En 1583, un joven Galileo Galilei deambulaba por los pasillos de la universidad, asqueado por la obligación impuesta por su padre de estudiar medicina. Algunos compañeros le habían hablado de un profesor, un tal Ostilio Ricci, matemático de la corte, que los tenía fascinados por su curioso hábito de proponer ejercicios físicos y lógicos para poder ver cómo actuaban en el mundo real las fórmulas matemáticas.
Siguiendo la antigua tradición de «más vale pedir perdón que permiso», Galileo se coló en una de sus conferencias y, pese a que había escuchado elogios —o quizá justo por eso—, asistió a ella con una opinión preconcebida, ligeramente inclinada a ser negativa. Sin embargo, lo que encontró le dejó con la boca abierta.
El conferenciante era un hombre menudo, con una prominente barba y hombros estrechos, que se movía con nerviosismo de un extremo a otro del aula y que, sin embargo, hablaba con tranquilidad, usando frases cortas pero contundentes. Casi toda la clase se centró en analizar la obra de un tal Euclides, del cual Galileo no había oído hablar. Explicó la forma en que Euclides entendía la geometría, usando en todo momento una lógica y un rigor científico que nunca antes había experimentado. Al terminar, cuando los alumnos recogían y abandonaban el aula, Galileo permaneció sentado unos minutos creyendo que se trataba de un error; la clase no podía haber concluido ya, puesto que las suyas de medicina parecían durar días enteros.
Continuaba asimilando cómo aquella compleja explicación teórica se había basado en la lógica, usando conceptos simples. Estos guiaban incluso a alguien como él, que aún no era ni mucho menos un experto en esos temas, hacia conclusiones lógicas sin necesidad de una explicación minuciosa por parte del ponente.
El resto del día lo pasó vagando por los pasillos y jardines, sabiendo lo que quería, pero con miedo a pedirlo. No podía pensar en nada más; las dudas que había sentido sobre sus estudios de medicina se esfumaron. En cuanto llegó a casa, le rogó a su padre que le permitiera dejar la medicina para trasladarse a matemáticas y estudiar con ese hombre que acababa de conocer.
Esto desató una reacción en cadena; semejante bomba no dejó a nadie indiferente en casa. Su padre quiso conocer personalmente al hombre capaz de maravillar así a su hijo y, en un primer momento, propuso un pacto: lo contrató como profesor particular mientras Galileo continuaba estudiando medicina. Sin embargo, con el tiempo, Ostilio se hizo amigo de la familia y, junto a Galileo, consiguió que el padre le permitiera al fin dejar la medicina y centrarse en las matemáticas y la arquitectura, alegando el inmenso don natural que poseía el joven.
Galileo Galilei no solo llegó a ser profesor universitario; se hizo famoso en todo el mundo, y tal fue su renombre y habilidad en este campo que alcanzó la inmortalidad histórica en 1633, cuando el tribunal de la Inquisición lo condenó por herejía. Justo cincuenta años después de su descubrimiento de la geometría, provocando uno de los mayores retrocesos en la historia de la humanidad debido al miedo de otros a correr su misma suerte.
Y todo por un relato; pero no uno cualquiera, sino uno que chocaba de frente con el mito fundacional del propio catolicismo.
Tampoco es justo recordarlo solo por esto. Fue un genio inventor; a mí, a título personal, me fascina que fuese capaz de inventar un pulsómetro con las limitaciones técnicas de la época, o incluso un termoscopio, el primer artefacto de la historia que calculaba la temperatura basándose en comparar de manera objetiva el frío y el calor.
Incluso sin necesidad de aparatos externos, su capacidad de observación y su metodología le sirvieron para observar una supernova en 1604. Dictó lecciones sobre ella y publicó un opúsculo, dándose cuenta de que este fenómeno contradecía la idea aristotélica de que los cielos eran inalterables. Desde luego, lo de pasar desapercibido no iba con él.
Imagino que, por este afán de conocimiento y experimentación, le gustaba estar en contacto no solo con otros científicos o pensadores de la época, sino también con antiguos alumnos para contarse lo que iban descubriendo o experimentando.
