Novias de la muerte: el origen perdido de La Bella y la Bestia

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

Cuando pensamos en una boda, hay imágenes que todos reconocemos: el velo de la novia, el novio cruzando el umbral con la novia en brazos o la luna de miel. No sabemos de dónde vienen ni por qué las hacemos; tan solo sabemos que son tradiciones antiguas y, desde luego, no tenemos ni idea de lo que significan.

Pese a ello, de lo que estoy seguro es de que nadie imagina que algunas tienen más de seis mil años de antigüedad y que nacieron en la Edad del Bronce. Estas costumbres han llegado hasta nuestros días gracias a relatos orales, refranes y constantes adaptaciones. Uno de esos métodos de supervivencia fue que se agruparon en un cuento cuyo objetivo era preparar a las jóvenes para el trauma que iban a sufrir al ser entregadas en matrimonio a un desconocido… Ese manual lo conocemos hoy como el cuento de La Bella y la Bestia.

A día de hoy la información nos sigue llegando, aunque va cambiando y adaptándose a cada época y, sobre todo, al contexto político. Se siguen repitiendo por tradición, no solo desconociendo el mensaje original, sino incluso otorgándoles uno nuevo. En este caso concreto, en La Bella y la Bestia lo que tenemos es tan solo un cuento cuyo mensaje, hoy en día, se puede resumir en algo tan sencillo como que la belleza está en el interior y que no debemos fiarnos de las apariencias.

Un mensaje muy bonito, por supuesto, pero si nos remontamos unos seis mil años atrás y nos centramos en el entorno en el que se vivía y la función de este cuento, vemos que algo vital para la salud mental de las chicas se ha reducido a poco más que una moraleja. También es justo admitir que, por más que lo intentemos, nunca vamos a ser capaces de imaginar el contexto social que se vivía hace milenios.

Domesticar a los caballos no solo mejoró el poder recorrer grandes distancias a las personas; si a eso le sumamos la invención de la rueda y el aprender a fabricar carros, estamos incrementando de forma exponencial el traslado tanto de víveres como de personas o materias primas. Y al llegar a la Edad del Bronce estamos hablando de una evolución tecnológica sin precedentes en la historia de la humanidad; gracias a ello, se comenzaron a fabricar herramientas para cultivar la tierra y aperos de labranza para usar animales en esa tarea tan agotadora y lenta.

Estamos hablando de que el ser humano pasó de vivir en sociedades nómadas de cazadores-recolectores a construir aldeas, ser dueño de tierras, tener ganado y cultivar alimentos. Podría decirse que, si no fue aquí, fue en una época muy próxima donde aparece el concepto de propiedad y, con él, el de riqueza. Es un cambio inmenso y, como no podía ser de otra manera y puesto que es imposible que todo sea positivo, también aparecen problemas inesperados. El sedentarismo y la facilidad de conseguir alimentos a diario llevó a una época de prosperidad, y eso llevó de forma natural a un incremento de la población.

Si nos trasladamos a la vasta estepa rusa y nos acercamos a la región del río Volga, encontramos algo perturbador: restos de perros y lobos sacrificados de forma ritual, despellejados, cocinados y devorados. En una época donde comer estos animales era un tabú y lo establecido socialmente era comer el ganado —ovejas y vacas— y animales de caza, ¿qué puede significar encontrar un campamento con decenas de estos cadáveres? Este lugar es el sitio arqueológico de Krasnosamarskoe y, gracias a él, los antropólogos pudieron confirmar la institución del Kóryos.

Junto con el concepto de propiedad vino el de la riqueza y, como es inevitable, se dieron cuenta del problema de la herencia. Las hijas eran consideradas un bien muy preciado; gracias a ellas se garantizaba la estirpe, pero la de otras familias, no la propia, por eso se custodiaban celosamente hasta que pudiesen venderse. Era el hijo primogénito el que garantizaba la prevalencia de la propia familia y era él quien heredaba todo, lo cual llevaba al gran problema: ¿qué hacer si se tenía más de un hijo varón? No había nada para ellos, no aportaban nada a la familia y, sin embargo, representaban una carga porque había que cuidarlos y alimentarlos… Lo mejor para el núcleo familiar es que desapareciesen.

