La llorona no es el cuento que crees… Y la conoces gracias a un fraile.

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

Una enorme espiga de fuego surgió en el horizonte oriental.

Hendía el cielo… y aterrorizaba a los aztecas. Pasaban los días ansiosos esperando que desapareciese; sin embargo, la señal continuaba ahí, fija, como una espada que pendía sobre sus cabezas durante todo un año.

También se incendió el adoratorio sagrado; no fue un incendio común: cuando acudieron todos a intentar apagarlo con cántaros de agua, el fuego se enardecía, parecía desafiarlos, y continuó así hasta que ya no quedó de él más que sus cenizas.

Eran señales de los dioses. Pero ¿qué querían decir? No había ninguna pista sobre qué podían haber hecho para enfurecerlos. Una histeria colectiva comenzó a invadirlos y las advertencias continuaban llegando.

Un rayo cayó sobre el templo del dios del fuego sin ningún tipo de advertencia previa; no se escuchó ni un solo trueno y apenas se podía decir que lloviznase. De no ser por los cientos de testigos, el suceso se habría descartado. Al final se interpretó como un «golpe de Sol».

Aunque este suceso pronto quedó relegado a un mal recuerdo cuando una lluvia de fuego apareció a plena luz del día. Dividió el cielo en tres partes al atravesarlo de occidente a oriente. Desprendía una larga cola de chispas, como brasas vivas. 

El calor era tan intenso que el agua de la laguna parecía hervir, y las olas, agitadas por una fuerza desconocida, golpeaban los cimientos de las casas

Una sensación de agobio se extendía entre los aztecas y sus temores se confirmaron. Por las noches… alguien lloraba por la desgracia inminente. Un lamento, quejidos… una mujer vagaba llorando, lamentándose por el destino de sus hijos. En diversos poblados la gente decía escuchar por la noche gemidos y lloros de alguien que gritaba: «¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos! ¿A dónde os llevaré?».

Moctezuma se reunió con su consejo de sabios y se dedujo que se trataba de la propia diosa Cihuacóatl, que lloraba por ellos, por el pueblo azteca. Eran sus hijos, y les anunciaba su fin. Moctezuma II dio órdenes expresas: cualquiera que se cruzase con ella debía interrogarla. Tenían que lograr la información, saber qué peligro se cernía sobre ellos para poder prepararse.

Por desgracia, nadie logró detenerla. Los malos augurios no cesaban; se sucedían uno tras otro.

Unos pescadores del lago atraparon un ave parda, similar a una grulla. Sin embargo, tenía algo extraño: un espejo redondo y transparente en la cabeza. La llevaron ante Moctezuma. Cuando el emperador miró el espejo, vio el cielo y las estrellas la primera vez. Sorprendido, miró una segunda y, entonces, vislumbró un escuadrón de personas armadas. Venían haciendo la guerra, montando animales parecidos a venados. Cuando Moctezuma llamó a sus sabios para que le explicaran la visión… el ave desapareció.

Al fin llegó el día… Un pescador fue corriendo a presentarse ante Moctezuma. Había visto gente muy extraña, hombres de piel clara, con largas barbas. Seres nunca antes vistos que confirmaban el peor de los miedos.

Hasta ese día fueron ocho los presagios recibidos. Sin embargo, el que más ha trascendido, uniéndose a la propia cultura popular, es, sin lugar a dudas, el sexto; siendo este el relato original del cual nace la figura de La Llorona.

Desde este sexto presagio que sucedió hace siglos sobre la diosa que llora el fin de sus hijos, contamos con cinco versiones principales a día de hoy, fruto de la tradición oral.

Lo que fue una advertencia divina se fue enredando con historias de mujeres traicionadas, conquistadores crueles y madres desesperadas. Así es como nació la Llorona que conocemos hoy. Y es curioso que todo estoo… lo sabemos gracias a un fraile

La más extendida nos cuenta que una mujer de origen humilde se enamora perdidamente de un hombre de alta alcurnia. Parece que se trata de un amor correspondido; tal es así que hasta tienen varios hijos. La joven es feliz, pero pasa el tiempo y el hombre nunca quiere formalizar la relación. Un día, sin previo aviso, la abandona; el hombre ya no va a visitarla, se desentiende de sus hijos y la joven se entera de que se casa con una mujer de la alta sociedad.