Y fue esto lo que propició que en 1609 un antiguo alumno, el francés Jacques Badovere, le escribiera para hablarle de un aparato creado por un inventor holandés. Se trataba de un tubo con dos lentes en sus extremos que servía para que los objetos parecieran estar más cerca; un mero juguete de las clases altas.
Esta descripción despertó la curiosidad de Galileo y la idea comenzó a rondarle la cabeza, ya que algo así era justo lo que necesitaba para poder estudiar de manera más precisa los cielos. Gracias a su pericia como inventor, a sus conocimientos teóricos y a la descripción del juguete, intuyó que el secreto radicaba en la combinación exacta de dos lentes: una convexa (convergente) y otra cóncava (divergente), puestas a una distancia específica dentro de un tubo de plomo. Al ocurrírsele añadir una lente divergente en el ocular, Galileo logró ser el único de su época en conseguir una imagen derecha sin que los objetos se deformaran; como vimos en el episodio de Blancanieves, incluso los espejos tenían problemas para mostrar las imágenes sin deformaciones.
Se dice que, en total, Galileo construyó más de sesenta telescopios, pero tan solo unos pocos funcionaron de forma correcta. Tampoco necesitó más: con esos pocos le bastó para que, poco más de veinte años después, fuera condenado por el tribunal de la Inquisición.
Pero ¿cómo va a ser un telescopio el culpable de que te juzgue la Inquisición? Sabéis que no. En este podcast hemos aprendido que lo único capaz de provocar este tipo de sucesos son las palabras. Este caso en concreto nos va a permitir comprender el poder de las palabras como mediación para lograr cambios; cómo, pese a la amistad y las influencias, estas no sirven de nada si no se sabe manejar con astucia no lo que se dice, sino cómo se dice. Y, sobre todo, cómo la soberbia puede retrasar el avance científico y humano durante décadas.
Comencemos, pues, con la historia de Galileo Galilei.
Lo primero que es necesario destacar es que Galileo sabía cómo funcionaba el mundo; no era un iluso que se engañara pensando que el mundo entero se desvivía por la investigación. El primer telescopio funcional que logró fabricar lo presentó como algo práctico desde el primer momento. En cuanto tuvo un modelo que funcionaba sin deformar la imagen y ofrecía un amplio rango de aumento, acudió al dogo y al Senado de Venecia para presentarlo de forma oficial. Solicitó que acudieran al campanario de San Marcos y, desde esa altura y con una vista directa sobre el puerto de la ciudad, les ofreció su primer telescopio. Les pidió que enfocaran hacia el puerto y más allá de él, haciéndoles notar que no solo se podía ver, sino distinguir qué barcos se dirigían hacia la ciudad, horas antes de que fuesen perceptibles para el propio ojo humano.
Con esta simple demostración logró algo vital: demostrar su utilidad práctica. Y con esa garantía conseguida, pudo comenzar a estudiar lo que realmente le interesaba: los cielos nocturnos.
Pudo dedicar el otoño e invierno de ese año 1609 a estudiar de forma compulsiva, cada noche, los astros celestes. Su metodología era estricta: dibujaba con sumo cuidado la disposición de los astros y añadía notas detalladas de todo aquello que percibía o de los cambios que notaba.
Siguiendo al pie de la letra la metodología que había establecido para este método empírico, en unos meses tenía numerosas libretas llenas de dibujos, anotaciones y un patrón medible de cambios y desplazamientos. Gracias a este exhaustivo trabajo, publicó en 1610 su obra titulada Sidereus Nuncius (El mensajero de los astros).
Sus primeros estudios se centraron en la Luna, pues no le encajaba lo que había afirmado Aristóteles hasta la fecha. Esta teoría sostenía que se trataba de una esfera perfecta y brillante de éter. Sin embargo, lo que observó Galileo gracias a su telescopio fue un mundo lleno de cráteres, valles y montañas muy altas.
