De Ranas y Reyes: por qué los cuentos nunca fueron solo cuentos

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¿Qué tienen en común los cuentos de hadas, la fantasía y la educación moral?
En este episodio de presentación te explico qué es De Ranas y Reyes, por qué analizar cuentos clásicos tiene sentido hoy y qué vamos a explorar a lo largo del podcast.

Hablaremos de relatos como herramientas culturales, de valores ocultos, de versiones olvidadas y de cómo cada época ha utilizado los cuentos para transmitir ideología, moral y normas sociales.

Este no es un podcast para escuchar historias, sino para entenderlas.

El ser humano es social y, debido a ello —o gracias a ello—, es un ser narrativo. Se trata de la única especie cultural porque tiene un espacio de trabajo neuronal global que le permite recombinar ideas para crear símbolos con los que poder transmitir, de forma abstracta, mensajes complejos mediante las historias.

Esto es extremadamente poderoso porque permite que las historias sean un simulador de vuelo social plagado de enseñanzas sin correr ningún riesgo físico. Y a nuestro cerebro le encanta escucharlas. Todos tenemos la imagen de un grupo de niños sentados escuchando embelesados a un cuentacuentos; esa imagen idílica de un anciano enseñando a los más jóvenes o, como en las películas americanas, las reuniones nocturnas en los campamentos, frente a una hoguera, contando historias de terror.

Ahora son mero entretenimiento, o eso nos han hecho creer, pero son mucho más. Esto queda patente cuando encontramos relatos fundacionales de hace cincuenta mil años que han logrado persistir hasta nuestros días transmitidos exclusivamente de forma oral, convirtiéndose en auténticos fósiles orales. Como la historia del ciclo del cuervo creador, que se propagó desde las profundidades de Siberia hasta Alaska cuando todavía se podía cruzar a pie; o como el pueblo Gunditjmara en Australia, que ha preservado el relato del volcán Budj Bim durante 37 000 años, una hazaña de transmisión oral verificada por la geología moderna.

La conclusión es clara: las historias son más poderosas que el propio ser humano. Estas historias orales han sobrevivido miles de años, resistiendo a glaciaciones, megafauna, cambios geológicos y tectónicos, volcanes e imperios. ¿Y creemos que es algo para entretener a los más pequeños? Es la soberbia de la adultez, olvidándonos de que nosotros, los adultos, somos engañados a diario con ellos.

Un anuncio es un cuento, una excusa es un cuento, una campaña política es un cuento; y es por eso que los poderosos siempre se han esforzado por ser ellos quienes controlen la narrativa para mantener el control. El cerebro humano no fue creado para leer o escribir, sino para escuchar; sin embargo, la auténtica explosión del poder de la narrativa se intensificó gracias a un invento que nació, precisamente, para mantener ese control.

La Evolución del Control Narrativo

La escritura cuneiforme fue el primer intento de la humanidad para reconfigurar zonas del cerebro que habían nacido para la supervivencia en la naturaleza salvaje —como el reconocimiento de patrones para detectar amenazas— y les dio otra utilidad: generar símbolos capaces de transmitir información. Fue muy similar a lo que hicieron los egipcios, poco tiempo después, con los jeroglíficos.

Aunque la escritura se creó para llevar la contabilidad y registros del comercio, muy pronto se vio su potencial político. Fue Enheduanna, la princesa acadia —y primera autora conocida de la historia—, quien utilizó la escritura para crear cohesión imperial. 

Era hija de Sargón de Acad (el primer emperador en fusionar las ciudades-estado sumerias y acadias), Enheduanna escribió la Exaltación de Inanna. En esta obra fusionó teológicamente a la diosa sumeria Inanna con la acadia Ishtar, demostrando que la literatura nació como una herramienta de unificación. Además, creó un hito neurocognitivo al romper la cuarta pared y utilizar el «yo» para mostrar, por primera vez, temores y emociones internas.

Este uso de la narrativa como herramienta de Estado ha sido una constante a lo largo de la historia:

  • En China: Durante la Dinastía Tang se registraron versiones como la de Ye Xian (la Cenicienta más antigua), reflejando valores confucianos. Ya en el siglo XX, el Movimiento del Cuatro de Mayo y el Gobierno Comunista transformaron el folclore en «Clásicos Rojos» para promover la lucha de clases.
  • En Francia (Luis XIV): Charles Perrault transformó relatos campesinos en cuentos de salón para la aristocracia de Versalles, añadiendo moralejas que reforzaban la etiqueta cortesana y el absolutismo.
  • En Alemania (Nacionalismo): Los Hermanos Grimm no solo recopilaron cuentos; buscaban definir el «espíritu del pueblo alemán» (Volksgeist) ante las guerras napoleónicas, adaptando las historias a la moral burguesa protestante. (Y todos recordamos cómo terminó esa definición del espíritu del pueblo alemán).

La Invención de la Infancia y la Era Disney

Es curioso cómo, al convertirnos en padres, lo primero que pensamos es en ponerles los clásicos de Disney, como si fuese una obligación grabada en nuestro ADN. Es ahí cuando de forma inconsciente comenzamos a insertar en nuestros hijos el mensaje de cómo Estados Unidos quiere que se comporte la sociedad. Sabemos que ese no es el cuento original, pero descartamos las versiones antiguas porque «no eran aptas para niños».

Esto merece un análisis profundo porque el concepto de infancia es un invento moderno. Históricamente, los niños eran considerados «adultos bajitos» con sus mismas obligaciones. Los cuentos originales eran salvajes y viscerales; pero lo eran por un motivo, buscaban prevenir de los males del mundo mostrando su crueldad y la impunidad del poder, enseñando que nadie te iba a salvar y que solo contabas con tu ingenio para protegerte.

La hegemonía global de Disney tomó esta visión y la modificó según sus intereses, eliminando la independencia de la mujer y asentando bases de roles salvadores y protectores. Los cuentos nunca han sido «solo cuentos»; son herramientas de transmisión modificadas para que olvidemos su auténtico poder.

En este podcast voy a intentar hacer un recorrido histórico desde sus orígenes, la evolución de la sociedad, la neurociencia y el mensaje hasta nuestros días, para intentar devolverles el valor que tenían.

Yo soy Daniel Sanz y esto es De Ranas y Reyes.

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