrimiento que ofrecieron la primera exposición sistemática de la obra fuera de Italia, publicando resúmenes detallados de los 50 cuentos de Basile en un apéndice de su propia colección, Kinder- und Hausmärchen. Incluso años más tarde, en 1846, apoyaron y promocionaron la primera traducción completa del Pentamerone al alemán realizada por Felix Liebrecht, para la cual Jacob Grimm escribió un extenso prefacio académico para otorgarle el peso y el valor que le correspondía.
Sin embargo, descubrir todo esto me entristeció, porque no había oído hablar de Basile jamás en mi vida. No sabía nada de una versión italiana de la Cenicienta hasta que comencé este podcast y, en su primer episodio —donde tan solo hice una revisión de la evolución de las versiones históricas del cuento de Cenicienta—, me crucé con una versión italiana donde la niña mataba a su madrastra…
En aquel momento me impactó, pero tan solo lo acepté como una curiosidad histórica. Sin embargo, según fue evolucionando este podcast y voy profundizando en las historias y, sobre todo, en el contexto social de cada época, no podía evitar preguntarme una y otra vez… ¿Qué ocurría en Italia para que Basile escribiera una Cenicienta asesina? Y la parte más importante: ¿por qué salió impune del crimen?
Le daba vueltas a eso hasta que cambié la pregunta: ¿Qué veía en su día a día Basile? Porque lo importante era descubrir qué le transmitía la sociedad de su época y entonces sabría qué es lo que quería contarnos con esa versión de La Cenicienta.
Y ahí, todo comenzó a cobrar sentido. Hoy no vamos a hablar de un cuento; vamos a intentar adentrarnos en el espíritu de un escritor. Vamos a descubrir qué es lo que los mueve a crear esas historias que, sin decírnoslo de forma directa, logran modificar nuestra percepción del bien y del mal.
Como siempre digo, lo importante y lo primero de todo es el contexto… y en este caso el de una persona, porque a través de sus ojos veremos todo lo demás.
Y antes de hacerlo, permíteme un momento personal. Si os gusta cómo cuento las historias —la forma en la que las desmenuzo, las contextualizo y las traigo al presente—, estoy publicando en formato audiolibro mi primera novela. Se titula Secretos Rotos. Tenéis el enlace en las notas del episodio.
Y si lo que quieres no es solo escuchar, sino lanzar tu propio podcast, o necesitas que alguien te ayude con la edición, o simplemente una asesoría para darle forma a esa idea que tienes en la cabeza, podéis escribirme; en las notas tenéis el enlace a mi página web.
Dicho esto, volvamos a Basile, porque su historia merece que la conozcamos.
Giambattista Basile nació en el seno de una familia de clase media. Los historiadores no tienen clara la fecha exacta: unos dicen en febrero de 1566, otros en 1575… Esto es irrelevante; lo que no lo es es que su familia era culta y artística. Había cortesanos, músicos, escritores, cantantes… sobre todo su hermana, la prestigiosa Adriana Basile, que fue una de las sopranos más famosas de su época.
Esto potenció su vena artística y lo empujó a desarrollar su pasión por la literatura, aunque por desgracia, al llegar a la etapa adulta, no consiguió ningún mecenas que le patrocinara y, como su familia tenía lo justo para mantenerse, eligió el camino difícil y se alistó como mercenario al servicio de las milicias de la República de Venecia.
Por fortuna, en este duro despliegue militar, el joven Basile encontró a alguien que le reconoció su talento literario, trabando amistad con el noble veneciano Andrea Cornaro y logrando gracias a él ser admitido en la prestigiosa y exclusiva sociedad literaria Accademia degli Stravaganti.
Por otro lado, la experiencia le marcó para el resto de su vida, y eso se reflejó en sus textos. La violencia sistémica de la guerra y la dureza de la vida militar le proporcionaron una visión real y desprovista del romanticismo que suelen tener las personas que jamás la han vivido sobre las necesidades más básicas del ser humano.
En 1607 participó en una cruenta batalla naval contra la flota otomana, tras lo cual la flota se disolvió y Basile, cansado de la violencia y con nostalgia de su tierra, decidió regresar a Nápoles. Para entonces su hermana Adriana ya se había convertido en una prestigiosa cantante en toda Italia y utilizó sus influencias para promover a su hermano, que al haber servido como mercenario y siendo miembro de la sociedad literaria ya tenía un mejor currículum; y así es como consiguió su primer trabajo en la corte de Luigi Carafa.
