El 15 de junio de 1760 el verdugo del condado de Uri, en Suiza, tenía un encargo muy especial, único incluso. El evento más importante del último día de la feria consistió en leer la condena a ser quemado vivo de Simeón Uriel Freudenberger, un cura del condado vecino de Berna.
Esta sentencia tan severa se debía a un acto de herejía. Simeón era el autor de un infame ensayo académico donde no decía, sino que afirmaba, que Guillermo Tell no solo nunca había existido, sino que en realidad era un cuento danés y no suizo.
Para nosotros parece un chiste que se llegue a estos extremos por decir que un personaje de una narración oral no solo no hubiese existido, sino que el relato incluso perteneciese a otro país.
Pero Simeón Uriel Freudenberger sí lo sabía y, aun así, sintió la necesidad de hacerlo, tomando la precaución, eso sí, de hacerlo de forma anónima. Aun así, debido al tema y al tipo de investigación, tenía muy claro que, tarde o temprano, lo descubrirían.
Para nosotros, a día de hoy, parece un chiste que se monte este follón por decir que un personaje de una narración oral no solo no hubiese existido, sino que el relato incluso perteneciese a otro país, pero no fue solo una persona la que puso su vida en juego, sino dos.
El problema real no fue su panfleto titulado Guillermo Tell, una fábula danesa en donde criticase la figura o la historia. Su pecado fue ir mucho más allá, demostrando punto por punto, con un riguroso estudio académico citando las fuentes originales, que la famosa hazaña de la flecha y la manzana no era un hecho histórico suizo, sino que había sido copiada de la saga nórdica del rey Harald Bluetooth.
Si os suena el nombre y me permitís el inciso, la tecnología Bluetooth de los cascos con que seguramente estaréis escuchando este podcast viene de este rey. Esta leyenda danesa en concreto presenta, en lugar de a Guillermo Tell, a un arquero danés, Palnatoke, escrita casi 300 años antes por Saxo Grammaticus.
Como segunda medida de prevención, Simeón además escribió su ensayo en alemán, intentando de este modo garantizar que estuviese circunscrito a los ámbitos más académicos e intelectuales para tener de este modo un cierto colchón de protección.
En este punto entra en juego otra persona, Gottlieb Emanuel von Haller, un respetado intelectual de la época que, al leer este ensayo, sintió que la verdad debía ser conocida. Que la figura sobre la que se había erigido la propia Suiza era una farsa, y el 2 de febrero de 1760 lanzó una traducción al francés realizada por él mismo, firmándola con su propio nombre para intentar proteger de esta forma al anónimo autor original. No se engañaba, sabía lo que estaba haciendo y la repercusión que tendría su acto; al lanzarlo en francés se aseguraba de que la obra llegase a todos los estratos sociales, porque era su intención decir la verdad. Confiaba en que su reputación en Suiza le otorgaría cierta salvaguardia, sobre todo porque además era el hijo del famoso Albrecht von Haller, considerado el padre de la fisiología moderna y una de las figuras científicas más influyentes del siglo XVIII.
Sin embargo… de poco le sirvió, aunque eso ya lo veremos más adelante.
Al comenzar a preparar este episodio me sentí abrumado; cada pieza nueva que iba encontrando me generaba nuevas preguntas y cada una de ellas tiraba en una dirección diferente.
Las dos primeras creo que son las más acuciantes en un primer momento. ¿Qué es eso de que Suiza se construyó sobre la figura de Guillermo Tell? Y la segunda, pero no menos importante: ¿Por qué no una, sino dos personas y, además, con dos posiciones académicas cómodas y bien posicionadas, decidieron tirar por la borda su reputación yendo contra el sistema establecido?
Así que, poneos cómodos, relajaos y vayamos por partes…
Para comenzar, pensad un momento. ¿Qué sabéis de Suiza? A título personal yo lo que más conozco son sus quesos, muchas personas supongo que sus relojes, los multimillonarios sus bancos… y, cómo no, los dibujos de Heidi. No tengo el más mínimo problema en confesar que, hasta que comencé la investigación de este relato, ni siquiera ubicaba a Guillermo Tell como suizo. Pensaba que era de Gales o irlandés…
Y esto, de forma indirecta, ya plasma el principal problema de este país. A diferencia de otros países europeos, Suiza carecía de las bases tradicionales para formar una nación: lo más elemental al pensar en un país es un idioma propio, y según la región se hablaban dialectos del alemán, francés e incluso italiano. Aunque el catolicismo era la religión predominante, también había zonas que defendían el protestantismo, y lo más sorprendente es que tampoco tenían un gobierno centralizado.
