En 1978, una chimpancé llamada Sarah eligió una fotografía. No fue un acto de azar. Fue la primera pieza de un rompecabezas científico que respondería una pregunta milenaria: ¿Qué nos hace humanos cuando nos contamos historias? La búsqueda de esa respuesta, que comenzó con Sarah, nos llevaría a descubrir el circuito cerebral que nos permite sentir el dolor de un personaje de ficción, detectar una mentira o enamorarnos leyendo una novela. Hoy viajamos al origen de ese descubrimiento: a la ‘Teoría de la Mente
Todo comenzó cuando dos investigadores, pese a ser conscientes de que les iban a criticar tanto psicólogos como filósofos estudiosos de la mente, lanzaron su estudio donde acuñaron el término «Teoría de la mente», alegando que los chimpancés podían predecir el comportamiento humano.
Esta afirmación chocaba de frente con toda la teoría de la época y, como es lógico, gracias a eso se avanzó a pasos agigantados. Cambió el modo de plantear y realizar los experimentos, la propia base estructural de la definición de los mismos y lo que se buscaba, y definió la línea que se debía seguir. Gracias a eso, a día de hoy sabemos por qué el ser humano siente dolor o tristeza cuando lee algo que transmite esa sensación o cuando lo ve.
Como imaginaréis, esto es un viaje largo, con diversos protagonistas y paradas en el tiempo. Vamos a recorrer tanto la psicología como la filosofía de la mente y, por primera vez, acercarnos a la neurología para ir conociendo de primera mano el funcionamiento de nuestro cerebro. Si os interesa este viaje, poneos cómodos y acompañadme hasta la Universidad de Pensilvania en 1978.

Nuestros primeros protagonistas son David Premack y Guy Woodruff, reputados investigadores con varios papersacadémicos publicados e incluso libros. Ambos estaban especializados en el análisis de la cognición y estaban trabajando en un trabajo mayor sobre las bases del engaño.
Lo primero que debemos comprender es la base de la psicología que existía en aquella época porque, igual que os insistí varias veces en el capítulo anterior sobre las raíces del cuento de Caperucita Roja, no podemos comprender lo sucedido sin un contexto apropiado de la época. La creencia que había en aquel entonces sobre los chimpancés es que su inteligencia se basaba en la comprensión de acciones físicas. Es decir, se creía que si un chimpancé veía a un hombre subir por una escalera para alcanzar un plátano u objeto, podía aprender que si tenía una escalera podía alcanzar objetos que por sus propios medios no podría. Esto era conocido como el conductismo.
Sin embargo, lo que creían Premack y Woodruff es que, al igual que los humanos, los chimpancés eran capaces de entender el contexto global de las escenas y, en base a ello, predecir las intenciones de los humanos.
Definición de las pruebas
Siendo conscientes de que les iban a llover palos por todos los lados al desafiar los modelos de la época establecidos hacía más de cincuenta años por Wolfgang Köhler, definieron los siguientes puntos:
Establecimiento del concepto de Teoría
Algo intangible como los deseos o las intenciones son, valga la redundancia, intangibles; por lo tanto, para referirse a ellas se decidió usar el término de «Teoría» por dos motivos fundamentales:
- No son directamente observables: nadie puede ver el deseo de otro ser viviente.
- Sirve para hacer predicciones: y poder observar, en base a ellas, las reacciones.
De esta forma, les permitió categorizar las reacciones de Sarah no como meras reacciones instintivas, sino como un sistema interno predictivo.
Desglose de hipótesis alternativas
El mayor riesgo al que se enfrentaban los investigadores es que, al leer su estudio, intentasen refutarlos en base a exponer hipótesis más simples y alternativas partiendo de sus propias conclusiones. Para intentar cubrir estos ataques futuros, crearon un sistema de tres tipos de respuestas por parte de Sarah:
- Coincidencia física: se plantearon si Sarah simplemente elegía la foto que se parecía físicamente a la situación del vídeo. Descartaron esto asegurándose de que los objetos (cajas, plátanos, etc.) estuvieran presentes tanto en las opciones correctas como en las incorrectas, y observando que la postura física del actor no siempre coincidía con la solución.