Una vez que hubo validado su método de estudio, en el que plasmaba con todo detalle sus observaciones (que, por cierto, es la metodología que siguen a día de hoy los astrónomos aficionados), pasó a observar la Vía Láctea y las estrellas. Aquí su sorpresa fue mayúscula al comprobar que el cielo contenía muchísimas más estrellas de las que eran observables a simple vista, y que la Vía Láctea era un conglomerado de miríadas de estrellas individuales.
Esta fascinación y necesidad obsesiva de estudiar y anotar todo lo que veía es lo que hizo posible que, en enero de 1610, se sintiese preparado para afrontar el gran reto para el que se había estado preparando: Júpiter. Y estoy seguro de que, aunque hubiese sabido que eso era lo que le llevaría a tener que enfrentarse a la Inquisición, lo hubiese hecho igual.
Lo primero que notó fueron cuatro pequeñas estrellas que parecían desfilar frente a Júpiter. Cada día cambiaban de posición, siempre en línea recta frente al planeta, noche tras noche. Con esto dedujo que se trataba de las lunas de Júpiter, que orbitaban a su alrededor. Esto era algo demoledor para la mentalidad de la época: demostraba que la Tierra no era el único centro de rotación del universo.
Y aquí tenemos otra vez el poder de las palabras, incluso de aquellas que no se dicen. Lo que dijo Galileo fue algo muy sencillo: si Júpiter tiene cuatro lunas que giran en torno a él, es evidente que la Tierra no es el único centro de rotación del universo. Y era correcto.
Lo que no dijo, pero estaba implícito en su afirmación, es que la Tierra no es el centro del universo; y si la Tierra no es el centro del universo, entonces el ser humano no es el centro de la creación. Y eso era herejía.
Igual que usó su primer telescopio funcional para mejorar su posición, siguió con su estrategia utilizando estos descubrimientos tanto para ascender socialmente como, sobre todo, para buscar recursos con los que continuar investigando y mejorar su equipo.
El descubrimiento de los satélites de Júpiter lo usó con Cosme II de Médici (Gran Duque de Toscana), bautizándolos como «astros mediceos» para conseguir el puesto de matemático y filósofo de la corte. El nombre correcto abría las puertas de Florencia.
Tampoco cambió su espíritu de mantener contacto con otros grandes pensadores y científicos de la época. En esta nueva etapa, mantuvo una importante correspondencia con el gran astrónomo alemán Johannes Kepler, con quien compartía sus hallazgos y sus frustraciones por la terquedad de los académicos tradicionales.
Gracias a su conocimiento de la política y de los juegos de poder, en los que estamos viendo que sabía desenvolverse, no cometió el error de olvidar el gran poder que tenía la Iglesia.
Por ese motivo, en 1611 viajó a Roma, donde fue recibido como un héroe. Instaló su telescopio en palacios y jardines, permitiendo que cardenales, altos cargos de la Iglesia y príncipes (incluido el futuro papa Urbano VIII) observaran el cielo por sí mismos. Allí mismo estuvo debatiendo y logró que sus observaciones fueran confirmadas por los prominentes matemáticos y astrónomos jesuitas del Colegio Romano (como Cristóforo Clavio), y fue acogido entusiastamente por el príncipe Federico Cesi en la joven Academia de los Linces.
Todo iba sobre ruedas, incluso la Iglesia no solo lo aceptaba, sino que lo admiraba. Entonces, ¿por qué menciono todo el rato que fue sentenciado por el tribunal de la Inquisición? Este avance estratosférico en la ciencia fue recibido con jolgorio y elogios en el mundo académico, celebrando con vítores su genialidad y su contribución al avance de la propia humanidad. Pues no.
Si a la Iglesia le parecían bien sus investigaciones, y a los nobles y poderosos también… solo quedaba una facción: los propios científicos. La acusación inicial no partió de la Iglesia, sino de sus compañeros de disciplina. Y es que, como bien reza el refrán, al árbol que da buenos frutos se le tiran piedras.