Del siglo XIV al XVII Suiza era una confederación, un conjunto deslavazado de repúblicas urbanas y cantones rurales; los tres más importantes eran: Uri, Schwyz y Unterwalden.
Por lo tanto, es comprensible que no tuviesen un sentimiento de conexión o unidad entre ellos. Esto hacía imposible que hubiese confianza como para unirse y luchar contra las amenazas, no solo externas, sino internas como la casa de los Habsburgo.
Por lo tanto, igual que vimos en el episodio de La Bella Durmiente donde el rey Guillermo I mandó construir por encargo Perceforest para justificar así el nuevo rol que debía desempeñar la caballería y sus valores, aquí se necesitaba una historia que uniese a todos los condados y les otorgase un espíritu unificador.
Pero con una gran diferencia principal; al contrario de lo que ocurrió con Perceforest, que fue un encargo y se trabajó con mimo y constancia para entregar una saga completa, aquí tenemos tan solo lo que yo he bautizado como «historia de taberna». Un relato más simple, que entra muy bien acompañado con unas jarras de cerveza. Esta historia fue fluyendo a lo largo de los siglos y, en cada versión, se fue puliendo para adornarla.
En este viaje vamos a ir revisando las principales evoluciones del mito para ir tejiendo el contexto, tanto histórico como social, para comprender cómo terminaron dos académicos condenados a morir quemados vivos en la hoguera por decir que Guillermo Tell nunca existió.
Si nos calzamos las botas de Simeón, por ejemplo, como personas curiosas que somos, debemos tener en cuenta que en aquella época se consideraba que Guillermo Tell era una persona de carne y hueso que había vivido en torno al año 1307.
Esto es vital porque la primera pista que encontramos por escrito de sus hazañas data del año 1470, más de un siglo y medio después de los hechos acaecidos, curioso. Y es este hecho el que hizo enarcar la ceja de Simeón y decir algo así como: «A mí esto no me cuadra». Por lo tanto, hizo algo comprensible pero que sellaría su destino: pidió documentación.
Decidido a rellenar ese inmenso boquete que había a nivel histórico, Simeón comenzó a solicitar documentos a los clérigos de Uri, el cantón donde se suponía que había vivido Guillermo Tell. Sin embargo, lo que recibió para intentar que se callase y los dejase en paz fueron documentos falsificados de forma burda, logrando en Simeón lo mismo que hubiese producido en nosotros: una curiosidad aún mayor por descubrir la verdad.
La primera fuente oficial, por lo tanto, que tenemos en la que se habla sobre este personaje fue la realizada por el escribano Hans Schriber en el llamado Libro blanco de Sarnen. En esta versión tenemos la estructura elemental del relato, así que lo primero va a ser establecer el punto de partida original y ver los elementos que asienta.
El primer elemento reseñable es el gobernador local de la zona, llamado Albrecht Gessler. Un personaje carismático que se desvive por los ciudadanos, les da dinero de su propio bolsillo a los pobres y es respetado y querido… ¿os imagináis? Pues no, es un borde de mucho cuidado que disfruta ostentando su poder y ridiculizando al pueblo llano, recordándoles quién es el que manda. Hasta aquí tenemos el típico villano arquetípico de cuento.
La historia transcurre en Altdorf, la capital del condado de Uri; esto es importante porque es uno de los tres cantones originales, junto con Schwyz y Unterwalden, que gozaban de cierta libertad imperial y se resistían a ser anexionados y dominados por la poderosa Casa de los Habsburgo, a la cual pertenece Gessler.
En su afán de demostrar su poder y superioridad, Gessler ordenó colocar un poste en el centro de la plaza del mercado, justo debajo de un tilo, para estar fresco a la sombra en los calurosos días de verano. Dictó que su sombrero le simbolizaba y, por lo tanto, exigía que todos aquellos que pasasen frente a él le saludasen con una reverencia…. Y eso es lo que lo diferencia del villano arquetípico: es una forma de humillación y desprecio hacia las personas fría y absoluta.