Ese problema lo solucionó el Kóryos, una institución a la que debían ir todos los hijos varones excepto el primogénito. Esto ocurría más o menos cuando los jóvenes llegaban a los dieciséis años, aunque para esta experiencia traumática se les comenzaba a preparar cuando cumplían los ocho años. Durante el solsticio de invierno del año en que cumplían los dieciséis es cuando se realizaba un ritual en el que morían tanto para la familia como para su tribu; no solo eso: dejaban de ser humanos para convertirse en bestias. En ese ritual, los jóvenes abandonaban su humanidad para convertirse en las bestias que comían; de ahí el ritual de matar, cocinar y devorar perros salvajes y lobos. Al hacerlo, abandonaban tanto su humanidad como su nombre, se vestían con las pieles de los animales que los representaban y vivían en el bosque.

No estaban solos: tenían un líder adulto que los instruía, los formaba como guerreros y cazadores, y su misión era labrarse su propia fortuna. Debían aprender a combatir, organizarse, planificar estrategias, construir sus propios refugios seguros… y, cuando estaban preparados, atacar a otras tribus, lejos de su hogar, para robarles el ganado, las mujeres o las herramientas. Esta misión duraba años, el tiempo necesario para demostrar ser dignos de regresar con su familia, su tribu y su gente pudiendo demostrar que eran hombres de valor.

Necesitaban acumular su propia fortuna y con ella ser capaces de pagar el llamado «precio de la novia» para así poder tener su propia mujer. Lo normal es que esto durase un mínimo de cuatro años hasta lograr conseguir un terreno y ganado suficiente que poder ofrecer en compensación por quitar una hija a otra familia. A ser posible, incluso debía tener más cabezas de ganado que su hermano mayor para demostrar su valor, incrementando de esta forma el valor del núcleo familiar.

Una vez que llegaba este momento, era su familia quien le buscaba la mujer y acordaban el intercambio. Una vez fijado y pagado el precio, el joven solicitaba al padre de la doncella poder casarse con su hija y el padre, para demostrar su conformidad, le entregaba la mano de su hija… ¿os suena esto? El problema… es que el joven no era humano.

Cambiemos ahora la perspectiva porque por muy apasionante que parezca lo que le sucedía a los chicos, lo que les esperaba a las chicas era aterrador.

Pongámonos en la piel de una adolescente que es entregada por su padre a un desconocido, un hombre sucio, vestido con pieles, que llevaba años viviendo como un animal sin contacto con la civilización salvo para matar y saquear. Además, igual que a los niños comenzaban a prepararlos a los ocho años, también lo hacían con las niñas. Durante años les han explicado que llegaría este día, que su labor es educarlo y volver a convertirlo en un hombre para que pueda reincorporarse a la sociedad. Deben expulsar a la bestia y convertirlo en un hombre de provecho para la comunidad.

Los chicos por lo menos sabían que dejaban de pertenecer a su familia; sin embargo, tenían una misión y al cumplirla regresarían a ella, al hogar. Las chicas, sin embargo, no. Iban a ser separadas de su familia, entregadas a un desconocido que parecía una bestia, que se la iba a llevar a otra aldea y, a partir de ese día, vivirían entre la familia de él con otras costumbres y jamás volverían a ver a su propia familia.

Eran conscientes de que esto era traumático, de que muchas jóvenes no lo soportarían y para ello se construyó un relato con las instrucciones y las situaciones por las que pasaría… Este relato, al pasar de generación en generación y sobreviviendo siglos y milenios, hoy lo conocemos como La Bella y la Bestia. Con estos relatos se las iba adoctrinando desde pequeñas para que aceptasen que el matrimonio arreglado era un sacrificio noble por el bien de su familia; se las preparaba para someterse a la voluntad de un «monstruo» o extraño, con la esperanza de que, mediante su paciencia, obediencia y virtud, lograsen «humanizarlo» y ahí obtendrían a su esposo soñado.

Igual que los varones morían para convertirse en bestias y poder cumplir con ello su misión para ganarse su puesto en la sociedad al lograr acumular riquezas para demostrar su valía, las doncellas también lo hacían al ser entregadas para casarse. Tal es así que los rituales previos al matrimonio en lugares como Grecia se entrelazaban con los ritos funerarios, siendo consideradas las novias, literalmente, como novias de la muerte.

Esto, que a día de hoy es inconcebible y es celebrado como un día de alegría, debemos recordar que representaba la muerte de la joven respecto a su linaje de sangre, pasando a convertirse en la responsable de la supervivencia de otro linaje. En culturas como la rusa o la antigua Grecia, las amigas de la novia se reunían para cantar canciones de duelo y lamentarse, llorando la pérdida de su inocencia y su partida inminente.