- Asociacionismo (Conductismo): consideraron si el animal simplemente estaba completando una secuencia de acciones familiares aprendidas previamente (asociación). Admitieron que esto era una crítica fuerte, pero argumentaron que Sarah podía resolver problemas novedosos que nunca había realizado ella misma (como conectar una manguera o encender un calentador), lo que sugería una comprensión más allá de la simple repetición de conductas aprendidas.
- Teoría de la Mente (Imputación de intención): al descartar las anteriores, propusieron que la explicación más coherente era que el animal imputaba dos estados mentales al actor humano: propósito (o intención) y conocimiento. El animal asumía que el actor quería el plátano y sabía cómo conseguirlo.
Categorización de los estados mentales
Además, no trataron la «mente» como un bloque único, sino que intentaron desglosar diferentes tipos de estados mentales para ver cuáles eran accesibles al chimpancé:
- Propósito vs. Conocimiento: identificaron que imputar un «propósito» (intención) es más primitivo y biológico que imputar «conocimiento» o «creencia». Predijeron que el chimpancé podría fallar en distinguir qué sabe otro individuo, aunque entienda qué quiere.
- Adivinar vs. Saber: para estructurar mejor sus hipótesis futuras, propusieron experimentos para ver si el animal podía distinguir entre un actor que «sabe» dónde está la comida (porque vio dónde se escondía) y uno que solo «adivina».
También fueron un paso más allá añadiendo el concepto de «buenos» o «malos» o, por lo menos, «este me cae bien y este me cae mal». Para que veáis el grado de paranoia que tenían al tener claro que, pese a no saber todavía lo que estaban buscando, esto era algo muy importante que no he enfatizado lo suficiente.
Repito: los propios investigadores no tenían ni idea de lo que estaban buscando; tan solo tenían muy claro que no estaban de acuerdo con el status quo que había en la época sobre la forma de pensar y razonar de los primates. Entonces, siguiendo su estrategia de intentar blindar sus conclusiones, realizaron una variante del experimento categorizando a los actores humanos en «buenos» (el cuidador favorito de Sarah) y «malos» (un actor hacia el que Sarah mostraba antagonismo).
- El hallazgo: Sarah elegía soluciones exitosas para el cuidador que le agradaba y soluciones de «accidentes» o percances para el que le desagradaba.
- La conclusión: esto reforzó su hipótesis de que Sarah no elegía aleatoriamente, sino que entendía la situación y aplicaba su propia intención (deseo de que le fuera bien o mal al actor) sobre la predicción de la conducta del otro.
Esto, que para nosotros puede ser tan solo algo gracioso, fue el equivalente al descubrimiento de los números decimales en la antigüedad.
El nacimiento de la Falsa Creencia
Pese a lo cuidadoso de su metodología, la comunidad científica no les defraudó y les atacó desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, fue un éxito, porque cuando se realiza una investigación bien hecha, estructurada y fundamentada —que es lo que hicieron ellos—, se logra enfocar la discusión hacia algo productivo, alcanzando nuevos niveles de profundidad.
Uno de los críticos que mejor argumentó en base a este estudio fue Daniel Dennett, un famoso filósofo y escritor. Su argumento se centró en que, para poder dilucidar si realmente se era capaz de predecir la conducta y, por lo tanto, la existencia de su propuesta «Teoría de la mente», era necesario poder deducir si se era capaz de discernir que otro ser estaba actuando bajo una falsa percepción de la realidad. Esta argumentación era nueva, y si no llega a ser por la experimentación llevada a cabo con Sarah, jamás se hubiese llegado a ella.
Esta nueva prueba, la existencia de discernir una falsa creencia, cambió para siempre los paradigmas de la investigación psicológica. Llegados a este punto, imagino que muchos de vosotros estaréis alucinando pensando qué narices tiene que ver esto con el cerebro humano, la lectura, los cuentos o que sintamos desasosiego al leer escenas tensas en las novelas.