La venda cae de los ojos de la joven, que se da cuenta de que tan solo era un juguete, un capricho momentáneo. Enloquece por el dolor, el despecho y la ira. Sin ser consciente de sus actos, asesina a sus hijos. Según la versión, los ahoga en un río o bien los apuñala. Cuando recupera la lucidez y se da cuenta de la atrocidad cometida, se suicida o muere de pena. Sin embargo, el daño ya está hecho y exige una expiación. Su alma queda maldita, condenada a vagar eternamente llorando y buscando a sus pequeños.

Otra versión muy arraigada en México está relacionada con Malintzin: la Malinche. Se trata de la mujer indígena que sirvió de intérprete para Hernán Cortés. Aquí no encontramos la figura de una mujer despechada ni la de una asesina; es un alma arrepentida. Regresa del más allá para llorar por haber «traicionado» a su pueblo al ayudar a los españoles. En algunas variantes se afirma que llora de impotencia porque Cortés le arrebató a su hijo mestizo, Martín Cortés, para llevárselo a España. En otras, llora de forma simbólica por todos sus «hijos» —los mestizos y el pueblo mexicano—, lamentando el terrible destino que sufrieron tras la Conquista.

Tampoco se puede decir que todas las versiones hablen de tragedias inevitables o traiciones históricas. En México, Nicaragua o Uruguay —como la Llorona del Parque Rivera en Montevideo— también mueren los niños, pero se debe a un trágico accidente que sucede mientras la madre lava en el río o porque son sorprendidos por un fuerte temporal.

Incluso hay versiones muy distintas, como una que se puede encontrar en Costa Rica, donde la Llorona es una hermosa princesa indígena enamorada de un conquistador español, con el que tiene un hijo en secreto. Cuando su padre lo descubre, furioso, arranca al bebé de los brazos de su hija y lo arroja por una cascada.

Y, por supuesto, también tenemos relatos basados en la infidelidad. Como en la zona de Guatemala, donde la Llorona es María, una mujer criolla y rica que engaña a su esposo con un mozo de la hacienda. Al quedar embarazada, ahoga al bebé para encubrir su desliz.

Estas variaciones son normales. Es lo que hace que los relatos se mantengan con vida: su evolución y su capacidad de adaptarse al entorno. Incluso a día de hoy se siguen haciendo versiones adaptadas a nuestro contexto social. Algunas de las que más están calando son fruto de escritoras y pensadoras como Sandra Cisneros, Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga.

Están reinterpretando el mito para liberar a la mujer del papel de monstruo o asesina, construyendo narrativas donde el infanticidio se reescribe como un acto de compasión extrema. Un intento de salvar a los niños de un destino cruel bajo el colonialismo y la esclavitud. También hay versiones más urbanas o modernas en esta corriente, como la de una Llorona en Colorado. Allí, la madre mata a sus hijos para evitarles el sufrimiento futuro de nacer ciegos a causa de la contaminación industrial del río.

Todo esto es perfecto, es la garantía de la supervivencia del mito; aunque, como también digo siempre entre tantas versiones, no debemos olvidar nunca nuestro punto de partida: la diosa llorando, advirtiendo a sus hijos de que llegaba su fin, avisando de que un enemigo se acercaba para acabar con ellos.

Y, en este caso, la fuente original la tenemos clara como pocas veces sucederá. Hoy vamos a centrarnos en un fraile, alguien que realizó una tarea ímproba con una rigurosidad científica sorprendente para su época. Se trata de fray Bernardino de Sahagún, que llegó al Nuevo Mundo en el año 1529. Sintiendo un gran fervor por su misión evangelizadora, convivió de forma estrecha con los nativos. Aprendió el náhuatl con tal maestría que podía conversar de cualquier tema sin necesidad de intérpretes.