En este punto comienza la historia: Guillermo pasó por ahí junto con su hijo e ignoró por completo el sombrero e incluso, cuando fue advertido por los guardias de que debía saludarlo, se negó de forma explícita a hacerlo.
Al ser notificado Gessler de esto, acude con la guardia a pedirle explicaciones ante su insolencia. La escena termina con Gessler colocando una manzana sobre la cabeza del hijo de Guillermo, obligándole a disparar sobre ella para demostrar si realmente tiene tan buena puntería como se dice sobre él… Y sí, si os estáis preguntando si el típico número de espectáculo circense proviene de aquí, estáis en lo cierto.
Guillermo acierta a la manzana y todos ríen y aplauden celebrando su habilidad. La tensión se relaja y, como siempre ocurre en estos momentos, hay un pero… Cuando Guillermo guarda la ballesta, Gessler ve que había preparado una segunda flecha y le pregunta para qué la quería si solo se le permitía disparar una vez. Guillermo responde que si hubiese fallado y tan siquiera hubiese rozado a su hijo, esa segunda flecha hubiese ido directa al corazón de Gessler y, con esa, no habría fallado.
Este es el punto álgido de la historia, como expliqué en el episodio titulado De el chuletón al príncipe nigeriano, dopamina directa en vena. Es el momento en que la gente en la taberna al contar la historia silba, da golpes con las jarras, y grita cosas similares a: «Si voy con lo que te doy, payaso»… ¿Veis cómo es una historia perfecta para una taberna?
Con esto ya tenemos la base, está presentado y definido el héroe y, sobre todo, el antagonista, que es incluso más importante que el héroe. Esto lo desarrollaré en otro episodio, pero de momento debéis quedaros con que el valor de un héroe se mide en base al poder y contexto de su antagonista; un héroe nace gracias a que hay un buen villano. Por eso mismo ya no tenemos héroes nuevos en las ficciones de hoy en día… Porque presentan a los protagonistas con unos poderes y habilidades tan desmesurados que incluso resulta ridículo que puedan perder, ya no son humanos.
En esta historia, por ejemplo, Guillermo Tell no es excepcional por acertar a la manzana, ni tan siquiera por enfrentarse a Gessler. Vosotros sabéis la verdad aunque no lo asimiláis por el colocón de la dopamina. Guillermo Tell es grande porque duda de sí mismo, porque sabe que es humano. La magia está en esta frase: «Si tan siquiera hubiese rozado a mi hijo…». Porque él, Gessler y nosotros sabemos que puede fallar, que la posibilidad es real y por eso se preparó para, en caso de fallar, cobrarse justa venganza.
Sin esa segunda flecha, la historia no hubiese sobrevivido hasta nuestros días.
A partir de aquí, yo ya no sabía nada de la historia, que continúa con Gessler ordenando que detengan a Guillermo, condenándolo a galeras. Hay una tormenta en el mar, liberan a Guillermo porque es el único que sabe manejar la embarcación en esas circunstancias… Dirige la embarcación hasta una roca llamada Tellsplatte donde salta y huye, reuniéndose con los cantones para forjar una alianza y luchar contra Gessler, al cual al finalizar logra cazar acabando con él.
Esta es la estructura básica y es la clave del mito fundacional porque da sentido a dos momentos históricos claves de Suiza.
El primero de ellos es la rebelión colectiva de los cantones, el Burgenbruch, y en segundo lugar establece el Juramento de Rütli.
¿Que no sabéis qué es eso? Yo os lo explico, que para eso estoy aquí, faltaba más.
Pero para hacerlo toca tener un contexto más amplio de cómo estaba estructurada Suiza y las características únicas de su contexto político.
La casa de Habsburgo era una casa menor de Suiza originaria del cantón de Argovia. Esta familia fue ascendiendo hasta convertirse en la más importante de toda Suiza, y con ello fue aumentando su ambición. Ya no buscaban solo poseer tierras, sino consolidar un territorio unificado en el suroeste del Sacro Imperio Romano Germánico. Esto implicaba controlar las rutas comerciales, cobrar peajes y administrar justicia sobre las comunidades rurales, incluyendo los cantones centrales (Uri, Schwyz, Unterwalden).