Por buscar un símil, diremos que es lo mismo que chocar dos piedras de sílex: generan chispas que saltan en todas direcciones. Y eso es exactamente lo que hicieron nuestros dos primeros protagonistas. Golpearon con tanta fuerza las piedras que saltaron innumerables chispas que ocasionaron múltiples fuegos… Y como esas chispas, nos toca saltar a uno de esos fuegos iniciados para comenzar a unir los puntos de nuestra historia.
El problema de fondo
El auténtico problema que generó este estudio no se trataba solo de cambiar la forma en que se entendía la psicología, que de por sí ya es un problema serio. Y aquí, volviendo a ser pesado, regresamos a la necesidad de cambiar el punto de vista de nuestros días a la época de 1978. Estamos hablando de la implantación, con base científica sólida de por medio, del antropomorfismo; se está diciendo de forma sólida que los animales son capaces de pensar y sentir, lo cual tuvo infinidad de repercusiones incluso legales.
En primer lugar, fueron una validación fáctica para sostener los derechos de los animales, eliminando por completo el debate del ámbito meramente moral o sentimental. Los animales son capaces de sentir, pensar y transmitir conocimiento entre ellos, además de tener memoria episódica… Y aunque esto también me resulta fascinante, no es el camino de este podcast; tan solo es una pincelada de información para que veáis las implicaciones de un experimento que, recuerdo, ni tan siquiera ellos sabían lo que esperaban encontrar al iniciarlo.
La prueba de la teoría de la mente
Volviendo a lo que nos ocupa, la teoría de la mente, hay que diferenciar entre dos conceptos clave: por un lado el filosófico y por otro el científico.
Los impulsores de la prueba de la teoría de la mente fueron los filósofos; en concreto, hubo tres de mayor peso en este caso que fueron Daniel Dennett, Gilbert Harman y Zenon Pylyshyn. Ellos son los que indicaron que el estudio con Sarah tenía una laguna: la de la actuación en base a una falsa creencia para poder discernir si realmente existía la Teoría de la Mente o no. Sin embargo, ellos son los teóricos, los que aceptan si los resultados de los estudios están bien estructurados y fundamentados. Pero no os equivocéis: que un estudio conduzca a que los grandes teóricos de la época se vean obligados a crear un nuevo concepto psicológico para validar un experimento es un éxito absoluto.
Sin embargo, recae sobre los científicos coger esta definición y convertirla en pruebas que puedan ser analizadas y, sobre todo, repetidas por equipos diferentes para verificar que obtienen los mismos resultados que ellos. Vamos, el método científico. En este caso, fueron los psicólogos austriacos Heinz Wimmer y Josef Perner quienes, en 1983, operacionalizaron el desafío filosófico de Dennett creando la primera prueba estándar de la Falsa Creencia, conocida como la tarea de «Maxi y el chocolate» (o tarea de transferencia inesperada).
El experimento consistía en que un personaje, Maxi, guarda una tableta de chocolate en un armario azul; tras hacerlo, sale de la habitación. Ahora entra en acción la madre de Maxi, quien entra en la habitación, abre el armario azul, saca la tableta de chocolate y la guarda en un armario verde. Ahora hay dos realidades: para Maxi la tableta de chocolate sigue en el armario azul, que es donde él la guardó; sin embargo, la realidad es que está en el armario verde. Aquí ahora hay que tener dos aspectos clave en cuenta para demostrar la validez del experimento.
La utilización de una tableta de chocolate, de un niño (Maxi) y su madre fue porque el experimento estaba basado en los niños; todos tenían claro que una persona adulta podía superar con facilidad esta prueba. Es más, el mero hecho de ser capaces de dilucidar la necesidad de crear una prueba basada en la falsa creencia ya descarta que sea necesario practicarla en adultos. Dejando eso de lado y regresando al experimento y a los niños, se necesita establecer una base mínima para poder aceptar la respuesta de los propios niños; es decir, las preguntas de control:
- «¿Dónde está el chocolate realmente ahora?» (Control de realidad).
