Los cuentos son necesarios para la supervivencia…

por | De Ranas y Reyes | 0 Comentarios

El matrimonio Headland, a los 75 años de edad, se preparaba con nerviosismo para viajar, por última vez, a las Filipinas. Pese a que habían realizado ese trayecto cientos de veces en los últimos cincuenta años, ahora era distinto. No solo había sido su hogar, también el de sus hijos, aunque no de la forma en que solemos pensar a día de hoy.

Se integraron con los agta, una tribu nómada de forrajeadores. Junto a ellos no solo aprendieron su idioma, sino que —gracias a su minucioso registro, único en la historia de la humanidad— también criaron y educaron en sus valores a sus propios hijos. Compartieron las enfermedades más comunes, como la malaria; incluso dos de sus tres hijos tuvieron que ser trasladados para curarles la tuberculosis.

Gracias a esto conocieron de primera mano lo que es el dolor real, el dolor que solo se puede sentir al ver, año tras año, cómo numerosos amigos morían, ya que la esperanza de vida en esa sociedad es de tan solo 21 años. Y, además, aportaron los datos necesarios para tirar por tierra numerosas creencias actuales sobre todo en lo referente a la transmisión de la información.

En este último viaje, realizado en 2010, los Headland anunciaron no ya el fin, sino la culminación de su trabajo… el de toda una vida. Más de cuatro mil páginas, casi mil cien fotografías y registros históricos de todos los miembros de los agta con sus linajes y descendencia. En aquel trayecto, visitaron uno a uno a todos los miembros para regalarles un ejemplar escrito en su propia lengua. Este regalo fue único: la mayoría de ellos jamás había visto a sus familiares, o los vieron vivos por última vez siendo ellos tan jóvenes que ya ni los recordaban. Gracias a esta minuciosa documentación, todos los miembros tendrían un registro con detalladas fotografías de todos.

Sin embargo, lo más desgarrador de esta documentación —y como suele suceder— fue la radiografía que pudieron hacer, año tras año, de cómo el capitalismo fue acabando, en primer lugar, con su modo de vida y, después, con ellos mismos. Plasmaron el impacto de cuando se inició la deforestación de la selva al verse arrastrados a tener que trabajar como mano de obra barata en las inmensas plantaciones, lo que los hundió en la depresión y el alcoholismo. Esto llegó a ser denunciado en 1997 ante la propia embajada de Filipinas en Washington.

Todo esto sin olvidar que este estudio cambió por completo muchas cosas que la ciencia daba por ciertas sobre la propia supervivencia de las tribus nómadas, pero sobre todo sobre la función de las historias y el puesto que ocupaban los cuentacuentos en ellas. Este va a ser, como siempre, un viaje interesante, aunque también resulta duro ver el precio de nuestro estilo de vida, asumido como normal.


El Contexto: Dos «pipiolos» en un carguero

Y, como seguro que ya sabéis, lo primero que os voy a decir para comenzar este viaje es… contexto, lo primero que necesitamos es el contexto.

Thomas y Janet Headland eran dos pipiolos sin una formación especial; partieron hacia las Filipinas en un barco carguero en el año 1962 llevando tan solo cuatro meses de matrimonio. Thomas sí tenía más formación, por lo menos en lo que respecta a la supervivencia, porque había servido durante dos años como paracaidista en el ejército de los Estados Unidos. Lo único que impulsaba a estos dos jóvenes era el fervor religioso y el espíritu de ser misioneros y llevar la palabra de Dios a los agta de Filipinas.

En cuanto a sus estudios académicos, ambos se licenciaron en Antropología en el Bethel College de Minnesota. Hay que tener muy en cuenta que su única intención en este viaje era aprender la lengua no escrita de los agta y traducir para ellos el Nuevo Testamento. Vamos, si les llegan a decir que se van a pegar cincuenta años viviendo con ellos cuando partieron, imagino que se partirían de risa… o no, yo qué sé.

Lo que sí que sé es que el ser humano nunca deja de sorprenderme…

Una vez que llegaron y entablaron contacto con los agta, se sorprendieron con la riqueza y complejidad del idioma; a fin de cuentas, se habían formado como lingüistas con los misioneros para poder realizar esta tarea, y sabían que no se iban a encontrar una lengua primitiva ni mucho menos.