Aquí me vais a perdonar, pero hay una cosa que me veo obligado a añadir: por muy antiguo que nos parezca esto, no nos engañemos, yo tengo fotos familiares antiguas y no solo mi bisabuela, sino también mi abuela, se casó vestida con un traje negro…

Regresando a nuestra historia, el día oficial del compromiso tenía su propio ritual donde el novio cogía el huso de lino de la doncella y lo quemaba; de esta forma quedaba marcado que su vida como doncella terminaba. Añadiendo aquí otra nota a título personal, debo decir que me fascina la aparición reiterada del huso y la rueca en diversos cuentos… en cuanto pueda haré un análisis exhaustivo sobre el tema.

A partir de ese momento la joven quedaba eximida de la mayoría de sus tareas domésticas en su casa familiar; sin embargo, debía comenzar a vestir ropas de luto, simbolizando su muerte. Aquí venían las reuniones y lloros junto a sus amigas ya mencionados, porque la joven se enfrentaba a la partida inminente no solo de su familia, sino de la aldea en la que había nacido y crecido, para irse a vivir al territorio de su marido y, seguramente, no volver nunca.

Las canciones que le dedicaban sus amigas detallaban explícitamente los malos tratos y las desgracias a las que muy probablemente se enfrentaría una vez que quedara bajo el control de la familia de su marido. Le aconsejaban que expresara toda su tristeza, miedo y dolor en ese preciso momento, obligándola a desahogarse antes del día de la boda. El hecho de llorar desconsoladamente era una parte vital del rito de paso para la novia. Esto me descolocó porque parecía algo garantizado que fuese a suceder y me extrañaba, pero seguí investigando y vi que se trataba de algo ceremonial; incluso se consideraba un mal presagio no hacerlo. Hay un antiguo proverbio ruso que aseguraba: «Novia que llora, esposa que ríe; novia que ríe, esposa que llora».

Y, al fin, llega el día de la boda…

La celebración consistía en una escenificación pública donde el joven llegaba a la aldea y, literalmente, arrancaba a la novia ya sea de los brazos del padre o del regazo de la madre. En este rito la novia estaba obligada a fingir un miedo extremo, llanto y resistencia por dos motivos principales. El primero de ellos era para convencer a los espíritus guardianes del hogar de que no se iba por su propia voluntad. Además, era un requisito social: mostrar pudor para certificar su castidad y su apego a la familia de sangre.

Además, debía ir cubierta por el flammeum, un enorme velo de color amarillo-rojizo brillante. El velo simbolizaba la fertilidad, protección y fidelidad, pero también cumplía la función física de ocultar su rostro ruborizado y sus lágrimas de vergüenza y evitar que los malos espíritus la reconociesen y siguiesen a su nueva casa. Al llegar a la casa del novio, no se le permitía cruzar la entrada por sus propios medios. Tropezar con el umbral se consideraba un presagio fatal. Por ello, la novia era levantada y cruzada en brazos para simbolizar que se le arrebataba la virginidad por la fuerza y que no entraba a esa nueva familia por decisión propia. Antes de cruzar, ella debía untar los marcos de las puertas con grasa de cerdo o de lobo, una costumbre que servía para repeler la magia negra y asegurar su lealtad a la nueva casa.

Al raptar a su mujer están durante un ciclo lunar apartados de la sociedad bebiendo hidromiel y teniendo sexo de forma constante. Este periodo de aislamiento y consumo de hidromiel era, en esencia, un ritual de fertilidad prolongado, originado en una época donde lograr un embarazo al principio del matrimonio se consideraba algo crucial. Es precisamente de la combinación de este ciclo lunar y el consumo continuo de miel de donde nace el término «luna de miel».

Y ahora ya sí, tras toda esta explicación y creación del contexto, con el que tan pesado soy… toca hablar del cuento original ¿no?

La historia solía comenzar cuando el padre (que representaba al jefe del clan en la vida real) cometía una transgresión, como robar una flor o un alimento de un lugar sagrado, o contraía una deuda irresoluble. Para salvar su vida o su honra, se veía obligado a entregar a su hija como pago a la «Bestia», lo cual simbolizaba el intercambio del «precio de la novia» y el matrimonio concertado con un clan extraño.

Como imaginaréis ya podemos olvidarnos de que el marido fuese un príncipe víctima de un hechizo; se trataba de la encarnación literal del forastero o guerrero de otra tribu. Al tratarse de un extraño, se le representaba metafóricamente como un animal salvaje y, siendo fiel a la visión cosmológica de la Edad del Bronce, este ser solía tener una naturaleza dual: era un animal durante el día y tomaba forma humana en la oscuridad de la noche.