Sus principales funciones consistían en ser cortesano y poeta escribiendo versos por encargo, odas y madrigales para sus mecenas. Su creciente reputación literaria lo llevó a viajar al norte de Italia en 1612 para unirse a su hermana en la corte de Mantua. Allí, ya con una reputación consolidada, Basile comenzó a recibir encargos directos tanto de los virreyes españoles como de los señores feudales locales para que administrara territorios de la provincia, e incluso llegó a ser gobernador de varios feudos a lo largo de su carrera.
Y aquí aparece la clave diferencial que explica mi pregunta inicial. Basile tenía una rara anomalía, y más rara aún en aquella época y lugar… era honrado.
En medio del corrupto sistema administrativo del virreinato español de Nápoles, donde la gente veía en el servicio público la oportunidad perfecta para el enriquecimiento, Basile priorizaba la limpieza de su conciencia sobre la acumulación de fortuna, abandonando frecuentemente sus puestos de gobernador «tan pobre como había llegado». Esta actitud le valió el desprecio de sus compañeros, que decían que carecía de la astucia y malicia necesarias para sobrevivir en la vida política.
En esos años, Basile asistió con profundo dolor a las constantes extorsiones y abusos que los barones de la nobleza local ejercían impunemente sobre los campesinos y vasallos.
Observó una economía «extractiva» en la que una pequeña élite aristocrática amasaba fortunas inmensas mientras la mayor parte del pueblo vivía en la miseria absoluta y el estancamiento. Fue testigo del hambre de una Nápoles «plebeya, miserable y ruidosa», una realidad tan cruda que inspiró relatos sobre padres obligados a abandonar a sus hijos en el bosque por no tener con qué alimentarlos mientras los burgueses, año tras año, poseían más riquezas.
El asesinato, el bandidaje y la venganza sangrienta eran herramientas comunes, incluso socialmente aceptadas, para resolver disputas, proteger el honor o asegurar el poder, incluso entre los más altos aristócratas. Como gobernador —y antes como soldado de fortuna—, Basile conoció de primera mano la brutal anatomía de esta violencia sistémica. Eso explica el asesinato cometido por Cenicienta contra su madrastra como la única alternativa que tenía para conseguir sus fines… y que su acto no tuviese repercusiones al ser considerado algo normal, algo que cualquier persona en su situación hubiese hecho. La naturalidad del hecho era su crítica a la sociedad.
Comprobó cómo en las cortes nobiliarias se desarrollaba una «mezquina y a menudo cruenta lucha por la vida», donde los gobernantes solían ser caprichosos e indiferentes al sufrimiento de sus súbditos, y los cortesanos recurrían a la intriga, la hipocresía y el daño mutuo para ascender.
Los cuentos de hadas le brindaron el contexto perfecto para plasmar su crítica; empleó la estética de lo grotesco y lo maravilloso como un espejo para denunciar la deformidad moral de su época.
Plasmó estas oscuras realidades de forma cruda introduciendo en sus fábulas elementos como el canibalismo, el asesinato doméstico y la crueldad extrema, no como simples adornos macabros, sino porque reflejaban un mundo donde el poder y la supervivencia rara vez se obtenían mediante la virtud, sino a través de la astucia, la violencia y la fuerza. En la arquitectura de sus cuentos, Basile dejó claro un mensaje contundente: a menudo, la sociedad civilizada de la corte era un lugar mucho más salvaje, corrupto y peligroso que cualquier bosque encantado.
Además tiene el mérito histórico de haber sido el primer autor en introducir la figura del ogro en los cuentos de hadas y en utilizar formalmente este término (uerco en napolitano) en una lengua romance.
No solo eso, lo llevó a un nivel superior: el ogro no era un simple monstruo de fantasía destinado a asustar. La figura de esta bestia devoradora de niños funcionaba como una metáfora transparente del sistema social de su época: representaba la tiranía feudal y a los abusivos aristócratas que oprimían y «devoraban» al pueblo llano.