Por eso su prelado mayor, el padre fray Francisco de Toral, se reunió con él en 1558. Le ordenó, «por santa obediencia», que escribiera en lengua mexicana todo aquello que le pareciera útil para adoctrinar y mantener el cristianismo entre los naturales. Es curioso cómo esta orden, que tenía como finalidad identificar los «falsos» mitos, originó la mayor enciclopedia en lengua nativa que existe. Una obra que hoy nos ayuda a entender su cosmovisión y su forma de ver el mundo.

Esta empresa tenía tres motivaciones principales que estaban interconectadas entre ellas. Por un lado estaba la necesidad religiosa para que los franciscanos, en primer lugar, no solo conociesen, sino que comprendiesen tanto las creencias como las tradiciones y ritos de los nativos. Por puro desconocimiento, no era raro que estuviesen presenciando rituales en sus propias narices y no los identificasen como tal al pensar que no eran más que juegos de niños, por ejemplo.

La forma de pensar era que, del mismo modo que un médico no puede curar una enfermedad si primero no conoce la causa, los frailes, a fin de cuentas, eran «médicos de las almas» que necesitaban conocer las «enfermedades espirituales» de los indígenas (sus idolatrías, ritos, supersticiones y agüeros) para poder aplicar la medicina adecuada: en este caso, la doctrina cristiana.

En segundo lugar estaba la necesidad de la comprensión del idioma para poder, en primer lugar, dialogar y, en segundo, convencer. Algo que me sorprendió descubrir es que estos franciscanos no eran partidarios de la asimilación por destrucción, sino por integración. Eran conscientes de que el mero hecho de destruir los objetos sagrados no resolvía nada, sino que tan solo lo empeoraba. Seguían la filosofía de que necesitaban desarticular sus convicciones y hacerles ver que la única religión verdadera era el cristianismo.

Su minuciosa documentación buscaba capturar tanto el vocabulario náhuatl como, sobre todo, sus significados metafóricos y sus formas elegantes de hablar. Los misioneros necesitaban dominar el idioma a la perfección para poder refutar los mitos y predicar el Evangelio de forma convincente, ya que, sin este dominio, el mensaje cristiano era incomprendido.

Y el más maravilloso suceso de todos: gracias a esta profunda inmersión y comprensión, fray Bernardino de Sahagún quedó fascinado por la propia cultura y sociedad nahua, y ahí nació el tercer propósito de su trabajo: compilar esta información para demostrar que los indígenas no eran «bárbaros», sino que poseían un altísimo grado de civilización, cultura y organización política.

En el fondo, los franciscanos tenían la utopía de instaurar una «República de Cristo» pura en América. Para lograrlo, buscaban rescatar la férrea disciplina, la educación y las virtudes morales de los antiguos indígenas, pero despojándolas de todo su contenido pagano o «diabólico» para utilizarlas como base de la nueva sociedad cristiana. Como digo… utópico.

Lo curioso es que el proceso de recopilación había comenzado antes incluso de recibir la orden; desde que puso los pies en el Nuevo Mundo, fray Bernardino quedó tan fascinado que por voluntad propia comenzó a tomar apuntes de todo lo que iba aprendiendo día a día.

Cuando recibió la orden formal, lo que hizo fue desarrollar, en un primer momento, un cuestionario exhaustivo con todas las materias divinas, humanas y naturales que pretendía investigar. Una vez tuvo más o menos claro lo que quería investigar y cómo, se trasladó al pueblo de Tepeapulco (o Tepepulco), donde pidió al señor local, don Diego de Mendoza, que le designara personas ancianas y expertas para comenzar a entrevistarlas.

Tras un tiempo realizando estas entrevistas tuvo una idea innovadora: reclutar a nativos, a jóvenes estudiantes. Por un lado, buscó a las personas más ancianas; estos eran sus informantes principales. Eran los depositarios de la memoria prehispánica y los únicos conocedores de las «antigüallas», ritos e historia de su cultura. 

Incluso es posible que alguno de ellos fuese uno de los niños que vieron esa espiga de fuego en el horizonte presagiando el fin del mundo que conocían.

Sahagún les pedía que le explicaran las cosas a través de sus antiguos códices y pinturas, que eran su forma tradicional de escritura.