El traslado de la novia hacia el territorio desconocido y salvaje de la Bestia no era un viaje ordinario; el adentrarse en el hogar de un linaje extraño se equiparaba simbólicamente con un viaje al inframundo o al «más allá». Por supuesto también debemos olvidarnos de que la joven viviese rodeada de lujos y sirvientes mágicos. En la narrativa original la mujer actuaba como una «trabajadora ritual». Para sobrevivir, debía enfrentar duras pruebas impuestas por la Bestia o por una suegra hostil. Estas pruebas consistían en tareas físicas orientadas a crear orden a partir del caos (como separar semillas mezcladas o hilar) y en respetar estrictos tabúes, como guardar silencio absoluto o tener prohibido mirar el verdadero rostro de su marido bajo la luz.

Y por supuesto el final feliz no dependía de un beso de amor verdadero, sino del esfuerzo, la diligencia y la resistencia de la heroína. Mediante su trabajo y acatamiento de las normas, la joven lograba asimilarse al nuevo grupo familiar y «humanizar» (o civilizar) gradualmente a su esposo animal. 

Esta versión oral fue viajando en el tiempo y siendo modificada a lo largo de los siglos e incluso milenios, hasta convertirse en el relato de Cupido y Psique registrado en el siglo II después de Cristo por Lucio Apuleyo en su obra Metamorfosis, o El asno de oro.

Por fortuna para nosotros a los romanos les encantaba dejar un minucioso registro escrito de todo, gracias a esta obsesión y al bueno de Lucio Apuleyo existe esta versión que, más de mil años más tarde, serviría de inspiración a las nobles francesas.

En esta versión nos encontramos con Psique, una joven mortal con una belleza tan extraordinaria que los hombres comenzaron a adorarla, lo que despertó los celos furiosos de Venus, la diosa de la belleza. La diosa ordenó a su hijo Cupido que hiciera que Psique se enamorara del monstruo más vil y horroroso que existiera, pero al verla, Cupido se enamoró de ella.

Un oráculo profetizó que Psique debía ser abandonada en la cima de una montaña para casarse con una bestia terrible y no humana. Sin embargo, lo que ocurrió es que fue transportada mágicamente a un espléndido palacio de oro donde un esposo invisible la visitaba solo en la oscuridad de la noche. Este esposo se comportaba de forma cariñosa con la joven y le daba libertad, imponiéndole tan solo una cosa: le prohibió que intentara ver su rostro.

Un día Psique recibió la visita de sus hermanas que siempre le habían tenido celos por su hermosura, y ahora más al ver el lujo del que vivía rodeada. Para vengarse de su hermana la convencieron de que su marido era en realidad una serpiente monstruosa que iba a devorarla y que debía decapitarlo. Esa noche, convencida por sus hermanas, decidió revelar el secreto, así que encendió una lámpara y, en lugar de ver al monstruo que le dijeron sus hermanas, descubrió al hermoso dios Cupido. Impresionada por su belleza, accidentalmente dejó caer una gota de aceite hirviendo sobre él; Cupido despertó y, sintiéndose traicionado por su falta de confianza, huyó.

Arrepentida por su acto y deseando recuperar a Cupido, Psique tuvo que someterse a la servidumbre de Venus y completar cuatro tareas aparentemente imposibles, que incluyeron desde separar enormes montañas de semillas mezcladas (como en las versiones originales) hasta descender al inframundo. Al final, Psique logra triunfar, se reúne con Cupido, se convierte en inmortal y juntos tienen una hija llamada Voluptuosidad (Placer).

Como veis, aunque se mantienen partes de la versión original ya hay numerosos cambios, sobre todo en el mensaje que se transmite. Esta versión se convirtió en un texto muy popular en los sofisticados salones literarios de la Francia del siglo XVIII. Las primeras creadoras de cuentos de hadas literarios franceses tomaron la obra de Apuleyo como base para crear su propia versión. Madame d’Aulnoy incluso hizo que la heroína de uno de sus cuentos precursores leyera la historia de Psique para advertirle de no cometer sus mismos errores. Gabrielle-Suzanne de Villeneuve (quien escribió la primera versión completa de La Bella y la Bestia en 1740) aunque se trataba de una novela de trescientas páginas… y fue después Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (quien la resumió en 1756) tomaron este esqueleto narrativo y lo reescribieron.