Los enemigos más feroces de Galileo fueron los filósofos y académicos aristotélicos. Pronto se vieron superados en los debates científicos y, peor aún, sin ninguna prueba para refutar a Galileo. Desde que tenía sus malditos telescopios, cualquiera podía utilizarlos para observar lo que él afirmaba, imposibilitando contraargumentar inventando teorías alternativas. Por lo tanto, hicieron lo único que les quedaba: llevar el problema al terreno de la teología para que fueran otros quienes lo destruyeran. Presentaron el caso argumentando que sus ideas iban contra la fe. Utilizaron una estrategia muy simple: como no podían ganar mediante la ciencia, escogieron como campo de batalla la fe.
Este acto, no solo de traición sino de cobardía, nacía del sentimiento de que toda su vida había sido una mentira; una vida dedicada al estudio y a la teorización del universo, construida sobre unas bases que un tipo con un tubo de latón y cristales en sus extremos decía que eran falsas. No solo su prestigio, sino incluso sus carreras carecían de sentido, pues todas sus enseñanzas y afirmaciones eran tiradas por tierra con cada nuevo descubrimiento de Galileo. Y, encima, tenía la desfachatez de ofrecer su estúpido juguete a todo aquel que se lo pidiese para que comprobase por sí mismo que lo que decía era cierto.
El argumento principal de estos eruditos se centraba en pasajes como el del Libro de Josué, donde el profeta le ordena al Sol detenerse para prolongar el día. Para los literalistas de la época, esto implicaba que el Sol se movía y la Tierra estaba quieta.
Galileo, convencido de que contaba con pruebas no solo apabullantes, sino accesibles y demostrables para cualquiera que estuviese interesado en verificar su credibilidad a través de sus telescopios, intentó facilitar a la Iglesia una vía de escape digna.
Comenzó a escribir cartas (como la famosa Carta a Castelli y a la Gran Duquesa Cristina de Lorena) argumentando que la Biblia utiliza metáforas y un lenguaje adaptado a la gente común, por lo que no debía interpretarse literalmente en cuestiones de ciencia.
Y aquí es donde el propio ego va más allá de donde debería, pues afirmó que el «Libro de la Naturaleza» y las Escrituras provenían de Dios y, por lo tanto, no podían contradecirse.
Como suele decirse, la lió más. Que un laico y matemático se atreviera a interpretar las Sagradas Escrituras fue visto como un desafío directo a la autoridad de la Iglesia.
Como siempre digo, para comprender esto lo que necesitamos es el contexto social y, en este caso sobre todo, político de la época.
Debemos comenzar recordando el Concilio de Trento, un proceso tan largo como, sobre todo, duro y delicado, que transcurrió entre 1545 y 1563. Fue provocado por la amenaza que supuso para la propia Iglesia la reforma protestante, el luteranismo, en toda Europa.
Esto provocó un cisma en la Iglesia y, para prevenir que volviese a ocurrir algo similar, se estableció que la interpretación de los textos bíblicos correspondía única y exclusivamente al Magisterio de la Iglesia. Para frenar a los «espíritus desenfrenados», el Concilio de Trento prohibió tajantemente cualquier interpretación individual de la Sagrada Escritura en materias de fe y costumbres que contradijera el sentido literal o el «unánime sentir de los Santos Padres».
Por lo tanto, al intentar argumentar Galileo que se utilizaban metáforas y, peor aún, atribuirse a sí mismo que su propia obra también provenía de Dios… arrojó gasolina al fuego.
Que un científico laico pretendiera sugerir cómo debían interpretarse las Escrituras fue visto como un tremendo y peligroso desafío a la autoridad exclusiva de la Iglesia establecida en Trento.
Antes del Concilio de Trento no existía una preocupación tan estricta por el literalismo bíblico. Pero, tras el concilio y el problema que ocasionó la reinterpretación de los protestantes, los teólogos asumieron que la integridad de la Biblia implicaba entenderla en su sentido más literal. Y como las ideas astronómicas de Galileo contradecían pasajes literales (como el de Josué ordenando al Sol detenerse), pasaron de ser un debate filosófico a ser consideradas una amenaza directa a la ortodoxia católica.
Como guinda del pastel, tenemos a una Europa dividida y ensangrentada por la guerra de los Treinta Años (1618-1648) entre naciones católicas y protestantes.