En 1273, Rodolfo I de Habsburgo fue elegido Rey de Romanos (lo que viene siendo ser el rey del Sacro Imperio). Esto le dio legitimidad para aumentar los impuestos y la presión sobre Suiza, lo que le sirvió para construir la fortaleza Neu Habsburg para dominar el área. E imagino que a partir de aquí es cuando debieron pensar que eso de que hubiese cantones independientes era una chorrada y que ellos debían ser los únicos dirigentes de Suiza.
Y es aquí donde se plantea el núcleo del conflicto, porque estos cantones existían gracias a la Reichsfreiheit (en español sería algo así como «libertad imperial»). A efectos prácticos, esto es un estatus privilegiado dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, mediante el cual una ciudad, principado, entidad religiosa o incluso un noble no estaban subordinados a ningún señor territorial local (como un duque o conde), sino que dependían directamente del Emperador y del Imperio. Y lo que pretendían imponer los Habsburgo, simplificándolo a la jerga de hoy en día: ya que uno de los nuestros fue el Emperador, todos los demás deben pleitesía a nuestra familia porque patata.
Esta situación es la que plasma a la perfección la historia de Guillermo Tell con la soberbia de Gessler, y la huida de la embarcación y rebelión es la que nos lleva al momento más importante: el juramento que se produjo en la pradera de Rütli.
En este pacto secreto, los tres líderes de los principales cantones: Walter Fürst, Werner Stauffacher y Arnold von Melchtal… Joder con los nombrecitos… sellaron un acuerdo de cooperación levantando simbólicamente, para hacerlo, tres dedos de la mano derecha al jurar. Por supuesto, siempre hay numerosas versiones y, dependiendo de cuál escojamos, es el propio Guillermo Tell el líder que organiza este juramento o, por el contrario, actúa al margen y es su hazaña personal la que inspira al resto a unirse para decidir unir sus fuerzas enfrentándose a la casa de Habsburgo.
Esta alianza nos conduce de forma orgánica a la segunda parte, el Burgenbruch, que, para que nos entendamos, representa la destrucción de los castillos.
El asesinato del gobernador Gessler a manos de Guillermo Tell fue la chispa que desató la rebelión abierta, llevando a los confederados suizos a asaltar, saquear y derruir las fortalezas y castillos de los Habsburgo en la región (tales como Zwing-Uri, Schwanau, Landenberg y Rotzberg) para expulsar a los opresores de sus tierras.
Y esto nos devuelve a nuestro buen amigo el escribano Hans Schriber y la publicación de su Libro blanco de Sarnen. Se esforzó en unir por primera vez la acción individual de Tell con el Juramento de Rütli y el Burgenbruch, creando, como acabamos de ver, una narrativa perfecta donde la desobediencia de un hombre detonaba la revolución y la creación del nuevo Estado.
Por desgracia, siempre hay aguafiestas y la arqueología moderna ha confirmado que muchos de los castillos que supuestamente fueron destruidos en esta heroica rebelión coordinada, que debió suceder según el mito de Guillermo Tell alrededor de 1307, en realidad ya habían sido abandonados y estaban en ruinas desde mucho antes, durante el siglo XIII, es decir, cien años antes.
Es decir, este relato épico se inventó para darle al pueblo una explicación mítica y gloriosa sobre por qué había castillos en ruinas esparcidos por su paisaje.
Qué manía tienen con estropear las buenas historias, de verdad.
Continuando con la investigación de nuestro cura favorito de esta época, el bueno de Simeón, avanzamos unos pocos años desde la publicación del Libro blanco. Más o menos en torno a 1477 se hizo popular en todas las tabernas un romance cantado llamado El cantar de Tell. Este cantar tuvo su primera versión escrita en el año 1501 y en ella se hace referencia a Guillermo Tell como el primer confederado; el segundo dato relevante es que aquí Guillermo no acaba con Gessler, sino que se dice que murió ahogado en el lago.
Luego ya pasamos al año 1482 para encontrarnos con la Crónica de Melchior Russ: Este cronista de Lucerna compiló escritos anteriores y añadió una variante: relata que Tell disparó y mató a Gessler inmediatamente después de saltar del barco, en lugar de esperarlo más tarde en el camino de Küssnacht.