- «¿Dónde lo puso Maxi al principio?» (Control de memoria).
Si el niño fallaba estas preguntas de control, se le excluía del estudio para garantizar que el fallo en la prueba principal se debiera a una falta de «Teoría de la Mente» y no a falta de memoria o atención.
Esta es la base, el punto de partida con el que se comenzó a trabajar. Como es lógico, hubo mejoras para hacerlos más complejos porque, como también es lógico, hubo equipos como el de William Fabricius que alegaban que una prueba tan simple podía superarse con un razonamiento más simple como «si no lo vio, no sabe». Esta diferencia sutil es clave porque no es lo mismo pensar que al no ver el cambio no lo sabe, que razonar los cambios y las intenciones.
Al realizar los experimentos de forma más compleja, comenzó a haber fallos en las edades comprendidas entre los cuatro y cinco años. Y es a partir de los seis años cuando los niños ya solían superar con solvencia este tipo de pruebas. Por lo tanto, aquí ya tenemos un dato clave importante: la teoría de la mente comienza a ser lo suficientemente madura en los humanos a partir de los seis años.
Sin embargo, esto es como todo… algo se establece hasta que una innovación tecnológica viene a generar nuevas preguntas. Eso es lo que sucedió en el año 2005 cuando un equipo liderado por Onishi y Baillargeon decidió hacer este experimento con bebés de quince meses de edad utilizando métodos no verbales mediante tecnología para el seguimiento de la mirada. Eso volvió a cambiarlo todo al ver que los pequeños sí tenían esa capacidad, lo cual abrió de nuevo el debate de si esto era una capacidad innata o aprendida por la experiencia e interacción.
Este salto de chimpancés a humanos se debe a que, como imaginaréis queridos oyentes, los chimpancés fallaban este tipo de pruebas. Y he incluido el de los bebés de quince meses porque unos años más tarde —en 2016 para ser más exactos— el equipo de Christopher Krupenye, Fumihiro Kano, Satoshi Hirata, Josep Call y Michael Tomasello publicó un estudio utilizando también la técnica del rastreo ocular, muy similar a la utilizada con los bebés y, ¡oh, sorpresa!, los chimpancés sorprendieron.
Lo que hicieron fue mostrar vídeos a los chimpancés donde un actor buscaba un objeto, y los chimpancés miraban de forma anticipada el lugar donde el actor creía que estaba el objeto, demostrando de esta forma que sí eran capaces de identificar la falsa creencia. Contradijeron de esta forma décadas de estudios anteriores donde se demostraba que los chimpancés eran incapaces de identificarla. Como veis, no es nada sencilla la investigación y, como resulta evidente, el avance va acompañado de las mejoras tecnológicas.
Y volviendo a suponer y a anticiparme a vuestros pensamientos, seguiréis pensando que vale, que perfecto… Pero que yo prometí al inicio que aquí íbamos a hablar sobre lo que sentimos de forma interna los humanos al ver o leer algo y aquí sigo, diez minutos después, dando por saco con la falsa creencia, las pruebas y los chimpancés. Bueno, si recordáis eso, también recordaréis que dije que era un viaje largo y que requería hacer varias paradas, ¿no?
Pero tranquilos, ya hemos llegado y, para llegar, debemos volver a viajar un poco al pasado; retrocedemos hasta el año 1990 y cambiamos de ubicación: nos vamos hasta Italia. Aquí nos encontramos con un equipo de científicos liderados por Giacomo Rizzolatti, Vittorio Gallese y Luciano Fadiga. Estaban trabajando con macacos, más concretamente estudiando su corteza premotora; esto lo realizaban insertando microelectrodos individuales directamente en el cerebro del mono. Esto permitía medir el disparo de una única neurona.