Y, por otro lado, buscó a los jóvenes, los estudiantes trilingües. Necesitaba superar dos importantes barreras: por un lado la del idioma, pero no menos importante era también la de la cultura. En un primer momento reclutó a cuatro jóvenes indígenas de la nobleza que él mismo había educado años antes. Estos dominaban el náhuatl, el latín y el español. Estos «gramáticos» operaban como traductores y escribanos, anotando en caracteres latinos las explicaciones que los ancianos daban de las pinturas. Sahagún sabía que solo con ellos podía capturar las verdaderas metáforas y propiedades de la lengua indígena, garantizando un registro preciso que no estuviera manchado por interpretaciones europeas erróneas. Lo cual demostró ser clave en el futuro.

Este fue su proceso inicial, que ya era riguroso y metódico; sin embargo, según fue avanzando en el trabajo y aumentando la documentación, también fue perfeccionando su metodología cuando necesitó verificar, corregir y, sobre todo, ampliar los datos. Lo cual dio lugar a su proceso de las «tres cribas».

Esa fase inicial fue la que luego se conoció como la «primera criba», que tuvo lugar entre los años 1558 y 1561. Esa primera fase de recopilación, entrevistando a los ancianos y trabajando con sus primeros cuatro jóvenes aprendices, dio lugar a la documentación base que hoy se conoce como los Primeros Memoriales.

Después fue trasladado a Tlatelolco, y ahí, que ya tenía más experiencia y claridad en lo que quería hacer y, sobre todo, cómo lo quería hacer, juntó a un nuevo grupo de ocho o diez sabios locales y a varios estudiantes trilingües. Estuvieron trabajando de forma intensa, casi encerrados en el colegio, para revisar sobre todo los escritos traídos de Tepeapulco.

Y, al fin, se trasladó a Ciudad de México, donde estuvo trabajando para revisar toda la información, buscar contradicciones, erratas… Esto ocurrió entre los años 1565 y 1568. Toda esta información, al final, quedó registrada en doce volúmenes que, tras terminar de elaborarlos, entregó a un tercer grupo de sabios mexicas para que la revisaran y añadieran las aclaraciones que fuesen necesarias.

Es curioso cómo la institución que sirvió como cuna para todo este trabajo —y sin la que no me atrevo a decir que hubiese sido imposible, pero sí que hubiese requerido más tiempo o esfuerzo— fue el Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco, que abrió sus puertas el 6 de enero de 1536. Como es lógico, no fue fundado para ser un centro de investigación o recuperación antropológica, sino como una escuela de educación superior para enseñar gramática, lógica, retórica y, cómo no, la fe católica a los hijos de la nobleza indígena, con la esperanza de formar un clero nativo o líderes evangelizadores. Sin embargo, la historia lo transformó en un formidable laboratorio de ciencia mestiza y en el espacio perfecto para ejecutar esta labor de rescate.

En esto también hay un dato clave que merece ser aclarado: si es tan buena esta documentación es porque fray Bernardino decidió que todo quedase registrado no solo en base a traducciones, ya fuesen en latín o español, sino que la documentación era doble. En una columna estaba el texto traducido y, por otra, el texto original en lengua náhuatl. No como una mera traducción literal, sino con su propia armonía y sentido propio para respetar al máximo los textos originales.

Y es, justo, esa fidelidad que logró fray Bernardino lo que provocó que en 1577 Felipe II ordenara la censura y confiscación de sus manuscritos, porque su obra resultó ser demasiado fiel y detallada respecto a las creencias prehispánicas. No creo que sea necesario recordar que, precisamente, el propósito original de Sahagún era compilar información para ayudar en la evangelización. Sin embargo, las autoridades españolas percibieron un enorme riesgo en esta magna labor etnográfica por tres razones principales:

El primero y más evidente es que justo ese nivel de detalle podía provocar un resurgimiento al haberse registrado con tanta precisión y profundidad la mitología, los ritos y las costumbres antiguas. Esto podía servir como un instrumento para que los indígenas recién bautizados recordaran y preservaran su antigua religión, manteniéndola oculta bajo la apariencia del cristianismo. Por lo tanto, se prohibió la obra explícitamente para evitar que los nuevos cristianos, al tener contacto con ella, volvieran a sus cultos pasados.