En cuanto a unas versiones más pulidas de la historia y en formato escrito, debemos avanzar todavía unos cuantos años más.
En 1507 encontramos la Crónica de Petermann Etterlin: Fue la primera versión impresa de la historia de Tell e incluyó la primera ilustración en xilografía de la famosa escena del disparo a la manzana.
Y un poco más tarde, en 1512-1513, tenemos Urner Tellspiel (Juego de Tell de Uri): La primera obra de teatro documentada sobre el mito. En este añadido local, Tell es elevado a una posición de liderazgo y representa al cantón de Uri en el Juramento de Rütli, sustituyendo al tradicional Walter Fürst.
Sin embargo, la consolidación no llegó hasta la época de 1550 o 1570 de la mano de Aegidius Tschudi y su Chronicon Helveticum. Este historiador le dio a la leyenda su forma definitiva y más conocida, dotándola de una apariencia de rigurosidad académica al inventar o fijar detalles muy precisos: Le otorgó el nombre de pila «Wilhelm» (Guillermo) y estableció su origen en el pueblo de Bürglen. Antes era solo Tell. Fijó fechas exactas que no existían antes: dató el disparo de la manzana el 18 de noviembre de 1307. Añadió que Tell participó años después en la histórica Batalla de Morgarten en 1315. Inventó el relato de su muerte heroica en 1354, afirmando que Tell se ahogó en el río Schächenbach al intentar salvar la vida de un niño.
Es posible que os preguntéis qué importancia tienen estos pequeños detalles, pero, por ejemplo, fijar un punto concreto como es el de un día exacto, en este caso el 18 de noviembre de 1307, es crucial, porque nuestro cerebro le da poder. Lo convierte, por ejemplo, en un cumpleaños o un aniversario. En torno a un día concreto se celebran reuniones, manifestaciones o incluso levantamientos. Es por eso mismo que yo me he inventado la fecha inicial del 15 de junio de 1760, porque al ser un dato específico vuestro cerebro se activa y se ancla a esa fecha, lo que incita a seguir escuchando.
Si hubiese comenzado diciendo «En verano del año 1760» el cerebro no reacciona del mismo modo, es algo vago… intrascendente.
Y si hubiese comenzado con algo similar a… «El sudor resbalaba bajo la pesada capucha del verdugo, su pecho subía y bajaba desacompasado, odiaba tener que leer sentencias y ese día la plaza estaba más llena que nunca. Miró con nerviosismo las primeras líneas del documento. 12 de junio del año 1760 de la era de nuestro señor… Nunca olvidaría esa fecha. Comenzaron a sonar las campanas de la iglesia marcando que ya eran las doce del mediodía; Mathew Stanton se irguió, su respiración se acompasó, aflojó la presión sobre el pergamino con la sentencia y con pasos medidos y seguros comenzó a subir las escaleras de madera de la improvisada plataforma que se había erigido en el centro del pueblo frente a la pira funeraria…»
Ahí ya hubieseis activado todas vuestras neuronas para ver lo que sucedía a continuación… ¿Y por qué no lo hice? Porque una cosa es saber lo que funciona y otra muy distinta abusar de ello.
Hay que saber equilibrar entre lo que cuentas, lo que inventas y lo que añades de relato. En este podcast lo que importa es la realidad, cómo se mezcla con el folclore para transformar el estado actual, no inventar todo por el mero hecho de dar al oyente lo que quiere escuchar.
Y retomando a nuestra historia y a ese verdugo que anunció la muerte en la hoguera, regresamos a 1760 y al ensayo escrito por Simeón Uriel Freudenberger.
Algo que no os había mencionado es que ambos eran amigos y Gottlieb utilizó su nombre real en su traducción para que todas las sospechas recayasen sobre él e ignorasen la versión original anónima publicada en alemán. Pensando que, al ser una figura pública y respetada, lograría salir mejor parado que Simeón.
Gottlieb también vivía en Berna y en cuanto la versión en francés comenzó a circular no tardaron en surgir las voces críticas contra ella. Gottlieb fue llamado ante la justicia para ser interrogado y presionado por las autoridades locales.