Basile no retrató a los ogros como villanos unidimensionales, sino que los dotó de una notable complejidad. En el Pentamerone, el comportamiento de estas criaturas varía drásticamente dependiendo del relato:
- Lejos de ser siempre los opresores, en varias historias los ogros terminan siendo víctimas de los caprichos injustos de los reyes y de las fuerzas hegemónicas.
- Presenta a ogros que actúan como afectuosos padres adoptivos y maestros eficaces que guían a niños desamparados hacia la autosuficiencia.
En el relato La pulga, por ejemplo, vemos a un rey que por aburrimiento alimenta a una pulga con su propia sangre hasta que adquiere el tamaño de un cordero. Entonces la mata y expone su piel realizando una apuesta pública: aquel que adivine a qué animal pertenece la piel se casará con su hija. Exponiendo los caprichos ridículos de la nobleza, un ogro de apariencia aterradora es quien lo acierta y se casa con la princesa y, al contrario de lo que pensaban todos, resulta ser un marido cariñoso, complaciente y que negocia las costumbres alimenticias de su esposa humana para hacerla sentir cómoda en su nuevo hogar.
Basile, sin embargo, no se atrevió a publicar estos cuentos. La obra escondía una feroz sátira política y una cruda denuncia de los vicios cortesanos, la corrupción y la miseria de su época detrás de las metáforas fantásticas de los cuentos. Publicar un texto tan subversivo podría haberle traído graves represalias por parte de los nobles y de las cortes virreinales a los que servía como gobernador y funcionario. Por ello, en vida, reservó estos cuentos exclusivamente para sí mismo o para un círculo muy íntimo de intelectuales de confianza, como sus colegas de la Accademia degli Oziosi.
Tras su muerte en 1632, su manuscrito corría el riesgo de perderse y fue gracias a su hermana, Adriana Basile (una de las cantantes de mayor prestigio cultural en la época), que la obra logró ver la luz. Era consciente de la inmensa calidad literaria y de la profundidad del pensamiento que su hermano había plasmado en ella.
Eso sí, decidió respetar la «máscara literaria» que su propio hermano había construido años atrás. Basile ya había inventado y utilizado un seudónimo para proteger su legado.
A lo largo de su vida, Giambattista había alcanzado el grado de conde y gozaba de una sólida reputación como un funcionario regio serio y un poeta de alta alcurnia. Publicar oficialmente una colección de cuentos en dialecto callejero, plagados de humor grotesco, vulgaridad y situaciones escatológicas, habría arruinado su estatus y empañado su prestigio póstumo.
Firmaba con su verdadero nombre únicamente las obras escritas en italiano estándar o en español, que eran las lenguas «serias» de la literatura cortesana.
Basile murió en 1632 sin haber publicado ni una sola de estas historias. En público fue un gobernador serio, un poeta de alcurnia que escribía en italiano y en español para las cortes que lo contrataban. En privado, guardó durante años un manuscrito en dialecto napolitano lleno de ogros que resultaban ser padres cariñosos, de Cenicientas asesinas y de pulgas del tamaño de un cordero. Lo guardó porque sabía que nadie se lo perdonaría.
Fue su hermana quien dio el paso. Adriana Basile cogió ese manuscrito y lo publicó. Sin disculpas. Sin suavizarlo y sin pedir permiso.
Cuántas obras como esa nunca tuvieron una Adriana que las sacase a la luz. Cuántos manuscritos se quedaron en un cajón. Cuántas verdades se pudrieron en silencio porque quien las escribió no encontró a nadie dispuesto a dar el paso. Basile usó los cuentos para decir lo que no podía decir de otra forma. Su hermana usó su nombre para que eso no desapareciera.
No sé a vosotros, pero a mí preparar este episodio me ha removido algo dentro. Parece una historia que estuviese esperando a que la encontrase; en muchos aspectos me siento identificado con Basile. Ese inconformismo, el rechazo al statu quo… y el sentir que las historias, los cuentos… son un arma más poderosa de lo que creemos.
Cuatrocientos años después, seguimos contando las mismas historias… pero modificadas para que no asusten a los niños. Basile las modificó para que los adultos viesen sus defectos. ¿Acaso no pueden convivir las dos opciones? ¿No necesitan los adultos de hoy verse reflejados?
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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