Lo único que se puede decir es que Galileo Galilei escogió, sin lugar a dudas, el peor momento histórico posible para su descubrimiento.
Para meter bien el dedo en la llaga, el papa Urbano VIII era acusado por otros monarcas católicos de ser débil frente a los protestantes. Necesitaba una demostración de fuerza, una firmeza inquebrantable en cuestiones de fe, y dar castigos ejemplares. Galileo, que se atrevió a contradecir las directrices eclesiásticas al publicar su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, se convirtió en el chivo expiatorio perfecto para que la Iglesia reafirmara su autoridad absoluta frente al mundo. De esta forma, mandaba el mensaje de que ni siquiera alguien célebre y respetado como Galileo se burlaría de ellos.
El proceso contra Galileo puede dividirse en dos fases principales y, volviendo a utilizar expresiones más actuales —y como decimos en Zaragoza, que es una expresión que me encanta—, también se lo buscó por morrofiemo. Para que os hagáis una idea: morro de boca, y fiemo de abono. Ya lo entenderéis, tranquilos.
El conflicto estalló cuando frailes dominicos, como Tommaso Caccini (quien lo atacó desde el púlpito a finales de 1614 y acudió a Roma en 1615) y Niccolò Lorini (quien envió una carta de Galileo a la Inquisición), lo denunciaron formalmente por intentar reinterpretar las Sagradas Escrituras a la luz de sus descubrimientos.
En febrero de 1616, los teólogos calificadores de la Inquisición evaluaron el heliocentrismo y dictaminaron de forma unánime que la idea de que el Sol era el centro del universo era «filosóficamente absurda y formalmente herética», y que la proposición del movimiento de la Tierra era «errónea en la fe». Y punto.
Sin embargo, en lugar de ser procesado de inmediato, el papa Paulo V ordenó al prestigioso cardenal Roberto Belarmino que interviniera. El 26 de febrero de 1616, Belarmino amonestó a Galileo en privado, ordenándole que abandonara la teoría como una realidad física y se abstuviera de defenderla o enseñarla. También se le dio una oportunidad y una vía de escape: se le permitió seguir estudiando y discutiendo el modelo copernicano siempre y cuando lo tratara estrictamente como una «hipótesis matemática» útil para realizar cálculos astronómicos para «salvar las apariencias», pero no como la verdad física y absoluta de la creación. Galileo aceptó acatar esta orden, se le otorgó un certificado que limpiaba su nombre de supuestas abjuraciones previas, y se mantuvo en silencio público sobre el tema durante varios años.
En 1623, el cardenal Maffeo Barberini, amigo personal y protector de Galileo, fue elegido papa con el nombre de Urbano VIII. En este nuevo contexto de amistad, Urbano VIII le concedió múltiples audiencias e incluso le brindó una nueva oportunidad con gran libertad: le dio permiso explícito para escribir un libro en el que comparara los dos sistemas del mundo (el geocéntrico ptolemaico y el heliocéntrico copernicano). Todo un voto de confianza y una muestra de respeto, no me digáis que no.
La única condición innegociable era que el libro mantuviera una postura absolutamente imparcial, que tratara el heliocentrismo puramente como una hipótesis teórica, y que se incluyera obligatoriamente el argumento teológico del propio Papa: la idea de que la omnipotencia divina de Dios podía hacer funcionar el universo de formas misteriosas que la razón humana no debía limitar afirmando que solo una teoría física era la verdadera.
Y es en este punto cuando comprenderéis a la perfección el apelativo que he utilizado antes de morrofiemo.
Galileo, confiado en su fama y en la amistad papal, se excedió de los límites acordados al publicar en 1632 su obra Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. Lejos de ser un debate equilibrado, el libro era una defensa abierta del heliocentrismo, ridiculizando los argumentos de la Iglesia. Peor aún, Galileo cometió el error fatal de poner el argumento teológico exigido por el Papa en boca del personaje «Simplicio», un filósofo diseñado en la obra como un hombre ignorante y obstinado que perdía todos los debates. De nuevo, una sola palabra, algo tan simple como un nombre, bastó para convertir a un amigo en enemigo.