Para salvar su vida y aplacar la ira del gobierno sin tener que confesar que el verdadero autor era el cura Freudenberger, Haller optó por pedir perdón y presentó todo el asunto ante las autoridades como si hubiera sido una simple «broma» o juego intelectual suyo. Al humillarse y retractarse de esta manera, logró que el caso se cerrara, protegiendo el secreto de su amigo.
Sin embargo, tampoco quería pasar a la historia siendo él la persona a la que se le atribuyese el descubrimiento de Guillermo Tell, y esperó hasta 1772, doce años después del escándalo y cuatro años después de que Freudenberger falleciera por causas naturales, cuando Haller finalmente pronunció un discurso en el que reveló que el verdadero autor de la polémica obra era el clérigo bernés, otorgándole a su amigo el mérito que le correspondía.
Si creéis que tenéis un buen amigo… no penséis en si él haría algo así por vosotros, pensad en si vosotros no lo hubieseis delatado durante el juicio.
Entonces, ¿qué es lo que dijo el bueno de Simeón en su libro? Porque tan solo hemos visto la evolución del relato de Guillermo Tell hasta la publicación de este ensayo diciendo que, en realidad, se trataba de una saga danesa.
Así que ahora toca dirigirnos a ese relato.
Para ello debemos ir bastante atrás en el tiempo, hasta el año 1200 más o menos, para encontrarnos con Saxo Grammaticus, que, por cierto, su nombre me encanta, parece sacado de una película de los Monty Python.
Este buen señor se dedicaba a recopilar antiguas historias transmitidas de forma oral y plasmarlas por escrito, y de paso, vamos a aprender algo más sobre este tipo de relatos.
En el caso de Grammaticus, la historia que narra es la de un soldado llamado Palnatoke que presumía de su habilidad como arquero, tan diestro que era capaz de acertar a un objeto tan pequeño como una manzana a gran distancia.
Sus compañeros, cansados de sus bravuconadas, se lo dijeron al rey Harald Bluetooth quien, para darle una lección al soldado, lo mandó llamar junto a su hijo, le colocó una manzana sobre la cabeza y le dijo que demostrase sus habilidades.
Se repite lo de las dos flechas, la amenaza, la huida del padre y, en este caso, se unió al hijo del rey Harald, llamado Sven. Juntos lideraron una revuelta para derrocar al rey Harald y fue Palnatoke quien acabó con su vida con una flecha, como le había prometido.
Como veis, la esencia de la historia es idéntica, solo que en este caso su misión no era, como en Suiza, creada para establecer un mito fundacional. Tan solo se adaptó una leyenda oral para dotar de contexto a un suceso histórico que ya había sucedido: el derrocamiento del rey Harald por su hijo Sven, haciendo que fuese más «relatable», por decirlo de algún modo.
Llegados a este punto, me baso en los estudios que realizó John Fiske donde explica que mitos universales, como el mito «solar» del arquero infalible, eran más bien plantillas de relatos orales que cada pueblo fue utilizando adaptándolo a su contexto y época, y sustituían los nombres y eventos para adaptarlo a sus necesidades de transmisión.
Este mito en concreto representa la victoria inevitable del sol sobre sus enemigos. Los elementos de la historia se interpretan en la naturaleza de la siguiente manera: El arquero: Simboliza a la divinidad benéfica del sol, la luz del día y el verano. Las flechas: La habilidad infalible con el arco y las flechas (o armas análogas como lanzas y espadas invencibles) representan los rayos del sol o los relámpagos celestiales, los cuales nunca fallan en su objetivo de atravesar y destruir a la oscuridad. El tirano y los enemigos: La figura del gobernante déspota que impone las pruebas crueles al arquero simboliza a los demonios de la noche, las tormentas, el frío y el invierno. La ordalía y la liberación: El episodio en el que el héroe es obligado por el capricho del tirano a disparar a un objeto diminuto representa el momento en que el sol se ve temporalmente sometido u oscurecido por los poderes del frío y la oscuridad. Posteriormente, el escape del arquero a través de las aguas tempestuosas y el asesinato del tirano simbolizan el amanecer o la llegada del verano, cuando el sol recupera su libertad y derriba a las fuerzas de la noche que lo mantenían cautivo.