En segundo lugar, lo que le ocurrió al propio fray Bernardino: que quedó fascinado por dicha cultura. Existía el miedo de que los propios europeos se sintieran fuertemente atraídos por la complejidad intelectual de la civilización que acababan de vencer, reconociéndola más allá de la etiqueta de «bárbaros».

Y por último, y como hemos visto ya en numerosas ocasiones en este podcast, la importancia del control del relato. La Corona española ejercía un estricto control sobre el conocimiento que se producía en América. Hay que tener en cuenta que este registro no era una «invención piadosa» que se pudiese atribuir a relatos orales transcritos por alguien… Se trataba de la peligrosa documentación oficial y verificada en múltiples ocasiones de una realidad cultural y religiosa que el Estado deseaba borrar y extirpar por completo; no preservar.

Por lo tanto, el 22 de abril de 1577, Felipe II emitió una real cédula ordenando la confiscación de la obra, dictaminando tajantemente que «por ninguna manera persona alguna escriba cosas que toquen a supersticiones y manera de vivir que estos indios tenían, en ninguna lengua». La persecución de estos escritos fue tan implacable que, en una cédula posterior de 1578, el rey exigió al virrey de la Nueva España que tomara absolutamente todos los borradores y originales y los enviara a España, sin permitir que quedara ni una sola copia en el Nuevo Mundo.

A partir de ese momento, los manuscritos sufrieron destinos distintos, pero lograron eludir la destrucción gracias al azaroso e impredecible recorrido que a menudo tienen los escritos prohibidos y perseguidos. Por fortuna para nosotros, claro está. La inmensa obra se dividió principalmente en dos grandes bloques que sobrevivieron hasta nuestros días y que hoy conocemos bajo nombres distintos.

Los manuscritos más antiguos, que contenían las investigaciones originales hechas en Tepeapulco y los primeros escrutinios de Tlatelolco, permanecieron en España. En la actualidad, todavía se conservan divididos en dos instituciones de Madrid: la Biblioteca del Palacio Real y la Real Academia de la Historia, y se las conoce a día de hoy como los Códices Matritenses.

Por otro lado, la última versión de la obra, pasada en limpio y terminada hacia 1577 —que, recuerdo, consistía en un espectacular manuscrito de doce libros escrito a dos columnas (en náhuatl y español) y profusamente ilustrado—. Poco después de ser enviado a Europa para cumplir con el decreto real, el manuscrito desapareció de los archivos españoles y fue adquirido en 1587 por la poderosa familia Médici en Italia. Esta familia, por cierto, también se merece varios episodios…

Esta enciclopedia quedó olvidada en una estantería en la Biblioteca Medicea Laurenziana en Florencia, Italia (motivo por el cual hoy se le conoce como el Códice Florentino; no me digáis que no tiene guasa el nombre, pero bueno). Y ahí estuvo, cogiendo polvo olvidado del mundo entero hasta que, en 1879, gracias a un nuevo registro de Marcelino de Civezza, los especialistas y académicos modernos comenzaron a estudiar a fondo el manuscrito.

Y ese olvido, imagino, le sentaría muy bien para sobrevivir y seguir íntegra hasta nuestros días y traernos de regreso todo ese conocimiento, cultura y, sobre todo, comprensión. Un esfuerzo ímprobo y un respeto hacia el idioma y la integridad de las historias ejemplar.

A través de sus páginas, los vencidos recuperaron su voz y esos «médicos de almas» se convirtieron, sin quererlo, en guardianes de una civilización. 

La labor de Sahagún nos enseña que, mientras haya alguien dispuesto a escuchar y a registrar con respeto la verdad del otro, ninguna cultura desaparece del todo. Los presagios anunciaban el fin de un imperio, es cierto, pero el registro de esos mismos presagios permitió que no se les olvidase.

Y eso, amigos, es para mí el verdadero milagro: que la voz de los vencidos sobreviva no en sus victorias, sino en la fidelidad de quien supo escuchar

Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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