La flexibilidad de las palabras era fascinante: podían coger un verbo y añadir sílabas al principio, medio o final y, de esta forma, cambiarlo para que significase una acción más específica. Por citar solo algunos ejemplos que me han resultado sorprendentes: tienen 46 términos para referirse a los tipos o etapas de crecimiento del arroz, pero además 45 verbos diferentes que significaban específicamente «pescar» y 14 verbos distintos para «cazar».

Volviendo a la importancia del contexto: en español, a día de hoy, tenemos unas 3 o 4 etapas principales (siembra, crecimiento/floración, maduración y cosecha). Si nos ponemos muy técnicos y recurrimos a terminología técnica de la botánica, podemos llegar a unas 10 o 12 (germinación, plántula, macollaje, espigado…). Pero no se trata de eso; aquí la diferencia radica, como siempre, en la necesidad. Para los agta no se trata ni de cultivo ni de botánica, sino de saber exactamente qué día el grano está en el punto perfecto para no morir de hambre.

Lo mismo ocurre con la caza y la pesca. En español tenemos un verbo principal (pescar). Para ser específicos, necesitamos añadir muchas palabras: «pescar con red», «pescar con caña», «pescar con arpón». Los agta no dicen «voy a pescar con una red pequeña en el río cuando hay poca corriente»; imagino que eso lo habrán condensado en una sola palabra que signifique todo eso, igual que hicieron con todas las fases del arroz. Esto ocurre porque el idioma se moldea en torno a unas necesidades específicas de supervivencia.


El Método Monolingüe: ¿Cómo se aprende desde cero?

Por más que esto pueda resultar fascinante, la clave es: ¿cómo se hace? Por si lo habéis olvidado, os recuerdo que se sabía que existían los agta y que no eran violentos, pero nadie antes se había comunicado con ellos. Los Headland fueron allí para aprender el idioma y poder traducirles la Biblia; aquí la pregunta clave es: ¿y cómo aprendes un idioma desde cero?

En este caso usaron el método de Kenneth Pike, quien fue una figura legendaria en la lingüística porque desarrolló un método para aprender idiomas «a pelo», es decir, llegando a una comunidad donde nadie hablaba su lengua y el idioma local ni siquiera se había escrito nunca. Su método consistía en ser un niño pequeño con la ventaja de contar con el cerebro desarrollado de una persona adulta con estudios lingüísticos.

Cogía una piedra, la señalaba y esperaba a que el nativo dijera algo. Luego una hoja, después un palo… Si al señalar una piedra grande decían «taka» y al señalar una pequeña decían «taki», Pike ya sospechaba que la diferencia de sonido (a/i) indicaba el tamaño. Ya podéis imaginar que esto entroncaba muchas cosas, como la mímica, la equivocación a propósito… y llegamos a una de las partes más importantes y la que fascinó a los misioneros enamorados: la flexibilidad.

Una vez que tenía una frase básica como «El hombre caza un pez», empezaba a cambiar las piezas: cambiaba «hombre» por «mujer»; cambiaba «un pez» por «dos peces». Observaba qué parte de la palabra mutaba. Si al decir «muchos peces» la palabra «pez» se repetía o se le añadía algo en medio (a lo que se le llama infijo), ya tenía la regla gramatical.

Gracias a este esfuerzo no solo por conocer o comprender, sino por asimilar el idioma y vivir codo con codo compartiendo todas las actividades —como la caza, la pesca y la recolección de hierbas y bayas—, la asimilación del idioma fue total. Esto les permitió entablar conexiones más profundas sobre la visión del mundo de los agta.


La Ciencia Popular y el Mundo Espiritual

La tribu dividía el reino vegetal en tres formas de vida principales: hierbas/pastos (zamon), enredaderas (zanot) y plantas leñosas o árboles (kayo). En cuanto a los animales terrestres, los categorizaban entre los que «caminan, se arrastran o vuelan», y poseían un entendimiento íntimo del tamaño de las manadas, la proporción de sexos y la estructura de edad de sus presas.