Ambas historias comparten un palacio misterioso, una joven entregada a un ser temible, hermanas envidiosas y una prueba de confianza, pero las autoras francesas hicieron un cambio fundamental en el mensaje: Nuestra visión de esta historia está distorsionada porque conocemos la versión de Disney que creó un producto familiar enfocado en buscar la belleza interior; por el contrario, la obra de 1740 era una novela extensa y compleja dirigida a los adultos de los salones aristocráticos franceses, con una fuerte crítica a los matrimonios arreglados y la rigidez de clases.

Las diferencias más importantes que podemos remarcar entre esa versión original de los lujosos salones franceses y la del rey del merchandising son:

En la versión de Disney, Bella es plebeya y la única hija de un excéntrico inventor llamado Maurice. En el texto de 1740, el padre es un mercader arruinado y Bella es la menor de doce hermanos (tiene cinco hermanas envidiosas y seis hermanos varones). El giro más drástico es que, al final del relato de Villeneuve, se revela que Bella no es realmente hija del mercader, sino que es de sangre real: es hija de un rey y de un hada buena, habiendo sido ocultada de pequeña para protegerla de un hada malvada.

En Disney, la Bestia es presentada como un ser con un carácter explosivo, un tirano que aterroriza a Bella al principio y que debe aprender a controlar su ira para ser digno de ser amado. En la versión de 1740, la Bestia jamás es violenta o amenazante con Bella. Desde el primer momento se muestra dócil y caballeroso. Incluso le otorga a ella el control total del palacio, diciéndole que ella es «la reina y dueña» del lugar y que él se retirará si su presencia la incomoda.

En Disney el romance se desarrolla a través de la convivencia y compartir intereses como la lectura; en 1740 el cortejo se basa en una rutina específica. Cada noche, después de cenar, la Bestia le hace a Bella una sola y directa pregunta: «¿Me permites dormir contigo esta noche?». Bella siempre tiene la libertad de decir «no», lo cual subraya el enfoque de la autora sobre el derecho al consentimiento sexual de la mujer en una época donde las esposas eran tratadas como propiedad.

En Disney, Bella se enamora progresivamente de la Bestia tal cual es. En 1740, todas las noches Bella sueña con un apuesto joven desconocido que le ruega que lo ame, y ella se enamora profundamente de él en sus sueños. Esto le genera a Bella una enorme culpa y conflicto interno, ya que durante el día siente gratitud y amistad por la Bestia, pero está enamorada del fantasma de sus sueños, sin saber que en realidad son la misma persona.

Disney introdujo a Gastón, un antagonista arrogante e hipermasculino que acosa a Bella y lidera a los aldeanos para cazar a la Bestia. En 1740, el conflicto recae en una malvada y vieja hada. Fue esta hada quien crió al príncipe en su niñez y quien lo maldijo convirtiéndolo en Bestia porque, al volverse adulto, el príncipe se negó a casarse con ella.

El castillo de Villeneuve está lleno de magia, pero los sirvientes de Bella son monos y loros que le hablan, la peinan y la entretienen. Además, cuenta con unas ventanas o espejos mágicos que le permiten ver en vivo las obras de teatro y óperas que se están representando en París, para que no sufra de aburrimiento durante su cautiverio.

En Disney, el hechizo se rompe dramáticamente antes de que caiga el último pétalo de la rosa tras la muerte aparente de la Bestia. En 1740, el hechizo se rompe cuando Bella decide finalmente aceptar dormir y casarse con la Bestia. Al despertar a la mañana siguiente, encuentra en su cama al hermoso príncipe de sus sueños.

El final original de 1740 se extiende aún más: tras romperse el hechizo, aparece la Reina (la madre de la Bestia) y se niega rotundamente a aceptar el matrimonio porque Bella es de clase baja y contaminaría la sangre noble de su hijo. Este conflicto elitista solo se soluciona cuando el hada buena interviene para revelar el linaje real oculto de Bella, apaciguando a la Reina y permitiendo la boda.

Cada versión está adaptada a sus tiempos, a las necesidades de cada sociedad buscando ser una guía de comportamiento social; mantienen su labor de enviar instrucciones sociales a los más pequeños y, aunque de adultos lo consideremos algo infantil, nunca lo ha sido.

La versión de la Edad del Bronce preparaba a las niñas para el trauma del matrimonio forzado, después la versión de Villeneuve criticaba los matrimonios arreglados y defendía el consentimiento.

Nuestra versión es la de Disney y enseña que la belleza está en el interior… ¿para qué está preparando a los niños de hoy esta versión? ¿Para qué trauma futuro estamos construyendo el relato ahora mismo, sin saberlo?

Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

Si os gusta lo que hago también podéis pasaros por mi otro podcast, Secretos Rotos, el audiolibro de mi primera novela. 

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