Y aquí hicieron uso de la técnica que ha sido más útil y la que ha aportado más beneficios a la historia de la humanidad: la casualidad. Se dieron cuenta de que cuando un macaco agarraba un cacahuete se activaban ciertas neuronas; sin embargo, cuando el macaco veía que ya sea otro macaco o un investigador agarraba un cacahuete, se activaban exactamente las mismas neuronas.
Esto, como imaginaréis, fue el hallazgo del año, de la década o del siglo. Un hito histórico revolucionario que fue conectado con la anteriormente citada teoría de la mente. ¿Veis cómo todo tiene conexión?
Estas neuronas son el sustrato biológico que hace posible que las historias funcionen como simuladores sociales. Son el puente físico entre observar una acción y comprenderla, entre leer sobre una emoción y sentirla
Si estamos mirando un atardecer se activan unas neuronas de nuestro cerebro, y si leemos una novela donde un personaje está mirando un atardecer, se activan las mismas neuronas. Este descubrimiento explica por qué sucede eso, por qué la activación neuronal es la misma que si lo estuviésemos haciendo nosotros; esa es la explicación de por qué nos conmovemos, emocionamos o enfadamos cuando estamos tanto leyendo como viendo escenas que nos producen ese sentimiento.
Pero aquí no acaba el viaje, ni mucho menos; comienza a coger velocidad. Como imaginaréis, a los seres humanos no se les iba a levantar el cráneo para colocar electrodos a ver qué pasaba; digamos que socialmente generaría opiniones no muy agradables. Sin embargo, este hallazgo en los macacos activó todas las alarmas para buscar una solución socialmente aceptada para poder investigar.
La epilepsia en ayuda de la evolución científica
La solución lógica era aprovechar una intervención donde tuviese que realizarse esta operación y, de paso, realizar las pruebas. Esta casuística ocurre con los enfermos más severos de epilepsia, a los cuales los medicamentos no les surten efecto. En estos casos, los cirujanos deben identificar el foco de las convulsiones y, para poder hacerlo, levantan una parte del cráneo y colocan sobre el cerebro una malla de electrodos que dejan ahí durante unos días para poder medir la actividad cerebral.
En estos casos, por lo tanto, se les pidió permiso a los pacientes para realizar estas pruebas. Investigadores como los del laboratorio de Uri Hasson o Robert Knight piden permiso a estos pacientes para que, mientras esperan en el hospital con los electrodos ya colocados, realicen tareas cognitivas (como escuchar historias). Esto permite ver la actividad cerebral con una precisión milimétrica y en tiempo real, algo imposible desde fuera del cráneo.
Como imaginaréis, esto fue el primer acercamiento, pero tenía limitaciones, especialmente en la cantidad de sujetos de prueba. El primer avance en el campo fue la Tomografía por Emisión de Positrones (PET) en 1988: fue el primer paso. Se inyectaba agua radiactiva leve al voluntario. Las zonas del cerebro que trabajaban más recibían más sangre radiactiva y «brillaban» en el escáner. Steve Petersen y Michael Posner fueron pioneros en usar esto para ver el procesamiento del lenguaje en vivo.
Sin embargo, a día de hoy el estándar es la fMRI (Resonancia Magnética Funcional), el «estándar de oro». Esta técnica, que domina hoy la investigación, no usa radiación ni cirugía. Detecta los cambios en el oxígeno de la sangre. Si usas una zona del cerebro para pensar en la mente de otro, esa zona consume oxígeno y la máquina lo detecta. Esto permitió estudiar a niños sanos y entender el desarrollo de la lectura y la cognición social sin riesgos.
Por lo tanto, ahora sí, la teoría de la mente podía considerarse científicamente respaldada… bueno, o tan confirmada como puede estar cualquier idea en ciencia, que ya habéis visto que es exactamente hasta el momento en que alguien hace un experimento mejor.