Su religión animista dividía el mundo espiritual en dos clases: los hayup (criaturas o espíritus de la naturaleza) y los anito o belet (fantasmas de ancestros difuntos, que a menudo eran temidos por causar males). En su etnomedicina, descubrieron que las enfermedades graves eran atribuidas a espíritus ofendidos. Para tratarlas, utilizaban remedios de plantas tradicionales y dependían del bunogen (chamán). Estos chamanes realizaban sesiones espiritistas y rituales de curación mediante trances, cantos y danzas, con la ayuda de sus propios espíritus familiares «amigos» (llamados bunog) para diagnosticar y extraer las enfermedades.

El descubrimiento más profundo de los Headland fue que esta «ciencia popular» y cosmovisión constituían una forma única de pensar, comparable a una biblioteca científica. Comprobaron que, a medida que la selva era destruida y los agta adoptaban costumbres modernas y medicinas comerciales, cientos de palabras sobre plantas, trampas, rituales y espíritus estaban desapareciendo, extinguiendo su cosmovisión tradicional.

Para tener una imagen de esto tan solo hay que mirar los datos: antes de la llegada de los Headland en 1962 ya existían operaciones madereras a nivel local, pero fue durante los años 60 cuando la tala de árboles se convirtió en una industria principal. Para finales de la década de los 70, cerca de 10.000 personas se dedicaban a la tala en la provincia. El bosque primario de la zona, que cubría el 80% del territorio en 1962, quedó reducido a tan solo un 3% para finales de los 90; es decir, en menos de treinta años.

A medida que su ecosistema era destruido y comenzaron a asimilar elementos del mundo moderno, grandes sectores de su vocabulario empezaron a desvanecerse de forma acelerada. De esto se dieron cuenta porque los jóvenes ya no sabían a qué se referían cuando les preguntaban por la tecnología para hacer fuego: el uso del kit tradicional para encender fuego por fricción cayó en desuso en la década de 1970 al ser reemplazado por los fósforos comerciales. Al dejar de usar el kit, las palabras específicas para nombrar sus cinco piezas dejaron de pronunciarse y, en consecuencia, ningún niño las aprendió desde entonces.

Vale que muchos niños de nuestra sociedad tampoco sabrán lo que es la yesca y el pedernal, y menos aún sabrían utilizarlos, pero estamos hablando de algo que era de uso cotidiano y en menos de diez años se había borrado de la memoria colectiva. En sus observaciones más tardías, realizadas hacia el año 2008, Thomas Headland notó que, aunque los ancianos de la tribu todavía recordaban las palabras, los adultos jóvenes y los adolescentes ya habían perdido casi todo este conocimiento.

Cientos de palabras que describían de forma precisa distintos tipos de monos y ciervos, el complejo del arco y la flecha, el procesamiento del ratán, las trampas para animales, la fabricación de cestas, plantas medicinales y seres espirituales están hoy prácticamente obsoletas. Las palabras comenzaron a desaparecer por una razón práctica: los conceptos que describían simplemente dejaron de ser necesarios o de existir en su vida cotidiana tras la destrucción de la selva y su forzada integración a la cultura campesina de las tierras bajas.


El Corazón de los Mitos: Igualdad y Cooperación

Y al final llegamos al centro de todo: gracias a esta profunda asimilación y dominio del idioma decidieron ir un paso más allá y comprender la esencia misma; buscaron sus mitos fundacionales y cómo comprendían ellos el mundo.

Su mito fundacional cuenta que, en un mundo primordial formado únicamente por mar y cielo, un ave mítica provocó una batalla entre ambos elementos para lograr que surgieran islas donde poder descansar. Posteriormente, un nudo de bambú flotó hacia la orilla y golpeó las patas del ave; irritada, picoteó el bambú hasta abrirlo. De una mitad surgió el primer hombre, y de la otra mitad la primera mujer.

Este mito no solo es la piedra angular para entender por qué se preocupaban tanto por la igualdad de género sino que, hasta donde yo sé, es único. Al nacer el hombre y la mujer exactamente al mismo tiempo y de la misma fuente, su mitología no otorga ninguna primacía o superioridad de un sexo sobre el otro. A diferencia de los mitos de creación de otras culturas, que son fuertemente jerárquicos o patriarcales, el relato agta fundamenta y justifica su estructura social radicalmente igualitaria.