Este relato se encuentra en muchas épocas y lugares diversos; por citar uno alejado por completo del contexto europeo, tenemos El poema de Farid ud-din Attar (Persia, siglo XII). Fuera del ámbito europeo, el poeta persa Farid ud-din Attar (nacido en el año 1119) recoge en su obra Mantik-uttair (El lenguaje de los pájaros), escrita hacia 1175, la historia de un príncipe que probaba su extraordinaria puntería disparando a manzanas colocadas sobre la cabeza de su paje o esclavo favorito, hasta que este enfermó de terror.
O incluso en la propia Alemania hay otro: el famoso tratado sobre brujería Malleus Maleficarum (1486) registra la historia de un mago llamado Punker de Rohrbach, quien hacia el año 1430 fue obligado por un príncipe a disparar, no a una manzana, sino a un penique colocado sobre la gorra de su hijo pequeño.
Haciendo un resumen y quedándome con lo más importante, vuelvo a insistir sobre la importancia no ya solo del contexto, que nos sirve para comprender; aquí hay que tener sobre todo en cuenta la propia intención del relato.
Si la versión danesa no trascendió hasta nuestra época es porque no era su intención, tan solo se buscaba registrar un hecho histórico que sucedió.
Sin embargo, al crear a Guillermo Tell lo que se buscaba era la unión entre los distintos estados de Suiza para darles un sentido histórico conjunto; era el pegamento que necesitaban los distintos cantones para trabajar unidos, para sentir que había algo de hermandad entre ellos. ¿Cómo no iban a perseguir a aquel que osase decir que todo era mentira? No se trataba de un insulto, sino de dinamitar los cimientos de un país emergente.
Y esto me lleva a la pregunta con la que nació este episodio: ¿por qué es más famoso Robin Hood que Guillermo Tell? Porque a título personal yo recuerdo con más cariño a este personaje que al propio Robin Hood… y acabo de responder a eso, ¿os habéis dado cuenta?
Pensemos en Robin Hood, ¿qué transmite? La lucha de los humildes contra los poderosos. ¿Acaso no es también eso Guillermo Tell? No, no lo es.
Robin Hood es más genérico, su mensaje se queda más bien en quitar a los ricos para dárselo a los pobres, es más universal y atemporal.
Sin embargo, Guillermo Tell no se trata de eso, se trata de derrocar al poder, de acabar con el tirano, de sublevación popular… Es un mensaje mucho más poderoso y, sobre todo, peligroso.
Por eso es más profundo Guillermo Tell y, a la misma vez, difícil de transmitir, porque necesita un contexto tan complejo y específico como el que tenía Suiza para que permee en la sociedad.
Pero de esto y de Robin Hood por supuesto ya hablaremos en otros episodios, porque hay infinitas historias para contar.
Lo cual me lleva a aprovechar para comentaros algo…
Estos episodios me cuesta la vida misma prepararlos; hay infinidad de información que buscar, leer, contrastar, analizar, contactar y luego darles forma.
Esto lo digo porque actualmente estoy llevando una periodicidad semanal y, me temo, es insostenible.
Este podcast lo cierto es que no nació con la intención de ser un podcast, lo que a mí me gusta es escribir. He querido ser escritor desde pequeño y, movido por mi afán de curiosidad, comencé a hacerme preguntas sobre por qué funcionaban las historias, por qué unas cuajaban y otras no. Por qué algunas las sentimos como propias y otras nos parecen falsas y sin ningún tipo de sentido… Y recopilando información surgió el primer episodio de este podcast y, el resto, es historia.
Y por más que me encante este proyecto, quiero seguir teniendo tiempo para poder escribir mis propias historias, no solo analizar las de otros.
Por lo tanto, supongo que a partir de abril o mayo pasaré a publicar tres episodios al mes, los días uno, diez y veinte de cada mes, y ya veré qué tal voy entonces de tiempo.
Si queréis estar más informados sobre estos cambios, o mi faceta como escritor, o leer artículos sobre la creatividad y el proceso que tengo para escribir, podéis pasaros por mi blog que tendréis enlazado en las notas del episodio.
Yo soy Daniel Sanz y esto es, De Ranas y Reyes.

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