Los escáneres confirmaron que existe un circuito cerebral dedicado a pensar en los demás. Estudios clave identificaron regiones específicas que se «encienden» al leer historias o juzgar intenciones:
- Unión Temporoparietal (TPJ): investigadoras como Rebecca Saxe (MIT) demostraron que esta zona se especializa casi exclusivamente en pensar sobre los pensamientos de otros.
- Corteza Prefrontal Medial (mPFC): se activa al juzgar estados mentales y rasgos de personalidad, tanto propios como ajenos.
El Acoplamiento Neural (El hallazgo de Hasson)
Uri Hasson utilizó fMRI para estudiar qué pasa cuando contamos una historia. Descubrió el «acoplamiento neural»: el cerebro de quien escucha la historia se sincroniza con el del que la cuenta. Si la comunicación es exitosa, sus cerebros «bailan» al mismo ritmo. Esto validó biológicamente que la narrativa es un mecanismo para transmitir estados mentales de un cerebro a otro.
Sin embargo, llegados a este punto, debéis ser conscientes de que, nuevamente, estoy haciendo una reducción enorme de estos procesos para explicar lo que a mí me interesa, que es cómo el cerebro percibe las historias y por qué nos genera sentimientos. Si la investigación con la chimpancé Sarah generó controversia, ya os podéis imaginar el cataclismo que provocaron estos descubrimientos.
Siguiendo con el antropomorfismo, el uso de datos cerebrales de monos para explicar la mente humana (neuronas espejo) generó un intenso debate sobre si estábamos sobreinterpretando la biología animal. Y tampoco podemos olvidar el gran problema que representan estos estudios en lo que respecta a la «inferencia inversa». Si se enciende la amígdala, ¿significa que sientes miedo? No necesariamente, porque la amígdala hace muchas cosas. Los investigadores han tenido que ser muy cuidadosos para no leer la mente usando solo manchas de colores en un cerebro.
Siguiendo el viaje programado que he pensado para vosotros, queridos oyentes, y ahora que tenemos ya esta gran base, podemos avanzar hasta una de las últimas paradas en este viaje hacia el funcionamiento de la mente humana. Y para ello regresamos casi al inicio del viaje, a mediados de la década de los ochenta.
Simon Baron-Cohen, Alan M. Leslie y Uta Frith publicaron en 1985 su estudio fundacional titulado «¿Tiene el niño autista una teoría de la mente?» en la revista Cognition. Este trabajo adaptó el paradigma que Wimmer y Perner habían creado en 1983 (la tarea de la falsa creencia) para aplicarlo específicamente a la psicopatología del autismo. Esto fue motivado porque, hasta la época, no se encontraba ninguna explicación para los problemas de socialización, comunicación e imaginación que otras teorías no lograban justificar plenamente en las personas con autismo.
Los investigadores sospechaban que el déficit central en el autismo no era una falta de inteligencia general, sino una falla específica en un mecanismo cognitivo dedicado a «mentalizar» (atribuir estados mentales como creencias o deseos a otros). Baron-Cohen acuñó el término «ceguera mental» para describir esta incapacidad de imaginar lo que otros están pensando o reconocer que los demás tienen mentes distintas a la propia.
Hasta ese momento, era difícil distinguir qué síntomas eran propios del autismo y cuáles eran simplemente consecuencia de un retraso en el desarrollo general. Baron-Cohen y su equipo querían demostrar que la falta de ToM (Theory of Mind) era un déficit específico del autismo y no un subproducto de tener un coeficiente intelectual (CI) bajo.
Leslie había observado que los niños autistas, a diferencia de los neurotípicos, rara vez participaban en juegos de ficción o simbólicos (hacer «como si» un plátano fuera un teléfono). Leslie teorizó que la misma capacidad cognitiva necesaria para entender la ficción (metarrepresentación) es la que se necesita para entender la mente de otros, y que esta capacidad estaba dañada en el autismo.
Para probar su hipótesis, Baron-Cohen, Leslie y Frith diseñaron un experimento basado en la tarea de Sally y Anne (una variante de la prueba de falsa creencia). Para realizar este experimento utilizaron tres grupos:
- Niños con autismo.