Esta igualdad mitológica era el reflejo de su realidad cotidiana, donde las mujeres participan activamente en las mismas tareas de subsistencia que los hombres, incluyendo la caza mayor de cerdos salvajes y ciervos usando arcos, flechas y perros. Esto, por cierto, es lo que más le costó creer a Thomas, hasta que conoció a mujeres cazadoras y las acompañó en sus batidas de caza y pudo ver con sus propios ojos su pericia en el manejo de las armas y el rastreo. Como suele decirse: ver para creer.

Y llegando ya al corazón y piedra angular de este podcast… utilizaban la narrativa como «tecnología social» para explicar estos valores. Un ejemplo claro es el relato del «Sol y la Luna», donde el sol (masculino) y la luna (femenina) se pelean por ver quién debe iluminar el cielo. Tras luchar, descubren que ambos son igual de fuertes y capaces, por lo que acuerdan cooperar y compartir la tarea equitativamente, uno de día y otra de noche. Su «misión» de vida: la supervivencia a través de la cooperación grupal.

Esto se ve muy bien en un entrañable relato que tienen en el que se ve a una vaca marina y un cerdo que eran grandes amigos. Cada día la vaca marina subía a la superficie y buscaba a su amigo el cerdo y jugaban a echar carreras, que era lo que más le gustaba a ambos. Hasta que un día la vaca marina se hizo una herida con una piedra en una pata y no pudo correr. El cerdo, al ver herida la pata de su amiga, le dijo que se subiese encima suyo y corrió hasta la costa; luego la recorrió hasta encontrar un gran trozo que era una gran recta, y le dijo que, a partir de ahora, él acudiría a esa playa y así podrían seguir haciendo carreras, ella en el agua que era su elemento y él en la tierra que era el suyo, y así estarían en igualdad de condiciones reales.

Para los agta, su existencia y su papel en el mundo no se basaban en la dominación de la naturaleza o la acumulación de poder, sino en mantener la armonía, el igualitarismo y la supervivencia colectiva. En el duro ecosistema de la selva tropical, la falta de cooperación o el egoísmo significaban la muerte inminente del grupo.

Sus relatos transmitían que las acciones inmorales tenían consecuencias catastróficas. Creían que la tierra estaba sostenida sobre pilares custodiados por una deidad y una pitón gigante; si los humanos derramaban sangre o actuaban con maldad, la deidad ordenaba a la serpiente sacudir los pilares, provocando terremotos. De igual manera, castigaban severamente la falta de cooperación mediante historias como la del origen del mono.

En esta ocasión, el mito cuenta que un hombre de la tribu era extremadamente perezoso y se negaba a ayudar a los demás a conseguir alimento; harto de él, un compañero le arrojó un palo que se le incrustó y se transformó en una cola, convirtiéndolo en el primer mono y obligándolo a huir a los árboles. Este relato enseñaba a las nuevas generaciones que la pereza y la negativa a compartir con la tribu literalmente deshumanizan a la persona, expulsándola de la sociedad… y, por otro lado, que el hecho de meterle un palo por el culo a alguien es una amenaza universal.

Esto, si recordáis los valores de armonía, es bastante similar a lo que vimos en el episodio sobre la saga del Cuervo Creador, lo cual refleja que las tribus nómadas, forrajeras y cazadoras tienen una forma de ver el mundo similar… y totalmente opuesta a la nuestra.


La Narrativa como Ventaja Evolutiva

Ahora que ya tenemos más claro tanto la mentalidad de los agta como el increíble trabajo que realizó este joven matrimonio, podemos pasar a uno de los grandes mitos que desmontaron, de nuevo, sin buscarlo. Todo lo que iban descubriendo lo alojaban de forma pública y gratuita; de hecho, si alguno de vosotros tiene curiosidad, puede acceder a todo su trabajo. Además, mantenían conversaciones con el resto de académicos: tanto por carta como por radio y, por supuesto, en los viajes que hacían de forma periódica a Estados Unidos, tenían legiones de académicos que querían hablar con ellos. Eran los reyes del Rock de su sector.