Al sentirse traicionado, engañado y ridiculizado a la vista de toda Europa, el papa Urbano VIII enfureció y ordenó paralizar la venta del libro e iniciar una comisión investigadora. Fue esto lo que condujo al proceso formal de abril a junio de 1633. Al romper las reglas establecidas, la Inquisición acusó a Galileo de violar el precepto explícito que se le había dado en 1616. El tribunal lo halló «vehementemente sospechoso de herejía» y lo forzó a arrodillarse, abjurar y maldecir sus ideas bajo la amenaza de la tortura y la hoguera, conmutando finalmente su prisión por un arresto domiciliario de por vida.
Vamos, lo que viene siendo una lucha de egos en toda regla, lo cual incluso podría quedar como una simple anécdota histórica graciosa de no ser por todo lo que acarreó.
El impacto de la condena a Galileo alteró el curso de la Revolución Científica en Europa. La sentencia sirvió como advertencia para todos los investigadores que se encontraban en territorios católicos. La actividad científica se desplazó hacia el norte del continente, específicamente a Inglaterra y Holanda, lugares que ofrecían un ambiente de mayor tolerancia y libertad de prensa y pensamiento. Holanda, de hecho, se convirtió en el centro editorial de la nueva ciencia.
Por ejemplo, Descartes renunció por prudencia a publicar su manuscrito casi terminado titulado El Mundo, en el que pretendía ofrecer una teoría física del universo que sostenía tesis heliocéntricas. Abandonó sus planes de publicación y se trasladó a los Países Bajos para poder continuar sus investigaciones con mayor libertad.
Pero no es el único caso, ni mucho menos. El caso de Nicolás Copérnico es el antecedente directo y muy similar al de Descartes. A pesar de haber trabajado durante veinticinco años en su obra cumbre (De revolutionibus orbium coelestium), Copérnico la mantuvo celosamente guardada y oculta durante su vida. Consciente de las terribles consecuencias que pesarían sobre él si la publicaba, el libro solo vio la luz en 1543, precisamente el año de su muerte. Décadas después, en 1616, la Iglesia terminó incluyendo esta obra en el Índice de Libros Prohibidos.
Por poner a un paisano, encontramos el caso de Diego de Zúñiga, un catedrático español de Sagrada Escritura que en 1587 publicó la obra In Job commentaria, en la cual defendía abiertamente las tesis copernicanas. Sin embargo, ante los feroces ataques y la enorme presión de los filósofos aristotélicos de su entorno, Zúñiga no resistió y terminó retractándose de las teorías heliocéntricas en 1597. Posteriormente, su libro también fue incluido por la Inquisición en la lista de libros prohibidos en 1616. El clima intelectual de la época castigaba severamente a quienes desafiaban la filosofía natural aristotélica o la interpretación literal de las Escrituras.
Como siempre ocurre en estos casos, no creo que sea justo culpar a nadie en específico. Para mí está claro que fue la conjunción de la tensión en la Iglesia, la soberbia de Galileo, la envidia y el miedo de los filósofos aristotélicos, y la presión sobre el propio Papa.
Son errores humanos provocados por una nueva tecnología que aporta una nueva narrativa que, a pesar de estar sustentada sobre pruebas no solo visibles, sino incluso lógicas que se podían palpar, demolían sin piedad toda la narrativa sobre la que habían sustentado sus propias vidas, y prefirieron censurar el avance antes que admitirlo.
Al final, esto sucedió porque uno no quiso rebajarse y decir que lo que él mostraba era una teoría, y los otros no aceptaban que se mostrase algo como una certeza y que contradijese su mito fundacional. A mi modo de ver, tan solo estaban pidiendo un tiempo de cortesía. Era irrefutable que Galileo tenía razón; el tiempo lo aceptaría como una verdad absoluta… pero cuando ellos ya no estuviesen ahí para verlo.
Décadas de retraso. ¿Por qué? Fueron muchas cosas, desde luego, pero yo no puedo evitar preguntarme qué hubiese sucedido si Galileo hubiese utilizado la palabra hipótesis.
Por eso mismo, aquí respetamos el poder de las palabras. Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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