- Niños neurotípicos (desarrollo típico).
- Niños con Síndrome de Down (como grupo de control con discapacidad intelectual).
El hallazgo revelador: el resultado fue contundente y validó su decisión de investigar esta vía:
- El 85 % de los niños típicos pasaron la prueba.
- El 86 % de los niños con Síndrome de Down pasaron la prueba (demostrando que tener una discapacidad intelectual no impide tener una Teoría de la Mente).
- Solo el 20 % de los niños con autismo pasaron la prueba, a pesar de que muchos tenían una edad mental superior a la de los niños con Síndrome de Down.
Esto transformó, otra vez, la comprensión del autismo: dejó de verse solo como un problema emocional o conductual y pasó a entenderse como una falla cognitiva específica en el procesamiento de la información social y mental. Este descubrimiento, como ya habréis imaginado, volvió a cambiar todo lo que se creía hasta ese momento.
Proporcionó a la neurociencia el «modelo de contraste» necesario para mapear la Teoría de la Mente (ToM) en el cerebro. Si en la psicología experimental los niños con autismo mostraron que la ToM es una capacidad modular que puede estar «dañada» mientras el resto de la inteligencia permanece intacta, en la neurociencia permitieron ver qué partes del cerebro no se activaban cuando esa capacidad fallaba.
Los protagonistas fueron en gran medida los mismos que definieron la teoría psicológica, colaborando ahora con neurocientíficos:
- Francesca Happé y Uta Frith (1996): realizaron uno de los primeros estudios fundamentales utilizando PET. Escanearon a personas con Síndrome de Asperger mientras leían historias que requerían entender estados mentales. Fue el primer estudio de neuroimagen funcional que utilizó un paradigma de activación de tareas en autismo.
- Simon Baron-Cohen y su equipo (1999): utilizaron fMRI. Escanearon a adultos neurotípicos y con autismo mientras realizaban la prueba de «Leer la mente en los ojos» (ver fotos de ojos y decidir qué emoción expresaban).
- Castelli, Frith y Happé (2002): utilizaron animaciones de figuras geométricas (triángulos que se movían como si tuvieran intenciones, similar a los vídeos antiguos de Heider y Simmel). Compararon cerebros de personas con autismo y neurotípicos mientras interpretaban estas animaciones.
- Rebecca Saxe (MIT): aunque trabajó más con población neurotípica para definir la especialización de las áreas, sus laboratorios confirmaron que la Unión Temporoparietal (TPJ) es la zona más selectiva para pensar en los pensamientos de otros, refinando los hallazgos previos sobre autismo.
¿Cómo se determinó qué zonas se utilizan? (El método de la resta)
Para definir el «circuito de la Teoría de la Mente», los científicos utilizaron un método comparativo doble:
- Comparación de tareas: se compara la actividad cerebral al leer una historia sobre creencias mentales (ej. «Juan cree que su gato está en casa») versus una historia sobre hechos físicos (ej. «Una foto muestra al gato en casa»). Las zonas que se iluminan solo en la primera son las de la ToM.
- Comparación de grupos (El aporte del Autismo): se compara el cerebro neurotípico con el cerebro autista realizando la misma tarea. El hallazgo clave: en los estudios de Castelli y Baron-Cohen, se descubrió que los individuos neurotípicos activaban una red específica robustamente. En cambio, en las personas con autismo, estas áreas mostraban hipoactivación (menos actividad), actividad desplazada o falta de sincronización.
¿Cuáles son las zonas definidas y aceptadas?
Gracias a estas comparaciones, se definió la «Red de Mentalización» (Mentalizing Network), que coincide en gran medida con la Red Neuronal por Defecto (DMN). Las zonas aceptadas son:
- Corteza Prefrontal Medial (mPFC): es la zona frontal. Se activa al pensar en uno mismo y en los demás. En el autismo, se encontró una activación disminuida o desplazada en esta zona durante tareas sociales.