Entre tanto glamur tampoco podemos olvidar que la mayoría de estos viajes eran debidos a enfermedades, desnutrición, problemas de salud de sus hijos… Vamos, si esto no es pasión por el trabajo y fe en lo que hacen, yo no sé lo que es.

La cuestión es que para inicios del 2000 ya había un consenso en que los cuentacuentos, la narración y distribución oral de las historias había sido fundamental para la evolución y supervivencia de la raza humana. Justico, justico el motivo por el que comenzó este podcast, fíjate tú qué cosas.

Aquí entra en el terreno de juego un nuevo jugador, una nueva generación tanto inspirada como apoyada por todo el trabajo previo y la base de investigación construida. Liderados por Daniel Smith, Andrea Migliano y su equipo del University College London (estos nombres ya los hemos visto en los episodios de la neurociencia), querían investigar el impacto de los cuentacuentos en el comportamiento de los cazadores-recolectores y resolver un misterio evolutivo: dado que contar historias requiere mucho tiempo y energía, ¿por qué alguien invertiría tanto esfuerzo en ello si no le aportara un beneficio biológico directo a nivel individual?

Partiendo de esa premisa, toca diseñar el plan y ejecutarlo. En 18 campamentos entrevistaron a cerca de 300 personas y les pidieron que nombrasen quién era el mejor cuentacuentos de su aldea; para contrastar, también pidieron que identificasen al mejor cazador, pescador, recolector y expertos en medicinas. Con esta información, esperaron y comenzaron a diseñar pruebas. Un día les pidieron que dijesen con qué cinco personas les gustaría más vivir si tuviesen que elegir. En otra ocasión, diseñaron un juego de asignación de recursos, entregando fichas que simulaban raciones de comida y debían decidir qué se quedaban y a qué otros les daban parte de sus fichas.

Con todos estos datos, los pusieron en tablas y comenzaron a cruzar estos datos de reputación y cooperación con los datos clínicos, maritales y de hijos de los individuos. Descubrieron que los narradores expertos tenían casi el doble de probabilidades de ser elegidos como compañeros de campamento ideales frente a los menos hábiles. Sorprendentemente, ser un buen narrador fue un factor mucho más fuerte para ser elegido que tener fama de buen pescador o cazador.

Además, descubrieron otro dato fascinante: los campamentos que tenían una mayor proporción de buenos narradores eran significativamente más cooperativos y generosos en el juego de compartir arroz. Al ser los compañeros más deseados y realizar una función vital para el grupo (enseñar las normas de cooperación), los narradores eran «recompensados» recibiendo más apoyo social y transferencias de recursos por parte de los demás. Esto se tradujo directamente en éxito biológico: los buenos narradores tenían, en promedio, 0,53 hijos vivos más que los que no poseían esta habilidad.

Otro dato interesante es que, además, para ellos la paridad entre sexos era algo intrínseco en lo que no debían pensar, por decirlo de algún modo. El estudio reveló que las mujeres agta tenían más probabilidades de ser catalogadas como narradoras expertas que los hombres. Además, el beneficio del éxito reproductivo se aplicaba a ambos sexos por igual, lo que demuestra que esta habilidad beneficiaba a la familia del narrador o narradora sin importar su género.

El equipo publicó este descubrimiento en diciembre de 2017 en la prestigiosa revista científica Nature Communications, concluyendo que contar historias es una adaptación evolutiva humana fundamental para organizar la cooperación, y que logró mantenerse en nuestra especie porque la sociedad premiaba a los narradores asegurando la supervivencia de su linaje.

La repercusión a nivel académico global ha sido gigantesca. Este artículo generó un cambio de paradigma y ha sido citado en cientos de investigaciones multidisciplinares: comunicación, política y crisis globales. El principio de que «las historias fomentan la cooperación más que los hechos puros» se ha utilizado para diseñar narrativas que motiven comportamientos de ayuda. Por ejemplo, se usó durante la pandemia de COVID-19 para entender cómo los relatos en primera persona animaban a proteger a grupos vulnerables, y en comunicación ambiental para generar apoyo a políticas contra el cambio climático.