- Unión Temporoparietal (TPJ): ubicada encima de las orejas, hacia atrás. Es crítica para juzgar las falsas creencias y la perspectiva ajena. Se considera el núcleo del «simulador» de la mente de otros.
- Surco Temporal Superior (STS): procesa señales sociales dinámicas, como hacia dónde miran los ojos de otra persona o el movimiento biológico. En el autismo, esta zona suele mostrar una activación anormal o reducida al ver miradas o movimientos intencionales.
- Precúneo / Corteza Cingulada Posterior (PCC): involucrado en la memoria episódica y en la creación de «escenarios mentales» (imaginar situaciones).
La evolución del hallazgo: De «zonas rotas» a «mala conexión»
Al principio (años 90), se pensaba que estas zonas simplemente «no funcionaban» en el autismo. Sin embargo, investigaciones posteriores (como las de Just y Mason en 2008) refinaron esta definición:
- Hipoactivación vs. Hiperactivación: a veces, las personas con autismo activan estas zonas más que los neurotípicos (hiperactivación) para compensar, intentando resolver de forma lógica lo que otros resuelven intuitivamente.
- Teoría de la infraconectividad: el consenso moderno, aceptado hacia finales de la década de 2000, es que el problema no es solo que una zona falle, sino que la comunicación (sincronización) entre la parte frontal (mPFC) y la posterior (TPJ) es débil. Los «cables» funcionales que unen la red no transmiten la información con la rapidez necesaria para la interacción social en tiempo real.
Y ahora ya sí, por ahora, os dejo de marear con la teoría de la mente. Este viaje, espero, habrá servido para que comprendáis lo complejo que resulta dar nombre y forma a una idea abstracta.
Que el ser humano es capaz de percibir las intenciones o sentimientos de otros seres vivos no es nuevo. De forma subconsciente, en base a sus miradas, forma de moverse o lenguaje corporal, podemos intuirlo, y en base a ese conocimiento también existe el engaño. Actuar de una forma para engañar a otros para luego actuar de otra… justo lo que estaban estudiando los investigadores que realizaron las primeras pruebas con Sarah, ¿recordáis que estaban trabajando juntos en un estudio sobre el engaño? Pero tranquilos, hoy no vamos a continuar viajando.
Ahora ya tenemos claro que no es algo puramente innato o subconsciente: está integrado en nuestro cerebro, en zonas específicas y que, por lo tanto, puede estar dañado o incluso sobreexcitado en algunas personas.
Y regresando a nuestro campo concreto, esta teoría de la mente —que ahora sabemos que no es solo una teoría sino una compleja red neuronal— es la que nos permite disfrutar de las historias como lo que son: simuladores sociales reales que nos permiten experimentar cómo afectan unos sucesos a las personas sin la necesidad de tener que hacerlo por nosotros mismos. Esto también reafirma cómo las historias son lo que en realidad siempre han sido: formas de transmisión de conocimiento porque sus enseñanzas calan en nosotros; sentimos lo que se espera que debamos sentir. ¿O no os ocurrió eso en el capítulo anterior de Caperucita Roja cuando descubristeis el cuento original?
Sin embargo, sí es cierto también que las historias requieren de un contexto de la época para poder comprenderlas y eso es, por desgracia, lo que se pierde con el tiempo. Pero no os preocupéis, para eso estoy yo aquí, para acompañaros en estos viajes tan interesantes porque aquí, en este vuestro lugar, se respetan las historias.
La próxima vez que leas una novela y sientas el corazón acelerado, o llores con una escena triste… recuerda a Sarah. Estás usando la misma red neuronal que ella, sin saberlo, ayudó a descubrir. Las historias no son solo entretenimiento; son el simulador social que tu Teoría de la Mente activa para comprender qué nos hace humanos.
Las historias no son entretenimiento. Son simuladores sociales que entrenan tu capacidad de entender a otros. Y ahora sabes exactamente cómo funcionan.
Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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