Los hallazgos estimularon a neurocientíficos a estudiar cómo los relatos sincronizan las áreas de la empatía en nuestro cerebro. A nivel clínico, ha inspirado experimentos en hospitales, donde se ha demostrado que sesiones de cuentacuentos para niños ingresados en cuidados intensivos aumentan sus niveles de oxitocina (la hormona de los vínculos) y reducen el cortisol y el dolor, probando biológicamente las tesis evolutivas observadas en los agta.


Redes Sociales: El Modelo Agta vs. El Modelo Digital

Otra muestra la encontramos en una investigación aún más reciente realizada por antropólogos del UCL y de la Universidad de Zúrich, liderados por la profesora Migliano. El estudio fue publicado en la revista Science Advances en febrero de 2020.

Para entender las dinámicas de transmisión de información, utilizaron tecnología de sensores de radio portátiles que los miembros de la tribu llevaron consigo. Estos dispositivos registraron las interacciones sociales a corta distancia cada hora durante todo un mes. A través de estos datos, confirmaron que los agta viven en pequeñas unidades familiares, pero mantienen una movilidad altísima, realizando visitas entre diferentes campamentos de forma casi diaria.

Desarrollaron un modelo informático que simulaba la creación de una nueva «supermedicina» a partir de seis plantas medicinales. Ejecutaron el proceso de «innovación» en dos escenarios:

  1. Una red artificial totalmente conectada: Donde todos compartían cualquier descubrimiento inmediatamente con toda la red.
  2. La red social real de los agta: Basada en los sensores, donde las personas compartían información principalmente con sus vínculos sociales fuertes (familiares y amigos).

Contrario a la suposición lógica de que estar todos conectados generaría mejores resultados, descubrieron que las tasas de evolución cultural y complejidad eran mucho más altas en la red real de los cazadores-recolectores fragmentados. Las redes totalmente conectadas difunden las innovaciones tan rápido que toda la población adopta de inmediato la primera solución viable que alguien encuentra, estancando el proceso creativo.

Por el contrario, la red real de los agta demostró ser inmensamente superior porque:

  • Al estar divididos en pequeños grupos, se promueve la evolución independiente. Diferentes familias desarrollan por su cuenta múltiples soluciones distintas para el mismo problema.
  • Gracias a las constantes visitas entre campamentos (lo que la Dra. Migliano denominó «el verdadero social media de nuestros ancestros»), estas diferentes ideas locales posteriormente se comparten y se recombinan.

Esta recombinación de ideas previamente aisladas es lo que produce una cultura tecnológica mucho más compleja. Me resulta curioso cómo, al estudiar estas culturas que consideramos «atrasadas», descubrimos que todas nuestras suposiciones están equivocadas.

Creemos que el mejor cazador será el líder indiscutible… y resulta que la preferencia es el cuentacuentos, porque es el que transmite la sabiduría de forma comprensible. Ahora, gracias a internet, vivimos hiperconectados y creemos que somos mejores porque tenemos la información en segundos… y eso hace que se detenga la investigación y se siegue de raíz el resto de ideas alternativas.

Y no solo eso: llevar la civilización a esas culturas, lejos de ayudarlas, las condena a ser poco más que esclavos. Las políticas de «desarrollo» acabaron empobreciéndolos. Igual que vimos con los nativos de Canadá, sobreviven gracias a su persistencia, ayudados esta vez por el inhumano trabajo realizado por dos jóvenes misioneros que terminaron creando su principal salvavidas: la inmensa base de datos genealógica que hoy les sirve como arma legal para reclamar sus tierras y preservar su identidad.

Durante miles de años, sobrevivimos no gracias a la fuerza, sino a las 

historias que nos enseñaban a no destruirnos entre nosotros.

Los agta lo sabían.
No porque fueran más inteligentes…sino porque lo necesitaban para no morir.

Hoy seguimos contando historias.
Pero ya no para sobrevivir…
sino para competir, para vender y si no funcionan las descartamos y creamos otras hasta que lo logramos.

Y quizá… solo quizá…
ese sea el problema.

Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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